Espacios

Ya no quiero ocupar
los lugares que no me corresponden. 
Yo no soy el padre ejemplar,
ni el intachable hombre de traje y corbata. 
No soy trabajador ni inteligente. 
Nunca fui la pareja perfecta,
ni el amante atento y cariñoso. Ni siquiera
el amigo fiel que siempre estuvo allí. 
Yo no era como me mirabais
cuando no me veíais. 
Yo soy como tú -y tú y tú, vosotros- 
o incluso peor: 
imperfecto, desubicado, 
el payaso triste; 
generoso y egoísta, 
poeta y zafio a partes iguales,
amoral y recto,
“suicida y homicida”,
ángel (caído), animal humano. 

La única diferencia 
es que yo ya no le miento a los espejos 
en los que antes no me reflejaba. 

Oculto

No las busqué,
pero me he acostumbrado.
La oscuridad me alivia
de la férrea blancura de la luz
que dañaba mis ojos.
La soledad me libera
del ruido ensordecedor 
de la ciega muchedumbre. 
Como un cazador solitario,
un bucanero proscrito
que huye de cada isla
cuando cae la noche,
me muevo entre las sombras.
Aprecio la luna nueva 
por encima de la llena inmisericorde. 
Sólo una estrella lejana me vigila
y también busca el cobijo de las nubes 
cuando alguien se acerca. 
Nadie sabe quién soy. 
Lentamente, incluso yo
me voy olvidando de mí mismo. 

Sueña

La diferencia entre tocar 
uno sólo de tus rizos 
y no hacerlo
no está en la distancia, 
ni siquiera en el tacto.

La diferencia está 
en que tú me sueñes
como yo te sueño. 

Canto

Canto a lo que me rodea,

a lo que toco.

No le canto a las aves 

porque ya ellas cantan.

Y vuelan.

No le canto a las olas 

mar adentro:

canto a las que acarician nuestros pies. 

Canto al árbol y al bosque

cuando paseo por él,

no cuando me lo invento. 

Canto -menos de lo que debería-

a la miseria de los hombres:

no a la miseria humana. 

Canto al amor que tengo,

que deposito en ti,

el amor que me acompaña:

no conozco más amor.


Canto en silencio 

lo que tendría que gritar

y canto a viva voz

lo que habría de callarme.

Uno

“Uno está tan solo en su dolor...”
(E.S. Discépolo)

Uno pasea por el bosque 
pero se detiene sólo 
ante un árbol. Y lo observa,
no lo riega ni lo abraza:
es un árbol libre. 
Uno sólo lo mira:
ve sus ramas elevarse,
las hojas que quedan 
y las que se caen,
las raíces con las que tropieza
y las que no ve. 
Uno sabe que ese es su árbol, 
precisamente porque no es suyo. 
Uno sabe que es de sí mismo,
orgulloso en mitad del bosque. 
Uno se aleja sabiendo 
que volverá a buscar 
su sombra, su cobijo.
Y trata de contar sus años, 
pero jamás cortaría su tronco 
para ver sus anillos. 

Luces

Otros persiguen sin hallarla
una luz, un foco que les ilumine.
Yo miro el faro 
desde la distancia y veo
pasar su haz mostrándome el mar
y el acantilado.
A mí no me roza. 

Yo busco otra luz.
Más adentro.
Dentro de algo que no sea
“tú” o “yo”. 
Llegará. 
Tal vez.