Balance apresurado

Al final, lo de siempre...
Mucha risa, llantos -si hubo-,

no los recuerdo ahora
y un amor que crece
como crecen las niñas
en los primeros años.

Me deshice, eso sí,
de una catarata
que no dejaba ver con claridad
algunas cosas,
de una molesta vesícula
que al parecer sobraba
y de alguna otra pieza
que no logró encontrar
el encaje perfecto
en este rompecabezas
con esquinas gastadas...
Lo de siempre, ya digo.

Los años, cuando suena su final,
son sólo inventos
para apresar el tiempo.

Lo real, lunas, soles 
que hemos visto salir
y ocultarse,
algún poema escrito
y todo por decir...
Vivir...
Seguir viviendo.


©Santiago Pérez Merlo

Adiós (otro)

¿Se acuerdan de la ventana
de aquella residencia?
¿Del viejo aquel (o vieja,
no importaba),
la mirada perdida y la luz
día y noche encendida?

Hoy, la luz
está apagada.

©Santiago Pérez Merlo

Adiós

Lo sé. Estás ahí 
aunque te escondas.
¿No quieres dar la cara? 
Estás en tu derecho.
No te muestres. No digas
ni una palabra 
si no quieres.
No respondas 
al teléfono y no abras,
por si acaso,
cartas que no sean del banco.
No contestes mensajes 
y no te dejes ver
en las redes sociales.
Yo sé que estás ahí
y tú lo sabes. Sabes
que cualquier día 
tendrás que abrir la puerta.
Y allí ya no habrá nadie.

©Santiago Pérez Merlo

LLueve

Llueve.
Llueve
como si fuera extraño.
Llueve como una lluvia
alegre de verano
en este invierno extraño
que aún nos debe
la lluvia del otoño.

Llueve.
Llueve sin prisa.
Llueve como si el mundo
ya no fuera de agua.
Llueve con la extrañeza
de lo que un día llega
sin aviso.

Llueve sin más y sin embargo llueve
como si el hombre
no hubiera descubierto
el agua,
como si no le hiciera falta
este elemento.

Llueve.
Llueve sin más.

©Santiago Pérez Merlo

Noesis

¿Cuándo -y sobre todo cómo-
la platónica intuición,
la de la Idea inmaterial e inaccesible
a los sentidos,
se convierte
en Ser,
en realidad tangible
e inmediata?

¿Cuándo tú,
que te idealizo y te sueño
y no te alcanzo,
que eres forma
inmutable y eterna,
te volverás real
y cotidiana,
experiencia vívida
y tangible…?
¿Cuándo, recuerdo?

©Santiago Pérez Merlo

Viajar

Volver es otra forma de no irse
lo mismo que quedarse
puede ser una forma de partir.
Lo que importa es saber
Eduardo Úrculo
qué llevas,
qué dejas, 
qué te traes
y qué habrías metido
en la maleta.

©Santiago Pérez Merlo

Vigilia

Ahora que amenaza la vigilia 
que como la absenta
del poeta maldito
convoca en aquelarre
a los fantasmas 
que ansían en su hora
convertirse en verso.
Ahora que la luz se extingue 
y que sólo se oye respirar 
a un perro tranquilo
que no aspira
a ser fantasma 
ni a ser verso.
Ahora que, vigilia, pretendes adueñarte
de esta hora 
y pasear triunfante
mi cabeza arrancada
de mi cuerpo y expuesta 
a tus vaivenes
de dama caprichosa.
Ahora me pongo al frente
de tu pálido ejército 
y haciéndome aliado
de mis enemigos
una sola palabra
invoco y te he vencido,
cuando me vence y nos somete y te derrota:
el sueño.

©Santiago Pérez Merlo

Innombrable

Hay un rumor constante
en el árbol de hoja perenne 
pero no escucho
ningún nombre.
Hay un brillo anormal
de estrellas abundantes esta noche
pero no leo en el cielo
ningún nombre.
Hay una danza eterna
en la danza del fuego del hogar
pero ningun fulgor 
me devuelve un rostro
al que ponerle nombre.
Las piedras entre las vías 
del tren que ya no lleva nunca pasajeros 
también hablan entre sí 
y no se dicen sus nombres.

Esta noche, seguro,
volveré a soñar contigo:
la que no tiene nombre.

©Santiago Pérez Merlo

Paraíso

Me sucede que a veces
"La creación de Adán", Miguel Ángel Buonarroti
pierdo la poca fe
que no me tengo
y por más que me rezo
no me escucho
ni aspiro a ser objeto
de mi propio milagro:
empeñarme en ser yo mismo
y hacerme cada día
a mi imagen y mi semejanza...

Cualquier día malvendo
las manzanas
que aún me dan de comer
y las hojas de parra
que me visten,
me pongo de titanio la costilla
que dicen que me falta
y me voy a pasear
                              por el Infierno.

