Parábola de la hormiga y el reloj

Imposible saber cómo ha llegado allí 
ni con qué metódica paciencia logra 
sobrevivir.
Cada grano que cae es una maza 
que hace temblar el delicado suelo 
que apenas si sostiene
a la frágil hormiga encerrada 
en el reloj de arena.
Cada grano que cae es como el segundero
del antiguo reloj que retumba 
en el silencio de la noche 
y te arrebata el sueño.

©Santiago Pérez Merlo

Memoria de mí

              (A Don Luis de Góngora)

Dejas de ser el rostro familiar del pupitre de al lado;
empieza a ser dudoso tu nombre como aquel destinatario
del primer beso en la boca –ojos cerrados, 
labios juntos y apretados: el instante-.
Apenas eres apellido en la memoria de aquellos profesores
de latín o de filosofía (ellos no se han borrado).
Dejas después de ser carne reconocible –brazos, barba, torso
desnudo, piernas-: se mezcla con otra carne
y empieza
       la descomposición.
Poco después ya no eres nunca más
aquel compañero de aquellos compañeros
de aquellas oficinas… Y una oficina más. Y otra
y en cada una dejas
una parte de ti
               que ahora se va borrando.


Ya puedo ver las teclas a través de mis manos,
ya puedo contemplar
                                en el espejo
trozos del albornoz que cuelga tras de mí
a través de pedazos transparentes de mi cara.
  

No somos rostro, carne, nombres, apellidos,
mesas de oficina abandonadas.
No somos hombres; ni mujeres. Somos
fragmentos de memoria en la memoria de otros,
que nos van olvidando irremisiblemente
y que nos van haciendo
                                    desaparecer
como ellos han ido desapareciendo.
Y nos vamos quedando en tierra, en humo, en polvo,
en sombra,
en nada.

©Santiago Pérez Merlo

Sin sentido

En realidad anduve aquel camino 
mientras vosotros me veíais
yacer en esa cama atestada de miedos.
Yo no temía: yo iba caminando 
sin prisa, por senderos 
que no imaginaríais 
e inventando los sueños que querría tener
si despertara. Os oía sufrir,
discutir, oía 
vuestro silencio 
desde mi peculiar atalaya de semi inconsciencia.

Foto de Ebru Sidar
No era vuestro viaje. No hay
cuaderno de bitácora, 
no hay fotos ni souvenirs 
pero recuerdo cada paso del sendero,
los hitos que lo jalonan
y los guijarros que fui dejando tras de mí,
pequeños pedacitos de memoria 
que me estarán esperando 
cuando vuelva y ya no vuelva.

©Santiago Pérez Merlo

Jaque

Tiene todo el tablero en la cabeza
y a tientas, con cuidado
de no desplazar 
ninguna pieza más que la precisa,
avanza lentamente su caballo 
entre escaques con relieve.
Es ciego pero sabe
cuando asestar el golpe, 
cuando lanzar alfiles, torres, reina 
contra el rey sin color que sí lo ve venir 
y sólo puede huir
o dejarse morir.

©Santiago Pérez Merlo

Ni falta que le hace

               (Para Manuel, mi padre.)

Tengo su voz o una muy parecida
y tengo su impaciencia.
No tengo ni su pelo rizado
ni su equipo de fútbol.
No fuimos nunca juntos a pescar
ni recuerdo haber pensado en él
como en un superhéroe…
Ni falta que le hace.

No me constan sesudos consejos
ni charlas moralistas.
No me puso jamás la mano encima.
No conservo como un tesoro oculto
una de esas lecciones que se le suponen
a un progenitor…
Ni falta que le hace.

