Funeral

Qué buena persona fue.
Qué bien trató a sus hijos.
Y a sus padres.
Y escribía tan bien. Qué gran poeta.
Y tan joven, una pena.
Y era tan risueño.
Siempre una sonrisa y una broma.
Aunque estuviera
podrido por dentro,
él siempre se reía. Procurando
que la gente sea feliz... perdón: “fuera”.
Y qué buena persona
(-ya lo has dicho).
Le echaremos de menos.
Una semana, un mes, quince días y medio.
Y tenemos su recuerdo para siempre.
...

Algunas veces,
a uno le dan ganas de estar muerto. 

©Santiago Pérez Merlo

Lo que importa

No gastes la sal en derretir la nieve
que sucia y pisoteada
congela el corazón de algunos hombres.
No derroches el agua
en extinguir incendios
que arden con el odio del mismísimo infierno.


Es vana la labor: ni lodo has de extraer
del pozo que se secó. Una soga sin cubo
pende a veces 
de lo que más parece cadalso que brocal.

Conserva, sí, unos cuantos rayos de sol
y el brillo de la estrella que prefieras.
Y con ellos alumbra
tu propio camino... en un recodo
tal vez veas temblar una luz idéntica a la tuya:
y ese día, juntas, brillarán para siempre
sin importar la sombra que se cierne alrededor.

©Santiago Pérez Merlo

Estrábico

Se supone que la vida es eso:
aprender a renunciar, entender
que no siempre se puede tener todo.
Que unas veces, sí.
Y otras muchas, no.
Que algunas cosas, siempre.
Y otras, nunca.
Y otras, la mayoría, “quizas”,
“quién sabe”, “algún día”...
Y, entretanto, disfrutar 
de lo poco o de lo mucho 
que sí se va teniendo 
y que sólo se mide 
en función de la mirada que apliquemos.

Tal vez lo malo sea precisamente
mi estrabismo
que ve todo lo alegre 
y lo triste a la vez.
Y lo mismo me regala 
amargas felicidades
que alegrías tan tristes.

©Santiago Pérez Merlo

La condena

Ser el primero. Y el último.
Y ser toda la luz y todas las sombras.
Ser el blanco y el negro
en un mundo sin grises.
Un eclipse de sol,
un eclipse de luna.
Océano y desierto
                            infinitos.
Ir siempre por delante
y estar siempre detrás.
Mariposa antes que oruga.
Cordero con dientes de lobo.

Ser todo. Y no ser nada.


©Santiago Pérez Merlo

La escalada

Y canto, y desafino.
Intento dibujar: sólo garabateo.
Pruebo a hacer un discurso
y apenas un rebuzno sale de mi garganta.
Intento la escalada aún a sabiendas
que jamás alcanzaré
la cima.
Pero camino.
Cada vez está más lejos.
Corro entonces. Y es peor.
Me paro a descansar en una cueva.
Y no hay nadie. 

Nadie viene en mi busca tampoco.
Reemprenderé el ascenso.
Aunque no llegue nunca.
Escalaré aferrado sólo a mis torpes manos,
sin arnés y sin cuerda,
si la pared se vuelve vertical.
Pero me caigo.
Seguiré pese a todo.
Detenerse no es ninguna opción.
Como mucho, 
morir en el intento.

©Santiago Pérez Merlo

La caverna (V)

Si siempre  vuelvo una vez y otra vez
a la caverna, ¿para qué 
me obligáis a salir?
¿Por qué ese empeño en que vea
una luz que nunca veo? 
¿Por qué no puedo estar, sin más,
en la semipenumbra 
a la que mis pupilas se han acostumbrado?
La luz del sol me ciega.
Y la de la luna a veces  me da miedo
-demasiada palidez-.
En mi sombra interior, 
esa que se proyecta en la pared 
que sólo yo distingo,
mis ojos se acomodan.
Y veo.

©Santiago Pérez Merlo

¿Presbicia?

Se acrecienta con el tiempo
mi defecto visual.
Cuanto más cerca están las cosas, 
más lejos las veo.
Cuando se alejan, sueño que las toco.

Sabía de antiguo que la vista engaña...
Pero, ¿tanto?

©Santiago Pérez Merlo

Cuando te pienso

              “...y le doy la espalda al mar...”
                                           (Sabino Méndez)

Quieres que me emocione una puesta de sol...
Como si el sol no se pusiera cada día.
Y dices que le doy la espalda al mar
como si no supiera de memoria
lo que dice cada ola,
el universo que arrastra en su interior 
cada grano de arena que hay en esta playa 
que ya no necesito contemplar.
Porque está dentro de mí...

