La vida no es sueño

Si es un sueño, no me despertéis.
Si lo de antes fue
una pesadilla,
gracias por despertarme ahora. 
Si todo es y fue 
real,
es que alguien antes estuvo equivocado:
la vida y los sueños
no siempre son distintos. 

“¿Qué ves?”

Veo una muñeca rota en una alacena.
Y una mujer libre.
Y una matrioska que ningún carpintero 
ha podido modelar aún. 
Veo un arlequín 
y un polichinela.
Veo una niña pequeña 
y una mujer madura.
Veo una araña en la esquina más alta
y a la mosca atrapada en su red.
Veo una mirada asustada 
y otra desafiante.
Veo una risa 
y veo un llanto.  Veo 
una pasión desbordada 
y un recogimiento. 
Veo a una guerrillera 
y a una monja de clausura.
Veo lo valientes
que a veces son
algunas cobardías…
(Y viceversa).
Veo una cometa y veo el hilo.
Veo un castillo de arena
y una ola.

Veo la vida. Veo mi vida. 
Veo el infinito.

Aprendizajes

Se aprende a decir te quiero,
pero hay que aprender
también a escucharlo.
Se aprende a extrañar a quienes, 
del modo que sea, 
no están ya más entre nosotros. 
Se aprende a desear -no: no es innato-
y a eludir el deseo. 
Se aprende 
que “tu rostro mañana” (*), ni el mío,
ni el de nadie 
tiene por qué parecerse al de hoy;
ni ser diferente: ¿quién 
sabe con certeza cuál será?
Pero hay también 
que desaprender algunas cosas: 
un te quiero no siempre es necesario,
una caricia no es siempre un cuidado… 
Un deseo de ayer, 
un te echo de menos de mañana 
es a veces 
mejor que una promesa. 
Siempre aprendemos mal
los tiempos verbales. 
No hemos desaprendido apenas nada. 
Y no se puede aprender sin olvidar. 

(*) Gracias, Javier Marías; gracias, William Shakespeare. Siempre.

Todo está bien

No hay nada de lo que preocuparse. 
Los días siguen
sucediendo a las noches.
El otoño se va abriendo paso
(hoy compré las primeras mandarinas: 
huelen a estación sabida y nueva).
La luna sigue creciendo y volverá a menguar,
y seguirá marcándoles el ritmo
a las olas de aquella 
que ya no es más mi playa.
Todo está bien. 
Los niños van volviendo a las escuelas
para aprender a olvidar.
Las dalias, las begonias, el brezo, los gladiolos
y los crisantemos (pobres denostados crisantemos)
vuelven a florecer. Y las palabras 
volverán a vivir después de los silencios.
O tal vez no. Pero todo está bien. 
¿Por qué habría de importarle 
lo que alguien ha sentido -o dejado de sentir-
a la eterna canción del universo?


“Lost in translation”

Ahora entiendo idiomas 
que antes entendía a duras penas:
el lenguaje de las manos, 
el de ciertas miradas,
la mentira y la verdad que caben
en algunos abrazos.
Entiendo además términos nuevos
en lenguas extrañas
y algunos poemas 
que ahora significan otra cosa 
o que escondían una melodía 
que yo no llegaba a percibir…

Pero sigo confundiendo 
demasiadas expresiones;
y silencios: 
me sigo perdiendo en la traducción 
de muchas palabras. 
Y de los silencios.

La visita

¿Sabes? Las calles de Madrid siguen oliendo 
a la misma soledad de siempre. 
Y he estado en aquella plaza. 
Y he tomado café. 
Pero no había bandadas de aves
-ya son pocas las especies que emigran-;
solo palomas. 
(No nos llevamos bien las palomas y yo.)
Tampoco hubo reflejos ni vaso de agua: 
no tenía sed. 
Ninguna mujer tropezó; en ese caso,
la habría socorrido.
Nadie reía. Nadie lloró.
También he visitado otros lugares.
Y he estado atento a muchas otras cosas.

Daré por hecho entonces 
que ni has estado ni estuviste aquí…
O que, como sueles, 
estabas realmente en todas partes…
O que -y créeme que lo siento-
no me quedan fuerzas ya 
para seguir jugando al escondite.