Pero sí tengo vivo el recuerdo
de tardes de teatro
y de cine; de mañanas de Rastro
y de Cuesta Moyano; de playas,
de El Peral, de manguera en el patio
de la abuela y noches de flamenco;
de compartir
trabajos manuales para el día de la madre
y de saber muy pronto
que él, ellos eran mejor que Baltasar
y el ratoncito Pérez.
Y recuerdo su paciencia
-la que a veces nos falta a los dos-
con el adolescente que fui.
Y su apoyo en las duras
(muy duras, que también las hubo)
no incondicional y porque sí,
porque obliga la sangre
que no siempre obliga...
Ni falta que le hace.

Acaba siendo una falacia siempre
que un padre deba ser
el mejor amigo de uno…
Ni falta que le hace.

©Santiago Pérez Merlo

El libro

No lo abras. Mantenlo 
así, en tu regazo, 
las manos apoyadas 
y la mirada buscando el infinito, 
tratando de alcanzar 
tu pensamiento. 
No están allí, en el libro:
tú eres quien sabe
todas las historias.

©Santiago Pérez Merlo

Porvenir

No eres más que el reflejo
de un ciego que se planta 
delante de un espejo: estás ahí, 
devuelves 
                    una imagen 
que él no puede ver.
No eres nada.

©Santiago Pérez Merlo

El último café

No paras de mover la cucharilla,
ausente,
finges que me escuchas,
que te interesa lo que estoy diciendo
y asientes levemente
o murmuras un sí
de vez en cuando.

Pero se que es mentira. Sé
bien que estás muy lejos
no sé con quién, ni dónde,
pero lejos,
donde mis palabras
apenas te alcanzan.

Te lo digo y estás
a punto de enfadarte,
de atacar, como siempre
(es la mejor defensa),
e intentas repetir
alguna de mis frases.

Mientras, sigues moviendo
sólo tú sabes qué
en la copa de vino.

©Santiago Pérez Merlo

Sigue lloviendo

¿Alguien sabe
para cuándo está previsto
que deje de llover?
Se está inundando el mundo
y las antologías y los cancioneros
(no digamos las redes sociales)
con este coñazo
de lluvia del otoño
en primavera.
No se soporta más
tanta melancolía,
tanto repiqueteo
ni tanta nube gris
en las atormentadas
y excretoras
mentes de los poetas.
¡Qué deje de llover
de una bendita vez!
o acabaremos
por cortarnos las venas
con la punta afilada
del paraguas mojado
en la tinta negra
que baja del cielo…
para satisfacción de los poetas.

©Santiago Pérez Merlo

Érase una vez más

Una vez más,
te asomas a ese cuadro
que nunca habías contemplado
y descubres
que ya conoces todas las perspectivas,
incluso los colores que jamás salieron
de ningún pincel.

Una vez más,
escuchas aquella melodía
en que caben todas las melodías
y hasta los instrumentos en silencio
delatan su presencia.

Una vez más,
abres el libro
por una página al azar y sientes
que ya conoces todos los finales:
los que están en el libro
y aquellos que nunca se escribieron.

Una vez más,
descubres que ya tienes,
si no todas,
muchas de las respuestas
y que lo que te faltan son preguntas
para que no se vuelva a repetir la historia.

©Santiago Pérez Merlo

Antiguos alumnos

Ana Isabel va a publicar un libro:
es un cuento infantil, pero le hace ilusión.
César ha conseguido su sueño:
vive sin trabajar; no, no es un hacendado,
pero no necesita madrugones. Y eso basta.
Mar se sigue riendo como siempre.
Y haciéndome reír.
Pilar... Pilar siempre será Pilar,
no hay mucho que añadir.
Arantxa, Patricia, Villa, Emilio... no vinieron.
Deben de ser gente ocupada.
Eduardo, el profesor, sigue cantando
canciones de Los Beatles.


Hubo mucha más gente, por supuesto.
Y faltaba muchísima más
de la que un día compuso
todo nuestro universo, nuestra vida
en los años en que empiezas
realmente a tomar
conciencia de estar vivo
(la infancia apenas cuenta).