©Santiago Pérez Merlo

Subconsciente


En el sueño recurrente
en que alguien te persigue,
a mí siempre me alcanzan
antes de despertar.
Y en esa otra pesadilla habitual
en que uno se despierta
a punto de caer 
en una negritud inabarcable,
yo nunca despierto antes
de estar ya
hecho pedazos
al final de la caída.

Sin embargo si en los sueños
aparece una mujer
(digamos una "alcanzable"),
sobre todo si hay augurio de romance,
invariablemente abro los ojos
antes incluso del primer beso.

©Santiago Pérez Merlo

Estancias

“Y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario” Retrato. Antonio Machado

Ciertamente, me han abierto a veces
sus casas y sus habitaciones
y sus cuartos de baño.
O han profanado conmigo
el terreno vedado
de la cama paterna cuando era más joven
y me he visto a mí mismo contemplado
por la mujer desnuda y ella misma
(formal, de comunión, rosario entrelazado),
desde la mesilla o mirando a su madre
con arrobo y coletas, calcetines calados.

He invadido por tanto varias intimidades
-no crean, no son tantas- y he visto
colchas de ganchillo y sábanas de raso.
He visto un terremoto abrirse paso
para esconder con una mano ropa
usada de varios días
y arrancar con la otra mi camisa.
Y he visto también el orden metódico
e inútil de las cosas
que se ordenan sin sentido.

De todas ellas guardo, de las habitaciones,
gratos recuerdos casi siempre,
-igual que de sus dueñas- y siempre me sorprende
esa hospitalidad premeditada
que no invita a marcharse ni a quedarse
más de lo necesario.
...

Estancia es la palabra
porque indica a la vez
espacio y permanencia…
Estancia… Me gusta como suena.
Mucho mejor que hogar o domicilio,
vivienda, residencia conyugal…
A veces celda.

©Santiago Pérez Merlo
"Cama y dos mesitas", Salvador Dalí

Destinos

Si continúo tachando del mapa las ciudades
a las que no quiero o no puedo volver
porque no venden en agencias de viaje
billetes de ida y vuelta a los recuerdos,
voy a tener que pedir que me incluyan,
para estas vacaciones,
en el programa de vuelos espaciales...
Y eso, si me garantizan
que hay en la Luna o en Marte
habitaciones individuales.

©Santiago Pérez Merlo

Me llamo Santiago

No me llamo David por los pelos y no habría renegado
de ciertas tradiciones que me hubieran convertido
en Juan Pérez, esa especie de Juan Nadie.
No me llamo Francisco aunque una vez
-cuando era un joven delgado y casi macilento-
me compararan con el santo amigo de los animales.
Me llamo Santiago y para que así me llame
-parafraseando a Ángel González-
fue necesario (es un decir, lógicamente)
que otro Santiago muriera (era mi abuelo).
Se mantenía así el precario equilibrio
de esta cosa absurda que es nuestro paso por la tierra.

El caso es que me llamo Santiago y, así dicho,
incluso a mí me suena exagerado, demasiado contundente
para quien uno intenta ser en este mundo.
No me gusta tampoco ni reniego
del más menudo "Santi" o del mínimo "San" que alguna vez he sido.
Pero me llamo Santiago, para bien o para mal,
como el supuesto hermano de Jesús
y, como él, me escudo
en una biografía un poco sospechosa
y no aspiro a dejar más memoria de mí
que en los tres o en los cuatro
-no contéis, ya lo he hecho-
jovenzuelos amigos que si todo va bien

me sobrevivan.

©Santiago Pérez Merlo

Poetas del desamor

De las variadas formas
de patetismo que conozco,
una de las peores quizá sea
-junto a la pretendida indiferencia
cuando ésta es fingida y se descubre-
escribir sentidos versos
de desamor y abandono.
Por descontado, es peor
cuando está el poeta enamorado,
pero esos largos lamentos
en forma de poema
y en su doble vertiente
de rencor resentido o
tristeza insondable,
de desgarrado adiós...
Un poeta abandonado,
despreciado o simplemente
víctima del desamor
llena los versos de duelos,
de fríos, playas desiertas,
corazones perforados
y llanto, llanto, llanto...
Y letras de boleros y fulgores
de orgullo que se desmoronan
en la siguiente estrofa.
Separación, ruptura, desafecto,
odio y aborrecimiento,
antipatía, renuncia,
animadversión y olvido...
No creo que ni haga falta
terminar este poe...

ma.

©Santiago Pérez Merlo

Gorrión

             “Y tutearse con las nubes y dormir en el rincón”.  
             Como un gorrión, J.M. Serrat

 Aunque tú no lo sepas,
hace diez años naciste
gorrión pero sin alas.
Naciste gorrión
gracias a la espiritrompa,
que así se llama la lengua
de las mariposas.
Naciste gorrión porque naciste
menuda como un soplo
y con el pelo marrón
y porque no me gusta
la palabra gorriona.
Naciste gorrión y yo te vi
romper el huevo
y empezar a cantar
(los humanos decimos cantar
pero hablan o lloran
las aves cuando cantan).
Naciste gorrión y me enseñaste
-me recordaste, más bien-
que se puede aletear
sin alas y se puede
anidar en varios nidos.
Naciste gorrión
y por lo tanto es inútil
encerrarte en una jaula.
Naciste gorrión y he aprendido
a sostenerte firme
pero suave
y me estoy preparando
para cuando llegue el día
de abrir de par en par las manos
y soltarte y que vueles
y te poses en las ramas
que decidas y que vuelvas
a volar.

