Fue

"... Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido."
 
(Luis Cernuda) 
 
Olvídalo. 
O recuérdalo igual que se recuerdan
las cosas que ya no celebramos:
los primeros besos -tan lejanos ya-,
el viaje aquel que hiciste con quien luego odiaste,
la tarde-noche en aquella terraza 
que cerraron hace años…
Cuando aún recordado,
guardado en el cajón desastre de los días 
que acaso reverberan como mucho
en algún sueño que nos desorienta,
lo ocurrido ha dejado de existir. 
Pervive, sí, como la memoria oscura 
de aquellos que fuimos hace tanto, 
no renegamos de ello, pero a todos los efectos
su presencia es idéntica al olvido;
pertenece a ese tiempo que no alcanza siquiera
para una alegre tarde recordando 
los besos perdidos, las risas espontáneas,
los cafés, los cigarros, los amigos que fueron,
aquella cena con velas no sé dónde…

Olvídalo. 
O recuérdalo igual que se recuerdan 
las cosas que vivirán eternamente 
“donde habite el olvido”.

Resurrección

Qué difícil la vida sin ti, sin vosotros
(sin respuestas, sin preguntas,
sin noches, sin versos, sin amor);
qué cuesta arriba el camino sin sombra, 
sin esquinas en las que esconderse,
sin viento que me empuje o me revuelva 
el pelo y la conciencia. 
Qué inclemencia de sol en el desierto
de cielos desnudos:
sin nubes, sin aves, sin cometas.
No hay vías marcadas ni océano a la vista:
todo es arena y alacranes negros…

Y caminar, sin embargo. 
Seguir andando, siempre, sin detener 
el paso y silbando mi canción,
aunque nadie la escucha.
Caminar incluso muerto entre los vivos, 
morir hasta vivir el día de la resurrección:
porque habrá resurrección, está escrito 
no en escrituras sagradas, 
sino en el libro sin letras de la vida. 
Hacerse amigo del sol y de la arena, 
convertir en vergel el desierto y caminar, 
seguir andando, siempre.
Solo, tal vez desesperado, vivo o muerto,
pero haciendo camino donde alguien
dejó sin asfaltar 
                                  el silencio.

Órganos

Si me quisieras con el corazón,
¿cómo podría negarlo la cabeza? 
¿Podría razonar hasta tal punto 
que todo lo ignorase, 
que fuera capaz 
de desoír los latidos y acallar la danza 
de la música de las estrellas?
Tal vez pudiera: hay cabezas muy tenaces.

¿Y podría el corazón 
ignorar al pensamiento que le grita:
¡no dejes que se vaya!, ¡ella era!?
Tal vez pudiera: hay corazones muy duros.

Por eso yo elegí
amarte con la piel: recuerda
que es el órgano más grande y que no hay 
cerebro o corazón que se resistan
al escalofrío de una caricia a tiempo…
O al dolor de un cuchillo cuando rasga.

Nunca más

   "Hoy tengo que hacer muchas cosas: 
hay que matar la memoria, 
hay que petrificar el alma, 
hay que aprender de nuevo a vivir". 
(Anna Ajmátova)

Lo sé, también yo estuve allí: no el primero, ni el último (muchos me precedieron y hay quienes volverán), pero también estuve. Y ya no, nunca más. No volváis a buscarme en ningún bosque, en ninguna playa de ninguna isla. Nada de Ítacas ni de País de Nunca Jamás; ni de laberintos. Adiós cavernas, adiós pozos y ríos y sus puentes y los versos y… Adiós. 
No tratéis de preguntar a los astros, al viento o al fuego del hogar; no molestéis a los niños que juegan en la arena. Olvidad lo que dije, olvidaos de quien fui y de cómo escribía. Aún no sé si he muerto o si he renacido. Pero nunca más la vida que viví en otra vida; nunca… O quizá siempre. Es lo malo que tienen las palabras rotundas.

Necrópolis

Triste pero firme,
como el ciprés junto a la tapia
del cementerio abandonado 
donde yacen los muertos 
y lloran los vivos las ausencias. 
Erguido miro al cielo 
aunque no espere señal 
ni del sol ni de la luna 
y presto oído a las aves 
de la primavera mansa 
que como manantial se precipita
hacia otro verano. 
Ninguna voz, ningún trino 
cantan los paisajes que antes conocí.
Ni siquiera un graznido de cuervo o gaviota, 
una melodía de cantor,  
que traigan noticias del jardín aquel
que paseé quizás en otra vida. 
Ninguna ráfaga de viento nuevo 
que agite la tristeza del ciprés.
Todo es solemne, silencioso, frío…
incluso este verano añil que acecha
por encima de los cementerios.

La feria

Si vivieras en Madrid,
estarías a estas horas -como yo-
quejándote del calor y disfrutando 
del olor de los libros y las plantas. 
Si nuestras raíces 
se hubieran puesto de acuerdo 
como hicieron nuestras ramas 
y las hojas -de árboles, de libros-
que dejamos volar. 

Lo peor son los conocidos,
los que preguntan por ti 
inocentes y extrañados de no verte. 
Los que incluso comentan 
si no hemos pensado vivir juntos.
¿Qué responder? 
¿Ponerme tal vez a dar explicaciones? 
Mejor, simplemente alejarme,
sentarme en otro banco y leer
otros poemas que no hablen
de aquellas otras ferias…