Anhelos

Una ola en el mar
desesperada
  grita
y vomita su espuma
revuelta con arena
porque ve aproximarse,
inexorablemente,
la playa que la aguarda.

Un poco más arriba, un faro
se lamenta con lágrimas
de sombra sobre la playa en calma
porque querría dejar
de iluminar en círculo y mirar adelante,
siempre al frente buscando
          el infinito.
En la playa, un granito
de arena
que ha atrapado la sombra
se humedece y sueña
con subirse a la ola que se aleja
convertida en resaca.

©Santiago Pérez Merlo

Horario de verano

En esta hora. Precisamente 
en esta hora que va 
de las dos a las tres
de esta madrugada,
tendremos que decirnos
la verdad: todo
lo que sentimos el uno
por el otro y todo
lo que hemos dejado de decir
en otras muchas horas.
Pero ha de ser en esta hora.
Y tiene que sobrarnos tiempo.

©Santiago Pérez Merlo

Círculos viciosos

¿De quién es la noche cuando aúlla un perro 
a un pájaro -pongamos que es un búho- 
que vuela y se recorta 
a la luz de la luna
y se lanza en picado y atrapa 
al conejo asustado que huye 
del aullido del perro? 

¿De quién es la mañana cuando el búho
descansa satisfecho y el perro mordisquea 
la carroña sobrante que anoche era un conejo
y ladra alborozado y te saluda
como si fueras un resucitado?

¿De quién es el oído que imaginó la escena?
¿De quién es el silencio?

©Santiago Pérez Merlo

Custodia compartida

Es horrible (lo sabrás algún día... o mejor:
no lo sepas nunca)
tenerse que poner el disfraz
de persona madura, de padre responsable 
y tragarme las ganas de abrazarte
tan fuerte como pueda cuando dices
Yo no me quiero ir. Quiero quedarme
contigo. ¿Por qué tengo que irme?.
Es horrible en lugar de decirte quédate,
tener que argumentar todas esas razones:
que tú madre te quiere, que te echa de menos
y tú a ella, que sois felices juntas...

Así que márchate -es la hora-
y disfruta, sé feliz estos días
y no mires atrás, no quiero que me veas
sonriendo.
No soporto mentirte.

©Santiago Pérez Merlo

Ars poetica

Un fantasma vivo baila
con una mujer muerta un tango.
El vuelo de su falda corta 
como el filo del papel en blanco
o acaricia como terciopelo
azul sonando 
muy bajito en la primera cita.
No deja indiferente.
Algo así debe ser
la poesía.

©Santiago Pérez Merlo

Danzad, danzad

Bajo la danza alocada del fuego
el tronco gime, crepita 
con más hondo lamento 
cuanto menor es su edad;
resignado y quejumbroso tan sólo 
el roble viejo se consume 
sin apenas ruido.
Pero el final del baile es el mismo:
ceniza. Sólo ceniza gris
donde hubo azul, amarillo, 
naranja espasmo de vida 
que se consume para que otros 
aprovechen su luz y su calor
mientras se extingue
dejando oscuridad, frío, 
con un poco de suerte algún rescoldo 
es lo que quedará de ti mañana,
algún poema.

©Santiago Pérez Merlo

La Ladera

Estos almendros que florecen cada año antes
y que han visto marchitarse ya 
las primaveras y admiraron
a unas cuantas muchachas en flor (no demasiadas...).
El pozo, ahora tapiado, que conserva 
en el recuerdo a un niño que soñaba 
sentirse supermán
cuando el cubo alcanzaba el brocal.
Ha desaparecido la tinaja 
de agua helada, algún pino 
se ha pudrido, el fluido 
eléctrico no pierde la tensión 
en el primer indicio de tormenta
y los fantasmas de los que murieron 
dejaron poco a poco 
de aparecerse apartados
-ley de vida, decimos-
por las risas vivas de los últimos en llegar.

Sigue pasando el tiempo, gana comodidades
la casa: ducha, gas, radiadores, 
televisor de plasma, cafetera moderna... 
Yo recuerdo mi árbol, el que hubo que arrancar
como le arranca el tiempo horas nuevas 
a los recuerdos viejos.
Pero llega la noche, contemplas 
las estrellas. En el fondo,
nada importante ha cambiado.