Cuando mejor la veo 
es en ese otro lugar que yo llamo mi casa: 
cuando cierro los ojos en mitad de ningún sitio
y veo ponerse el sol en la línea del mar
y oigo la canción
infinita de todas las estrellas en un grano de arena.
Cuando cierro los ojos 
pero estiro los brazos y no estás.
Cuando te pienso.

©Santiago Pérez Merlo

Este mar...

Este mar al que vuelvo,
¿seguirá siendo siempre 
el mismo mar?
¿O es nuevo cada vez,
desconocido?
¿Y soy el mismo yo,
el mismo que regresa 
o soy alguien distinto en cada viaje?
Más viejo soy, seguro.
O tal vez más rejuvenecido...
Como esas olas nuevas y suaves 
que me hablan un idioma que sé
pero que al mismo tiempo he olvidado.
Y sigo sin embargo intentando aprender.

©Santiago Pérez Merlo

Antipoema

Me duelen los cojones
de Sísifos, de Ulises, de sirenas,
de Ítacas, de Olimpos y de Alejandrías.
Me duelen los cojones
de fantasmas, de muertos por amor:
de putos muertos.
Me duelen los cojones
de campos de amapolas,
de mareas, de lunas,
de piedras y de bosques
que son siempre el mismo puto bosque.
Me duelen los cojones
de mirarme al espejo
y no ver nada.
Me duelen los cojones
de ver tanto que duela verlo todo.



Me duelen los cojones 
de tanta “poesía”. 

©Santiago Pérez Merlo

¿Para qué?

¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?
¿Por qué? ¿Para qué?
Y ¿”cui prodest”?
Viejas reglas que aprendí,
aspirante a periodista.
Hoy, tantos años después que ya no aspiro a nada,
aún me siguen sirviendo.
Pero sigo sin saber una sola respuesta.
Sobre todo,
¿por qué?, ¿para qué escribo?
Más aún:
¿Por qué? ¿Para qué
se vive una vida
que no nos pertenece?
¿Y a quién le pertenece cuando uno
no cree en nada?
Pero hay más:
¿A quién y desde cuándo
es necesario darle explicaciones? 

¿Para qué?

©Santiago Pérez Merlo

No todas las lunas...

No todas las lunas
llenas me convierto en lobo.
No siempre que sale el sol
es primavera.
A veces hace frío
y sólo estoy desnudo
aullándole a una bola absurda
que me mira con desdén
desde muy alto.
A veces tengo sed
pero el sol no derrite la nieve:
el río sigue helado.
A veces no hay nada que cazar;
y tengo hambre.
Sólo queda esperar
a que acabe el invierno…
Pero es tan largo a veces y tan frío
el tiempo que transcurre 
entre dos primaveras.

©Santiago Pérez Merlo

El lector

Quizá jamás he sido buen lector de poesía.
Y por eso me llegan más adentro
los poemas directos, los sencillos,
los que dicen lo que quieren decir
y no buscan efectos, ni fuegos de artificio,
los que no esconden mensajes
en botellas opacas.
Los que cuentan la vida como lo que es:
un hombre, una mujer, un bosque,
el mar cuando es el mar sin aditivos.



Para misterios, para pliegues,
para recovecos, escondites...
Para la Poesía, amor, tengo tu cuerpo.

©Santiago Pérez Merlo

Aunque

Eres un pobre hombre
ni tan siquiera digno
de conmiseración.
Te has creído
algo que nunca fuiste.
Pero el espejo es terco:
el espejo te escupe
tu verdadera imagen
aunque le des la espalda.
Eres un pobre hombre.
Con todas las miserias
de cada pobre hombre
que pasó antes de ti por este mundo.
Por este mismo mundo que tú inventas
y pintas de colores,
de palabras bonitas...
Y sigue siendo gris y estando lleno
de palabras horribles,
como esas verdades
que te escupe el espejo
aunque le des la espalda.
Porque no hay párpados
para los oídos.
Y porque en el fondo de tu alma sabes
que eres poco más que un pobre hombre.
Aunque te creas poeta.
Porque un poeta también
-o sobre todo-
es sólo un pobre hombre.