Y había un patio y risas
casi adolescentes
                           otra vez
y recuerdos flotando y recuerdos
que no estaban invitados.
Y el extraño frío del paso de los años
y el calor de todo lo vivido.

©Santiago Pérez Merlo

Inútiles

Inútil como el grito de "¡tierra!" del vigía
cuando el barco se hunde.
Inútil el rumor de las olas lejanas
para que el castellano
se vuelva marinero
e inútiles los cantos de sirena
en los acantilados
en los oídos encerados de Ulises.
Inútil el alisio del desierto costero
que sólo arrastra arena o la cubre de niebla.
Inútil, tierra adentro, el esfuerzo constante
y apenas perceptible
de los brotes del árbol
por arrancar raíces de la tierra
y elevarse.
Inútiles los golpes
de la mosca en el cristal,
inútiles los aleteos
por remontar del alfeizar
para volver a golpearse.
Inútil grito de socorro el del asesinado
cuando es la última voz
que abandona su garganta entre estertores.


Inútil voz final la del poeta
que no rompe cristales,
como inútil la voz que no se eleva,
inútiles arena, verso y niebla
en el desierto;
inútil canto, inútiles sirenas
de oídos encerados. Inútil
el rumor
de las olas y aferrarse
a la tierra.
Inútil el poema.

©Santiago Pérez Merlo

Quijotadas

Camina por la acera y sueña
arrastrando los pies
que lleva de la brida a su propio Rocinante
y que le sigue, fiel, un escudero
que lleva de la albarda a su propio jumento.
Sueña con ser no un caballero andante
sino el loco emulador del loco que soñaba
que lo era. Piensa, en realidad,
que querría estar loco como aquél y no pretende
desfacer los entuertos sino provocallos,
volver al mundo loco, lector y cómplice
de sus disparatadas aventuras
y amores imposibles con alguna aldeana
convertida en princesa
a quien rendir honores tras heroicas batallas…

Y llora, amargamente, su irremediable cordura.

©Santiago Pérez Merlo
Dibujo de Antonio Saura

Dificultades

A qué negarlo. Era más fácil
escribir los poemas cuando te quería.
Cuando te pensaba tumbada a mi lado
o en tu propia cama,
pero te imaginaba
fingiendo
que pensabas en mí.
Era mucho más fácil
encontrar una excusa
-un lunar, una prenda de ropa,
una promesa que no se quiere hacer
y que se escapa involuntariamente-.
Las palabras luchaban ellas solas
por verterse, inundar
los cuadernos: ojos, rostro, labio,
beso, amor (no lo digas),
mano, pecho, delirio, sudor,
te echo de menos, vista,
tacto, gusto, pubis,
atardecer, deseo,
amor… (que no lo digas).


Era mucho más fácil.
Aunque no existieras.

©Santiago Pérez Merlo

Explorador

Me sumerjo en las aguas tranquilas
del océano siguiendo la corriente
y me dejo arrastrar a lo profundo
sin moverme, impulsado tan sólo
por la fuerza del agua. Me detengo
muy hondo, donde sólo me observan
criaturas abisales que nunca recibieron
la caricia del sol o de la luna. Y pienso:
me he perdido.

Me introduzco en las cuevas que socavan
la impasible montaña buscando
la raíz que la tiene sujeta a la tierra
al tiempo que se eleva desafiante
y busca el brillo del sol
o de la luna. Me detengo
de nuevo muy adentro, donde sólo se oye
el silencio profundo de la tierra. Y pienso:
me he perdido.

Camino en la espesura del bosque que se cierra
sobre mí, adivino senderos serpenteantes
donde nunca existieron y busco
con mirada de insecto entre árboles gigantes
la llamada del sol o de la luna
que me guíe hacia lo más profundo,
al corazón del bosque que no conoce aún
la pisada del hombre. Y pienso:
lo he encontrado.

 ©Santiago Pérez Merlo
Foto de Ebru Sidar