©Santiago Pérez Merlo

No estás

Es algo, si se quiere, similar a la fe.
Saber que estás ahí,
aunque no pueda verte.
Perseguir como cada noche
a tientas
la estela de tu luz, primero
en la galería acristalada,
cuando te vas acercando
por la calle solitaria y después,
mientras el perro y yo
sorteamos a oscuras
las flores del descampado.
Pero hoy no te encuentro.
Giro, subo, bajo
la vista y la paseo
instintivamente donde otrora
te veía
estática, tranquila,
alumbrando el camino
de nuestro breve paseo
con tu espera paciente. Aún
falta mucho
para tener que irte, quédate
un rato más con nosotros.
No hables, no me digas
“escríbeme algo”, no te muevas,
no dejes que te pierda
de vista.
Pero no, hoy no estás. Hay
luna nueva.

©Santiago Pérez Merlo

Misoginia

No te lo tomes como algo personal.
No va (sólo) contigo. Odio
exactamente por igual
a todas las mujeres.
No a la manera furibunda
del imán que preconiza malos tratos
ni a la del sacerdote recalcitrante
porque no soy un tipo iracundo,
pero sí con el odio concentrado
de los cantores de tangos
de la guardia vieja que tiraban de facón
por el menor desplante.

Quizá no sea odio la palabra,
tal vez sea mejor ignorancia,
rencor, idiocia, miedo…
El caso es que no quiero
saber nada de vosotras.
Dejadme en paz, apartad
de mí el cáliz putrefacto
del deseo, la lujuria y cuantos males
lleváis aparejados desde antiguo.
Dejad que mi odio alimente
la existencia triste, insalubre,
que llevo desde que tú
y otras de tu especie decidisteis
que no fuera posible vivir
sin amaros.

©Santiago Pérez Merlo

Quince minutos

Probablemente creas que te basta
descolgar -qué antigualla de verbo- el teléfono
y teclear mi número o enviar un mensaje
para que yo acuda raudo a tu llamada.
Pero olvidas que soy un hombre ocupado:
Tengo, sin ir más lejos, que acabar de releer
el Quijote esta semana y que sacar al perro
cuatro veces al día.
Tengo también que echar de comer
a las palomas del parque, pobrecitas,
y llevar agua a los gatos vagabundos del asilo;
tengo que vigilar que no se caiga
el nido de las urracas -¿lo recuerdas?-…
Asimismo, veo en mi agenda que tengo
que pasar la ITV del coche, pedir un presupuesto
para pintar la casa de colores chillones
-ya sabes, cosas de la niña- y comprar
una barra de pan cada mañana.
Tengo también acumulados seis o siete
correos electrónicos urgentes y una reunión
pendiente de vecinos para arreglar
la rampa del garaje.
En mis escasos ratos libres, simulo que trabajo
en aquella oenegé de la que hablamos
y atiendo como puedo a los desamparados.
Por último, tengo que sacar de vez en cuando un rato
y escribirte un poema
para que no pienses que he muerto.

Como ves, no voy a estar seguro de poder atenderte
si me llamas para hacer el amor o para planear
nuestra boda en Las Vegas…
Procura avisarme, por los menos, quince minutos antes.

©Santiago Pérez Merlo

Pintores

Escribir los poemas con pinceles
como un cuadro de Hopper o Dalí,
trazar exactamente las palabras
que hablen de ese bar o de esa habitación
de hotel, de la lectora que de pronto
cae rendida y se duerme
y sueña con abejas que vuelan
alrededor de una granada antes de despertar,
cuando a su alrededor se derriten los relojes
y una muchacha mira por la ventana
veleros alejarse en Cabo Cod.

Dibujar los poemas como cuadros que se superponen
en un museo imposible
para que una imagen no se pueda
comparar nunca a mil palabras.