©Santiago Pérez Merlo

Manual básico para una correcta visión

Para no ver el mundo, para no ver al otro
basta con mirar sólo el propio ombligo.
Para no verse a uno mismo basta
evitar los espejos y las introspecciones,
que no suelen llevar a ningún lado.
Si a pesar de todo, usted,
quiere mirar el mundo y quiere ver al otro
y verse a sí incluso,
sepa que puede verse
solamente con los ojos
o con el corazón –el paso por el cerebro
no es científicamente negociable-.
Pero asegúrese de que ese corazón
está bien graduado: el daño
de una visión borrosa o muy oscura
podría llegar a ser irreparable.
Para lo que usted ve en sueños,
no hay remedio posible; como mucho
tratar de no soñar… o aplicar cuando despierte
el remedio ya citado en los versos tres y cuatro.



¿Sabe qué? Lo mejor para no ver es que no mire.
Deje incluso de leer: está perdiendo el tiempo.

©Santiago Pérez Merlo

Iceberg

Me sumerjo, buceo
hasta encontrar lo oculto

-“es hielo abrasador, es fuego helado”-
y lo abrazo porque eso es lo que quiero,
no la pequeña parte
que emerge
y confunde a los barcos.
Yo prefiero quedarme con la parte más grande,
en las profundidades... aunque
me abrase o arda.
Abrazado a ese hielo respiro.

©Santiago Pérez Merlo

La ceguera

Tú ves luz donde yo veo sombra.
Y yo no veo más luz
que la que sale de ti: justo
la que a ti te cuesta tanto ver.
Pero no existe otra. Nada más
alumbra mi camino
que es todo oscuridad
si tú no me lo alumbras...
Y aún así, a veces -demasiadas veces-,
mis ojos se cierran solos y no ven.
Porque no ven mis ojos
si mis manos no te tocan.
Soy un ciego sin bastón 

ni perro lazarillo. 

©Santiago Pérez Merlo

La pieza

Algo se ha roto. Sentí
el crujido no sé dónde pero dentro.
Es un lugar oscuro al que no alcanzo.
Y trato de hurgar, dar con la pieza
para recomponerla, unir
sus pedazos ahora separados.
Pero no sé si la encuentro o, 

si es esto que toco,
si aún tengo la fuerza suficiente
para juntar las partes.
Quizá deba simplemente olvidarlo:
seguir caminando como si cada cosa
estuviera en su sitio,
como si no hiciera falta estar completo

para moverse entre los vivos.

©Santiago Pérez Merlo

La Caverna (IV)

Agotado, exhausto:
quiero volar y los brazos me pesan
porque no son alas.
Y si fueran alas serían de plomo.
Ya no es que camine o que me arrastre:
ahora la gravedad me lleva más adentro,
al subsuelo, por debajo
del barro y de la arena de la playa
que añoro:
hacia la obscuridad.
Demasiados intentos, querida Campanilla:
ya no me quedan fuerzas
para salir una vez más 

de esta caverna.

©Santiago Pérez Merlo

Piedra

En ocasiones me convierto en piedra
porque quiero ser fuerte.
Quiero permanecer
inamovible, inerte e insensible.
Pero llueve y me desgasto,
sopla el viento y me erosiono.
Y aún así, incluso convertido
en arenisca,
aunque pequeña, permanece en mí
la esencia de la roca.

Debe permanecer.

©Santiago Pérez Merlo

¿Cómo puede...

¿Cómo puede doler
la ausencia si es vacío?
Si tu no estar, me vacía de mí
y me convierte en nada
que vuela a ningún sitio.
¿Cómo puede un agujero contener
otro agujero?
¿Cómo puede la nada ocupar
tanto espacio? 

©Santiago Pérez Merlo

Alma

Solamente cuando noto
tu cuerpo junto a mi cuerpo
siento que podría existir
eso que algunos 
llaman alma. 

©Santiago Pérez Merlo

Pero vivir

La vida no transcurre por sí misma
como un ente abstracto
que tuviera alma propia y decidiese
ir avanzando a tientas
por el eterno pasillo del tiempo.
Quizás a veces nos parezca así,
pero la vida
es lo que cada día vas viviendo:
vas riendo, llorando, siendo feliz… o no.
Tal vez parece una perogrullada
-suelo escribir así: las cosas obvias-,
pero la vida
tiene mucho de cuanto cada quien
considere estar vivo.
Por eso hablamos
de muertos vivientes, zombies,
y muertos en vida.
Por eso existen igualmente algunos
seres vivos que caminan
entre las sombras de los cementerios
y el olvido
y la nada.
Por eso, a veces, digo que estoy vivo…
Pero vivir, si tú no estas aquí,

es otra cosa.

