La verdad

Una vez me dijeron
“eres el mejor jefe que he tenido”.
Y no era verdad.
Otra vez me dijeron
“has sido mi mayor amor”.
Y también era mentira.
Mi hija dice a menudo
que yo soy “muy buen padre”; mis padres, 
que soy “un muy buen hijo”.
Alguien dijo una vez 
que era un gran poeta...

Y la única verdad
es que no soy nada de eso.
La única verdad 
es que no soy nadie. 
No soy nada.
Y así está bien.

Aviso a navegantes

Esto no es mi cuaderno.
Los poemas, la poesía...
sean lo que sean 
los versillos que yo escribo
no son un diario.
La mayor parte de las veces 
son, como mucho, ocurrencias,
reminiscencias de un sueño,
de un anhelo, de un sentir
-tal vez inútilmente-
de que uno tiene algo 
que plasmar en un papel. 
Está claro que es mi vida, sí. 
La poesía, esa que llena la boca
y el ego de tantos,
no es más que un puñado de palabras
escritas en renglones cortos. 
Sale del corazón (o debería),
de algún rincón oscuro
de eso que llaman alma... 
Y, si no chorrea sangre, no tiene sentido.
Pero no es
el periódico del día.
Mucho menos un adorno, un “selfie” hecho
para redes sociales.

No se rían conmigo cuando río.
No lloren si creen haber leído alguna pena.
No se callen aunque yo guarde silencio.
Y ya basta de explicarse inútilmente.
Adiós.

Miedo calé

Harto ya de los versos, 
de supuestos poemas 
que no dicen nada;
de palabras que se juntan 
las unas a las otras
sólo porque son “bonitas”,
porque suenan bien...
a pesar de que ni música suponen. 
Quejíos que no expresan nada:
apenas vaguedades o fuegos de artificio.
Ni una gota de sangre, de tinta o de sudor,
de bilis cuando sea preciso.
Ni un hálito de vida. 
Ni en los versos ni en las prosas.
Nada.

Miedo a ser como ellos cualquier día,
a que la boca no me sepa a sangre cuando canto 
-gracias, Tía Anica Piriñaca, siempre-.

Cuánto mejor, llegados a este punto,
tan sólo una guitarra. 
O el silencio.

Rocíos

Parecen resbalar a veces
las palabras de amor 
como gotas de rocío 
en las hojas de hierba.
No llegan a la raíz.
No alimentan el sustrato.
A lo sumo,
un verde que parece más intenso
un instante fugaz:
hasta que amanece.
Y se evaporan.

Hombre rico, hombre pobre

-Mis normas están
esculpidas en piedra.
-Las mías las escribo 
en finos papelillos de fumar,
que luego arden.
-Mi casa es un palacio
con treinta habitaciones.
-Yo vivo en un cuartucho:
un jergón, una mesa, una silla
y un puñado de libros.
-Mis deseos son órdenes 
para una legión de sirvientes.
-Yo no digo ni al perro
cuándo debe comer.
-Yo mando sobre mí, sobre los míos: 
dispongo cuándo sí, cuándo no...
sólo me faltaría 
decidir a qué hora sale el sol,
a cuál la luna. 
Yo impongo las reglas...
Soy tan fuerte como un roble.
-Yo, más bien, soy mera hoja de hierba.
-Usted arderá antes y yo lo veré arder.
-Es muy posible, pero 
¿es usted su señor? ¿O es esclavo?...
¿Y es usted feliz? 

Máscaras

¿Por qué mentir? ¿Para qué 
ponerse una máscara tras otra
y ocultar, ocultarnos,
quiénes somos?
¿Por qué llorar si se quiere reír?
¿Por qué fingir amor u odio,
indiferencia,
si se siente lo contrario?

Creemos que así 
protegemos nuestra piel,
nuestro rostro,
nuestra débil osamenta. 
Y cortamos las alas
que nunca tuvimos,
por mucho que soñáramos volar.
Y, así, quedamos a la intemperie.
Al albur de las fuerzas
que no dominamos:
y así morimos. 

Favor

Por favor, 
que nadie me hable más 
de poetas ni cantores.
Que nadie más me cuente
qué está bien y qué está mal.
Que nadie más me juzgue 
ni me obligue a juzgar. 
Dejadme, simplemente,
que mire las estrellas 
o que me hunda en el barro
con la pluma y el cuaderno 
en mi regazo. Sin decir
una palabra más.
Dejadme ser Cyrano 
y volar, volar, volar...
y que un enemigo incierto
ponga el fin.