©Santiago Pérez Merlo

Resfriado

En alguno de los escalofríos
que me recorre el cuerpo;
en las minúsculas burbujas danzarinas
del medicamento naranja efervescente;
en alguno de los cuarenta y siete clínex
-los he contado por curiosidad-
que me han acompañado todo el día;
en el pitido frío del termómetro electrónico,
carente del lirismo y la fragilidad
del mercurio (o azogue) de la infancia;
en alguna localización indefinida
entre la primera vértebra cervical y el coxis
que no me ha recordado
su pesada existencia…

En alguno de esos sitios, lo prometo,
se me ha perdido hoy un poema estupendo…

y no era este.

©Santiago Pérez Merlo

El arqueólogo

Primero hay que encontrarla, separarla
de la tierra y de la broza,
de los huesos de los muertos que enterramos
y de los que, inevitablemente,
nos vamos encontrando escarbando
y excavando
cada
vez
más
hondo.
Dejar a un lado también lo que parecen
restos importantes, memoria de otro tiempo
y no son más que estorbos, bagatelas.
Después habrá que aislarla,
delimitar sus formas, sus contornos,
el alcance del hallazgo y su tamaño
para limpiarla, apartar con el pincel
los restos de suciedad,
el polvo que la opaca.
Ahora está lista. Y es nuestra.
Sujetarla con cuidado:
es delicada, es frágil y es valiosa.
Ponerla junto al resto
de palabras.
Y terminar
el poema.

©Santiago Pérez Merlo

Mcluhaniana

¿Cómo que no me entiendes? ¿Cómo que
nunca hablamos de mis sentimientos
y que nunca te digo te quiero o me haces falta
o te echo de menos?
No te hagas la tonta. Todo el mundo
en esta aldea global (cada vez más global
y más aldea),
sabe perfectamente lo que tú dices que no sabes.
Si el medio es el mensaje,
¿nunca te has preguntado

por qué sólo soy capaz
de escribirte poemas?

©Santiago Pérez Merlo

Ajuste de cuentas

Tenía claramente definido,
escrito en un papel y subrayado,
el título que lees.
Tenía ya esbozado el hilo argumental,
imágenes, metáforas, anáforas 
y calificativos
ciertamente deslumbrantes.
Tenía ya anotados 
                             al margen
incluso un par de versos
("Si tú no hubieras dicho,
tal vez yo no habría hecho...").
Tenía una exhaustiva lista, 
encadenada, sólidamente
edificada en siglos 
-siglos, años, minutos...- de callar,
de no decir, de no escribir, 
de hartarme de escuchar todas las voces... 
Empezando por la mía.

Tenía preparada mi venganza,
pero me falta algo.

Después de tanto tiempo,
da todo tan igual 
que no me quedan ya
ningunas ganas.

©Santiago Pérez Merlo

Aitana, un favor

Te lo he dicho muchas veces:
no tengo ningún miedo 
de que crezcas.
Al revés: me entusiasma 
que vayan en aumento
tus preguntas juiciosas, 
tus dudas razonables 
y que aún así se mezclen 
con la ilusión (aunque sea fingida) 
del Ratoncito Pérez y las hadas de los cuentos.

Sólo te pido 
un favor: que podamos 
seguir hablando siempre 
como adultos 
(incluso cuando lo seamos,
que no es tarea fácil)
y que podamos
seguir riendo siempre
como niños...
incluso,
si dejamos de serlo.

©Santiago Pérez Merlo

Hoy, no

No, amor mío, no
me apetece. Ha sido
un día largo, cargado
de tensiones, de discutir
por todo... y ha llovido.
Me duele la cabeza.

No, de verdad, amor,
no me susurres
tus palabras oscuras
y excitantes
esta noche. No
juguetees así con
mi deseo,
no me recuerdes
la magia de otras noches.
Te lo pido por favor.
Quizá mañana,
pero esta noche, no.
Ya basta.
Me vas a desvelar
y estoy cansado, insisto.
Duérmete, por favor,
o vete un rato
a otra habitación.
Déjame sólo.

Lo siento. Enfádate
si quieres y castígame ahora
varios días sin verte...
Pero no puedo escribir
un poema cada noche.

©Santiago Pérez Merlo

Praga

"Si hay que pisar cristales, que sean de Bohemia, corazón" (Joaquín Sabina y Benjamín Prado).