©Santiago Pérez Merlo

Donante

No gastaré
ni una gota más de mi sangre
en la absurda transfusión que cae
en el cubo vacío
en lugar de insuflar vida en otra vida.
Donante de órganos que llevan ya
tanto tiempo acabados que no sirven para nada.
Hígado que no filtra, pulmones quemados,
córneas ciegas a cuanto me rodea.
Y un corazón
incapaz de volver a latir
en un cuerpo que no sienta a su lado 

tu latido.

©Santiago Pérez Merlo

El ataque

Sólo el ruido lejano, 
que hasta puedes desoír si te concentras 
en ese trino aislado,
en el crujido de una rama 
bajo tus pisadas y el “tris tris”
que parecen hacer 
las patas de ese perro que camina a tu lado. 

Y de pronto el mordisco, la garra 
que se clava en el costado,
rasga la carne y rompe los silencios.
Tu recuerdo que ataca
cuando menos lo esperas.
Ese dulce dolor que es ver tu imagen 
cuando no te veo. 

©Santiago Pérez Merlo

Río

Está completamente seco
el cauce del río y sin embargo
lleva como un rumor secreto
de agua subterránea 
que no tuviera fuerza  
para abrirse camino entre las piedras
y las malas hierbas agostadas
y aflorar.
Hoy no camino junto a él: hoy
soy el río.

©Santiago Pérez Merlo

Perdón

¿Por qué no perdonamos 
a quienes más queremos
sus infinitas faltas?
¿Por qué precisamente 
exigimos a quienes nos importan 
lo que no nos exigimos ni a nosotros mismos?
¿No debería el perdón ser aplicado 
con más condescendencia?
¿O es que vemos en el extraño espejo
lo que echamos en falta 
(o lo que sobra)
de nuestra propia imagen? 
Y es entonces a “yo”
a quien no perdonamos.
Y yo -lo aclaro por si hiciera falta-,
soy el primer culpable.

©Santiago Pérez Merlo

Triste

No me sacudo esta tristeza.
Y debería. Otros
-como dijo el poeta-
esperan que resista, que les ayude
mi canción entre otras canciones.
No me abandona
este mal humor. No
me dejan la envidia ni la idiocia
ser feliz.
Y sin embargo llamo “amor” a todo eso.
Pero el amor
debería ser alegre y parecerse
a la felicidad.
Y yo no soy capaz - y además me repito-

de sacudirme toda esta tristeza.

©Santiago Pérez Merlo

Nadie

Nadie sabe leer.
O no sabe.
Nadie sabe escribir.
O no sabe.
Nadie sabe lo que sabe nadie.
Y nadie lo sabe.
Nadie no tiene nada.
Y nada tiene.
Nadie no es nadie.
Y nadie, es.


Mi nombre es Nadie. 

©Santiago Pérez Merlo

Lo peor

Lo peor
              de todo es
que sabíamos las cosas
que fingimos no saber.
Pero, a pesar de ello,
nos aferramos vanamente
a la esperanza de que todo cambie,
que dé un giro de ciento ochenta grados
y el suelo se convierta en cielo,
las nubes en arena…

Y arrastrarse sea volar.

©Santiago Pérez Merlo

De colores

Hay días que la vida se conjura
para pintar de gris como un Rey Midas
de “todo a un euro” lo que tocas.
Los gorriones graznan, los gatos
en la calle se pelean
por el último plato de leche
que les dejó la pobre viuda loca
a la que, hoy, volvieron a llevarse en ambulancia.
Y los ordenadores se estropean
y las cuentas no cuadran
y no acaba de irse ese molesto
dolor en el oído...
La vida hay días en que se conjura
para que se haga enormemente complicado
vivir sin más, como si tal cosa.
Pero a pesar de todo hay que vivirla
y dar gracias a dios por estar vivo.
Y ensayar la mejor de las sonrisas
-aunque llores por dentro
como el viejo payaso que vuelve
irremisiblemente a mis poemas-
para que esa niña de la trenza
y esa otra que viene por detrás
junto a una mujer que la lleva de la mano
sonrían, sean felices...

E iluminen con su risa tu día gris.

©Santiago Pérez Merlo

Dos manos

Sólo tengo dos manos y no alcanzan
a hacer todo el trabajo que quisieran:
no levantan las losas que te oprimen,
apenas te sostienen y no avientan 
el aire que te falta si te ahogas.