(Aquí siempre está tu nido,
gorrión.)

©Santiago Pérez Merlo

Una palabra

Una palabra basta.
Una sola palabra
y es el fin.
Ya nada más.
(Y aquí ponga cada quien
lo que prefiera…
dos puntos, unos puntos
suspensivos,
una coma, ¿unas comillas?).
Silencio.

©Santiago Pérez Merlo

Pasiones

Si las miras despacio,
si las cronometras,
conservan la cadencia
de las olas en calma 
de la playa cerrada,
de la respiración 
de una niña que duerme,
van y vienen constantes,
infinita rutina.
Pero braman en cambio 
como una tempestad 
en el Atlántico:
se agitan, se revuelven y te tragan 
y te escupen de nuevo
al sosiego aparente.
Pasiones, 
dicen que se llaman. 

©Santiago Pérez Merlo

Una década

De cero a diez
has aprendido a hablar,
a comer sola,
a caminar por la vida
-o al menos por el pasillo-
sin caerte
y a levantarte si te caes.
Y has sufrido ya los primeros reveses:
Papá Noel, los Reyes, el divorcio de tus padres...
Es increíble -ya lo descubrirás-,
la impronta que estos años dejarán en tu vida
y te sorprenderás, mediados los cuarenta,
repitiendo los gestos de tu madre,
las manías de tu padre…

De diez a veinte te esperan
el fastidio de la regla y del amor,
y muy probablemente
las primeras decepciones,
los suspensos que aún no has cosechado
y una madurez que no sospechas
que llegue tan temprano.
Se llama adolescencia
y dicen que se cura
con el paso del tiempo,
pero es sólo el paseo
hacia esa edad incierta
(“juventud”)
que puede prolongarse
lo que quieras.

De ahí en adelante…
Mejor pregúntame
cuando alcances la veintena.

©Santiago Pérez Merlo

Elección

No me meto en jardines,
a no ser los prohibidos,
ni tengo por costumbre ser vocero
de consignas ajenas.
Pero si una mujer
o un partido me piden
-aún siendo cada día más descreído
de unas y de otros-
tan sólo que sonría
y además me convencen
(La imagen es de Fotolog, de Nana_Raven)
de que ese simple gesto
implica que se puede
(podemos)
crear una esperanza,
por pequeña que sea,
es posible que bese al candidato
y vote, al menos para un tiempo,
a la mujer que quiera
quedarse mi sonrisa.

©Santiago Pérez Merlo

Botánica

Puedes matar una flor,
por ejemplo un edelweiss,
plantándolo en el desierto.
O plantar un cactus nocturno
en cualquiera de los polos.
Será una muerte segura,
fulminante y con prisa por morir.
Y también puedes dejar una planta de interior,
(una cheflera o un potos)
sin regar o sin luz y sin sustrato.
Será una muerte lenta,
cadenciosa y sin apuro...
Es la metáfora más tópica
y también la más certera
del final de un amor que conozco.

©Santiago Pérez Merlo

Presencia

Lo sé. Estás ahí al otro lado
de las letras incluso
cuando no las lees e ignoras
que ya te las he escrito.
Pero noto tu presencia, late
en cada trazo,
en cada punto y cada coma
(por eso nunca los omito).
Estás dormida por detrás
de cada verso, incluso antes,
en cada pensamiento que
culmina en verso y en aquellos
que murieron antes
de rozar el papel.
Y no te llamas Musa
ni Inspiración ni vienes
cuando se te llama.
Estás ahí -y basta-
aunque no existes.
Estás ahí.
Tú.

Eres.

©Santiago Pérez Merlo

Villancico

¿Todo esto es para mi?
¿Quién es toda esa gente?
¿Y por qué se arrodillan?
¿Y por qué brilla esa estrella?

¿Y por qué huele a estiércol
y hace frío?
¿Eso es oro de verdad?
¿E incienso y mirra?
¿Y quién es, papá, (¿la conocemos?),
la paloma que habla con mamá?
¿Acaso es Navidad?
¿Acaso celebráis mi vida
o es sólo el principio para celebrar
mi muerte?
Yo sólo soy un hombre, de verdad.
¿A qué tanto alboroto?
No me pongáis Jesús, que no me gusta...

©Santiago Pérez Merlo

Callando

Respeto los silencios
y doy un paso atrás
cuando quizá se espera
que diera dos al frente.
No es cobardía ni me callo
por despecho.
Ante determinados
silencios de mujer
conviene más no decir
nada.

©Santiago Pérez Merlo