La noche de Mariano (Crespo)

Hay una calma como de verso de Valery
(¿la paz del cementerio?),
una tranquilidad de jazz suave
(susurra la trompeta de Chet Baker),
como en una mañana en la que nadie muere
en el mundo. ¿Será posible acaso
una sola mañana en la que nadie
-ni siquiera una mosca
o una cucaracha; ni una flor-,
nadie absolutamente nadie
muera?

Si hay noches que no morimos
¿por qué es tan difícil
resucitar
cada mañana?

©Santiago Pérez Merlo



Las edades del hombre

La indecisión del niño frente al agua fría 
e inmensa de una playa onubense 
-por ejemplo-
en pleno mes de agosto:
el sol quema en su pequeña espalda 
estremecida mientras tantea con el pie 
las diminutas olas que mueren en la orilla.

La apatía del joven que se aburre de todo, 
que pierde el interés tras la primera cita,
tras la primera
lectura obligatoria del libro que creyó vetado 
y anhelaba leer y ahora no le importa
en absoluto.

El miedo enraizado en las entrañas
que crece con los años desde el primer minuto 
de la madurez hasta la tumba. Miedo
ancestral, a un tiempo humano y de animal
salvaje por conservar lo poco que se tiene:
quizá una o dos crías y una madriguera confortable,
unos cuantos instantes de felicidad guardados 
en el lugar seguro que se encuentra
entre el pelaje y la memoria. Miedo 
a perder 
lo único que importa, que no puedes llevarte.

Miedo a que pase sin mirarte y se aleje 
y tú sin darte cuenta que pasó: la vida.

©Santiago Pérez Merlo

La velada, 26 de mayo

En una tarde clara de Madrid teñida
del azul de las Islas
Canarias y del norte
se reunieron tres o cuatro poetas
-quizá cinco-
y no sucedió nada.
Sucedió la poesía en un jardín con vistas,
unas cañas, una de calamares
y una conversación no siempre trascendente...
Como si hubieran sido tres o cuatro
-quizá cinco-
individuos normales,

los poetas.

(Un pájaro rojo, eso sí, 
cantaba en algún árbol.)

©Santiago Pérez Merlo

Nosotros

La primera persona del plural es siempre una entelequia.
Nosotros, la pareja gastada, tan sólo somos hoy
dos yoes alejados de dos yoes de ayer que intentaron unirse.
Nosotros, la familia -padre e hija-, monoparental
sólo somos dos flechas arrojadas
en sentidos opuestos al abismo del tiempo.
Nosotros, los vecinos del bloque, 
del barrio, de la ciudad, del mundo
nos igualamos sólo en cuanto especie humana,
sin compartir apenas unas cuantas cadenas de adn
por encima de las que compartimos con los cerdos.
Nosotros, los poetas, en grupo o en generación o de uno en uno
sólo somos la suma de muchísimos egos desbocados.

©Santiago Pérez Merlo

Lección de amor

Conocí a una mujer que no sabía dar besos.
O acercaba los labios blandamente,
sin llegar a separarlos ni a conjugar
propiamente el sutil verbo “besar”
o besaba a mordiscos,
con los colmillos por delante  y afilados
como los de una loba en plena cacería.

Con los poemas me sucede lo mismo.
O me dejan a medias, esperando,
o me hacen sangre.

©Santiago Pérez Merlo



Cita a ciegas

Pensé muy seriamente en no acudir
a la primera cita.
Me importaba muy poco
quedar como un cretino
pese a haber insistido
en que debíamos vernos.

A fin de cuentas,
yo no tenía nada que ganar:
eras tú quien esperaba conocer
a ese hombre que yo me había inventado.

Pero acudí. Y tú también
viniste aunque tampoco eras
la que yo esperaba.

Acudimos los dos por lo tanto
al encuentro de un desconocido
que se había inventado a otro desconocido:
dos fantasmas creados
para gustar a dos seres reales
que no se conocían.

Tu y yo podemos pasear tangibles
cogidos de la mano
con cierta indiferencia; mirando
de soslayo nuestros cuerpos extraños.

No importa.
Mientras ellos se amen.

©Santiago Pérez Merlo
Los amantes 2, René Magritte

En la librería

De diez a quince minutos
(de reloj)
para leer un libro (entero)
de poesía.
Cerrarlo y comprobar
que no ha quedado
nada:
ni un estremecimiento,
ni una idea
o siquiera una emoción,
ni un triste relámpago
que te haya iluminado
(mucho menos un trueno
que te haya sacudido)…


Nada.

Una bonita
portada de colores
con buenas cifras de ventas
y no sé cuántos premios.

©Santiago Pérez Merlo

Retórica

No siempre se tiene a mano
la metáfora perfecta,
el símil adecuado,
la similicadencia
que nos sirva de mantra.

Ni si quiera el adjetivo
preciso,
ni el verbo inequívoco
de un buen enunciado;
el nombre
que nos sustantiva.

A menudo tenemos
solamente

la vida.

©Santiago Pérez Merlo

Agorafobia

Cierro la puerta tras de mí
e inevitablemente
me sobreviene esa sensación
de habérseme olvidado algo.
Repaso mentalmente:
el agua y la comida
del perro;
las luces, apagadas;
ningún cigarro a medias;
el móvil y las gafas,
en la cazadora;
el disfraz de poeta colgado en el armario...

Todo parece en orden y aún así
la leve angustia de que algo me falta
me suele acompañar todavía un buen rato.
Me miro en el espejo
del coche y lo recuerdo:
soy yo
quien se ha quedado dentro,
encerrado en el único mundo

que me pertenece.