Hace dos años ya
crucé el Puente de Carlos como cruzan
las tropas derrotadas
las líneas enemigas: entre rumores,
burlas y la oculta compasión
del vencedor que sabe
lo caprichoso de la suerte
en la batalla.

No había sin embargo ganadores
ni perdimos allí
nada que no se hubiera
perdido de antemano.

Tú -espero que perdones que te otorgue
Esta vez la segunda persona del poema-.
Tú, decía, tenías en la mirada
la angustia del ahogado que no sabe
si desea salvarse todavía
o que la pesadilla se termine
-quizás empiece el sueño-.

Yo te dejaba hacer y te observaba
como el ministro que consulta el mapa
de la guerra lejana
desde el sillón de piel de su despacho:
la guerra ya se había decidido.
...

No quiero recordar
Praga
como una guerra. Praga
fue, estoy seguro, el armisticio
previo
al tratado de paz definitivo.

Y no echo de menos
nada de aquellos días,
no siento la ciudad más fea
ni Kafka me parece más kafkiano
por el absurdo engaño que era
aquel viaje.

No hay nostalgia de ti
y no tengo reparo
en regresar
a orillas del Moldava.

©Santiago Pérez Merlo



Poesilia

La hora de las puertas, la frontera,
el camino (ida y vuelta)
diario hacia la luz
o hacia la sombra
al final o al principio del túnel.

La hora en la que un trueno
podría ser una bomba
Foto Ebru Sidar - When I close mys eyes




y ya no despertaras
y una bomba en Damasco
-algo que habrás leído-
querría ser un trueno.

La hora en la que oyes
soplidos de Gillespie
en la tormenta
y un quejío gitano
es el llanto de un niño.

La hora en la que todos
los sentidos se aturden
y confundes olores y visiones,
el sonido de un beso
con el sabor amargo
de la piel que no rozaste.

La hora en la que mezclas
lo vivido y lo soñado
con lo que está por soñarse
y por, quizá, vivirse.

La hora en que fantasmas
del pasado regresan
convertidos en sombras
de un futuro
poblado por espectros.

La hora del poema y la vigilia.

©Santiago Pérez Merlo

Urracas

Hay un nido de urracas
frente a la ventana de mi dormitorio.
Lo sé. No son, ni mucho menos,
los pájaros más bellos,
ni los de mejor canto;
no son bucólicas
como las golondrinas
ni evocadoras como las cigüeñas.

Son sólo urracas.
Prosaicas urracas blanquinegras
y urbanas
que vuelan no muy alto,
picotean lo que pueden
y tratan de sacar
                            adelante
a su prole, su nido…

Más o menos,
como hago yo mismo.

©Santiago Pérez Merlo

Despedida

No como el tópico abrazo que no suelta
y el llanto desgarrado
del niño el primer día de colegio.
Ni como el torpe patetismo del amante
despechado
que se aferra de rodillas
y suplica
a la novia que huye
                               de su lado.
No como la mano del enfermo moribundo
que se aferra
                       a otra mano,
la que sea, la primera que pase
junto a la fría cama hospitalaria.
Ni como la madre del soldado
-guerra antigua, blanco y negro-
que apretuja el pañuelo
y lo retuerce
y se deja llevar por el llanto
del tren al alejarse
-blanco y negro, recuerden-.

No. No quiero despedidas
de cliché, multicopista,
Hollywood años cuarenta.
No te vayas así. No
te vayas.

©Santiago Pérez Merlo

TOC

Antes y después
de escribir un poema;
antes y después
de hojear ciertos libros;
antes de cortar
una flor
-si es que me atrevo-;
antes de repasar
tu rostro
en esa foto
antigua;
después de haber pensado
por un solo segundo
en borrar
tú número de la agenda;
antes y después
de mesarme
los cabellos
o la barba si lo hice
mientras pensaba
en ti;
por supuesto, antes
de hacer cualquier caricia
a mi hija
o a ti;
en medio,
algunas veces,
de soñarte y despertar
y volver a soñarte…

No es un trastorno
obsesivo
que me lave las manos
veinte veces al día.

©Santiago Pérez Merlo