Con la derecha escribo algunos versos
y con la misma tacho y sobreescribo.
Y la izquierda la observa incrédula e hiriente:
sarcasmo de quien ve el trabajo inútil.

No sirven 
para tocar un piano, una guitarra...
que te hagan bailar con los ojos cerrados
cuando nadie te ve.
No saben -aunque intentan- modelarte, tallar
el delicado material del que están hechos 
los sueños de tu cuerpo.

Pero, ¿sabes?, 
me conformo si una de ellas vale
para aliviar tu peso y cargar tu maleta
o secar 
la lágrima que rueda en tu mejilla;
poner un sólo dedo 
encima de tus labios y que haga brotar
cual varita de mago una sonrisa.

Si me dejas... si te dejas, me conformo 
si sirve con tomar en una mía 
una sola de tus manos y ayudarte a cruzar
el umbral de tus miedos.

©Santiago Pérez Merlo

Creer

No solamente me equivoqué de dios
entre tantos como había para elegir.
Me equivoqué también
de profeta, de gurú, de hechicero,
de palabra sagrada.
Confundí cielo e infierno, limbo,
madre naturaleza y muerte natural.
Confundí paraísos y parnasos...
Incluso me equivoqué de bares y tabernas,
de cenáculos y contubernios.
De todo, en todo
me confundí o erré.
Hasta que descreí incluso de mí mismo:

ahí no hay posibilidad de equivocarme.

©Santiago Pérez Merlo

Enjaulado

Como uno de esos viejos leones 
de los zoos,
cansados y aburridos
pero aún conservando la sabana
en la retina  -o quizá sólo en los genes-
doy vueltas por la casa y recorro el pasillo
y abro y cierro armarios y acaricio 
los pocos enseres tuyos que hay aquí.
Y me vuelvo a sentar
o cojo un libro en el que apenas puedo
fijar la atención.
O abro la nevera pero no hay gacelas vivas para cenar.
El viejo león está aburrido y solo
en esta jaula de su propio pensamiento.

©Santiago Pérez Merlo

"Soy el que soy"

No es lo mismo ocultar que no mostrarse.
No se oculta la sombra entre la luz
que se filtra por las ramas del ficus milenario.
Se oculta el árbol invisible que se planta
con manos invisibles y se poda
con tijeras que no existen.
No se muestra la real desnudez
del cuerpo ni del alma a casi nadie
y sin embargo
no hay ocultación cuando te tapas
el pecho ante el espejo para que yo no vea
lo que ya mi memoria ha aprendido
y no precisa por tanto ser mostrado.
Ni te ocultas cuando cierras los ojos
para que yo no mire
lo que ya sé que hay en su interior.

No me oculto cuando escribo
aunque no muestre
todo aquello que debiera ser dicho.
Si no fuera blasfemia, diría como “aquél”:
“soy el que soy”…
Pero yo, apenas, soy un hombre.

©Santiago Pérez Merlo

Verdades

Era todo mentira. Incluso
la verdad era mentira.
La mentira es la única verdad.
Y yo intruso, advenedizo
y diletante descubrí
que no hay nunca jamás tampoco
una sola mentira
pues tantas caras tiene como la
verdad.
No, no es un retruécano, no es
un juego de palabras sin sentido
ni son dos caras de la misma moneda.
Es una realidad tan evidente
que da miedo.

©Santiago Pérez Merlo
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Miradas

Podéis seguir, indefinidamente, 
con los ojos vendados.
Al fin y al cabo, ¿para qué mirar
tanta miseria como nos rodea?
Es más, ¿a qué mirar 
tanta miseria como almacenamos 
en nuestro interior?
Seguid mirando así, sin quitaros la venda:
hacedle caso
a este pobre ciego.

©Santiago Pérez Merlo

El castillo

A veces se nos llenan 
el corazón de amor
y la boca de miedos.
Si no es al revés o si el cerebro,
señor feudal de todos los demonios,
reclama su derecho de pernada,
se hace dueño 
del castillo completo y mata de hambre 
a cuantos nos negamos 
a vivir bajo, únicamente, 
el yugo de su capricho.

©Santiago Pérez Merlo

“Manriqueña”

Esta ciudad que no es mi ciudad
y este mar que no es mi río...
O tal vez sí lo sean
porque esta soledad acompañada 
no es la soledad de otras latitudes.
Mejor: es y no es porque es la misma 
que siento cada tarde pero a un tiempo 
siento la compañía que me trae 
el rumor de las olas 
en que escucho tu voz,
mujer de mar que naciste en un río. 
Pero ¿qué río y qué mar 
serán los que han de ver
morir las soledades...?

©Santiago Pérez Merlo

¿Poética?

Decir sin decir nada: ocultar al silencio 
con bonitas palabras 
que no añaden pero adornan
sin llegar a hacer ruido,
sin dañar como hacen 
a menudo las palabras...
Pero sin provocar tampoco 
un ligero temblor
o una sacudida.
Sólo eso: maquillar lo callado,
el miedo al grito,
al desgarro del alma que suena como un trueno
en medio de la noche y sobresalta.
Si eso es lo que llamáis poesía,
yo prefiero callar. 
Y que el silencio sea mi poema.

©Santiago Pérez Merlo

Aeropuerto (paisaje con figuras)

Un mendigo con un perro
envuelto en una manta sobre un carro de maletas
le pide un cigarrillo a un ejecutivo
con un traje impecable sucio de polvo blanco
(son las seis de la mañana).
Diez o doce mujeres bulliciosas
ríen como si aún
no se hubieran acostado
(parece que una de ellas dejará de ser soltera).
Una joven pareja trata de mantener callado a un niño
que no sabe dónde está ni a dónde viaja.
Otra pareja, con algo más de edad,
entrelaza las manos y se mira a los ojos
como si el cielo
estuviera realmente en ese avión.
Y hay una mujer sola (edad indefinida
entre los treinta años y la muerte)
que lee un libro. Y otra, más allá,
que pasa páginas absurdas en color de una revista.
Y hay un hombre que observa,
parece tomar notas en un viejo cuaderno
y bebe su café a pequeños sorbos.
Tal vez es un poeta...
O sólo un hombre más que mira
todo cuanto le rodea
y pinta un lienzo
que deja abandonado 

en una terminal del aeropuerto.

©Santiago Pérez Merlo

Intensidad

Intensa la mirada del pájaro en la rama.
Intensa la mirada del poeta,
fija en el ave.
Intensidad en la rama cuajada de brotes
intensamente verdes
apuntando al sol y al cielo,
intensamente azul.
Intenso el pensamiento
si uno se detiene mucho en él.
Ya me cansé de tanta intensidad.
Mejor ser levemente
y flotar.
Y dejarse llevar.

Y no ser nada.

©Santiago Pérez Merlo

Sinrazón

Nunca hay razón suficiente 
para la nostalgia.
Ni falta que le hace a la razón 
estar presente siempre en todos nuestros actos.
Eso quisiera ella y, sin embargo,
cuántas veces es mejor acallarla.
O no escucharla al menos y prestar atención,
solamente, al latido, al sueño, 
a la voz susurrante de la mente dormida
y la pasión despierta, al huracán que vive 
escondido en la brisa y tiene miedo...
Ese viejo aliado de la razón, el miedo,
que vestimos de razonables sedas
y viste sólo inconcretos harapos.

©Santiago Pérez Merlo

Amanece

Nunca la oscuridad es absoluta
y en la mínima luz
-una rendija, el quicio
de la puerta no encajada-
tu cuerpo se ilumina y me desvela.
Te oigo entonces respirar suave,
acompasado el pecho junto a mí,
la curva de tu pierna y tu cintura.
Y no me muevo, aguanto
mi propio respirar
para no perturbar no ya tu sueño, el mío:
el de verte desnuda 

y a mi lado.

©Santiago Pérez Merlo

Destiempo

Yo también necesité perderme,
escapar a los bosques,
naufragar, construir
un refugio alejado de todo
y encerrarme donde nadie
me pudiera encontrar...
suponiendo que alguien
quisiera buscarme.

Y ahora que lo que quiero es el calor
de una chimenea compartida,
una conversación, una caricia
quizá de cuando en cuando...
estoy sólo en el bosque,
náufrago y sin refugio.

©Santiago Pérez Merlo

O ser...

O ser quien no se es.
Convertir en silencio
el rumor del viento 
y en música callada 
las palabras de amor.
Y en sinfonía el aire
que vuela tan dispar 
de un extremo a otro 
de la nube que lleva 
en su propio interior.
Ser ruido 
o ser sencillamente balbuceo.
No decir. 

Y aún así,
todo suena y se escucha.
Incluso se oye el eco 
de no ser. 
Nadie también habla.

©Santiago Pérez Merlo