©Santiago Pérez Merlo

Memoria, hoy

Pensé que había aprendido a gobernar
la memoria futura…


Pero es del todo inútil avanzar
cuánto de todo ello
recordaré mañana.
Imposible domar la memoria ulterior
con los ojos de hoy
igual que no se puede
por propia voluntad,
si ya no existen,
recordar los momentos
que sé que están ahí, en algún sitio,
pero que no aparecen en las viejas fotos,
ni en las esquinas dobladas de los libros.

Me convierto -lo noto-
en avaro e inútil guardián
de recuerdos futuros 
que hoy ya he olvidado.

©Santiago Pérez Merlo

(Los dos primeros versos provienen del poema "Memoria", con el que éste guarda estrecha relación)

In & Out

Has visto
esa luz encenderse
en la última ventana de la casa
y esa silueta en sombra recortada
que parece mirar hacia ti,
que miras hacia arriba y que te miras:
tú eres esa sombra recortada
en la última ventana de la casa
con la luz encendida
mirando ahí abajo
la luz del cigarrillo que sostienes.

Así es como te mira
el poema a los ojos.

©Santiago Pérez Merlo

"Negative capability", según Keats.

No tiene la mayor importancia
saber por qué una noche,
entre noches de insomnio,
el cuerpo y la mente se conjuran
y firman una tregua de sueño de ocho horas.
O por qué una mañana
amanece radiante después
de una noche de pesadillas.

Qué me importa saber por qué mi perro,
incapacitado para la nostalgia,
para echarme de menos,
sí posee sin embargo la capacidad
de recordarme cuando vuelvo a casa.

Para qué necesito saber
qué leyes de la astrofísica dictan
el giro del planeta
mientras vea la luna;
qué se me da saber
por qué amanece justo
por la ventana de mi dormitorio.

Y para qué demonios querría yo saber
lo que piensas a cada momento.
Para qué necesito entender tus miradas hostiles
o por qué las suceden de pronto
carcajadas y abrazos.

¿Quién quiere adivinar el truco de los magos,
el color del siguiente cohete,
el olor de la rosa anterior a la rosa
o la forma de la próxima nube?
¿Quién prefiere
comprender la existencia
a disfrutarla?


©Santiago Pérez Merlo

No me esperes

No me esperes despierta.
Esta noche tampoco vendré para buscarte
los pliegues del deseo
ni a susurrarte voces cargadas de lascivia.
No vendré tan siquiera
a besarte suave la frente
y a arroparte la cálida rutina,
ni a arrullarte el cariño sereno
del paso de los años y desearte
buenas noches.

No me esperes dormida.
Tampoco esta noche me colaré en tus sueños:
ni en los más lujuriosos
ni en los más sosegados.

No me busques al fondo de tus pesadillas.
No esperes el consuelo
de mi cuerpo caliente
contra tu sudor frío
al despertar.

Igual que esta mañana fui recuerdo
del sueño de otros días,
mañana seré ausencia,

sólo amnesia de mí.

©Santiago Pérez Merlo

Bajo la almohada

Un pétalo blanco cae
de la rosa irremediablemente bella
de tu tiempo blanco.
Otra perla que se pierde en la orilla
donde llegan bogando tus años infantiles
y van muriendo,
dejando tras de sí
memoria de tu risa y prometiendo
una sonrisa nueva, limpia,
blanca de azahares todavía
y reflejo de lunas que vendrán
a alumbrar el camino
que anteanoche era arrullo.

Otro regalo más 

que te debe el ratoncito Pérez.

©Santiago Pérez Merlo

Clásicos

Si leo y siento y sufro y me enamoro
con poetas, con hombres y mujeres
que escribieron cincuenta, cien,
hace doscientos años y percibo
que su tiempo es el mío, que ha pasado
un segundo entre que ellos soñaron su poema
y yo lo tengo ahora ante mis ojos.


Si han pasado, decía, cien o doscientos años,
¿he envejecido yo dos siglos en ese instante?
¿O me he vuelto tan joven, tan niño,
tan memoria anterior a la propia
memoria de mí que antes de leer
no había nacido?

©Santiago Pérez Merlo

Cargado de equipaje

Está bien. Lo reconozco:
he manchado mi muda al rozarla
con mi alma macilenta -ayer fue día festivo-
y he abandonado el refugio del sauce
llorón que me proporcionó descanso.
Me he puesto en pie y he empezado
a caminar de nuevo.
Alguien, durante la noche,
ha debido cargar
         de piedras la mochila
que llevo a mis espaldas.
No lo se.
No quiero mirar dentro
por si no es agradable; cargo con ella
sin hacerme preguntas y decido
seguir el camino
que creo que emprendió la niña
al hacerse visible. La noto ahí,
poco más adelante,
aún sin decidir del todo si es mejor
permanecer etérea
o mostrarse –es hermosa-
de una vez por todas.

Es ligero de nuevo mi paso
porque he dejado atrás,
apoyada en el sauce, la idea
que traía desde antaño.
Quizás alguien más joven la recoja
y le saque provecho. Yo me hice mayor
para ideas y sueños arrastrados
desde hace tanto tiempo.

Se estarán preguntando… No teman:
mi perro y mi recuerdo van conmigo.

Ya veo hacerse grande o acercarse
-no es nítido al amanecer el horizonte-
a una niña tendiéndome la mano.

©Santiago Pérez Merlo

La maleta

Abres la puerta y ves,
en primer plano,
una maleta.
Se va.
Me pide que me vaya.
Nos vamos de viaje,
es un regalo…

El primer pensamiento
que acuda a tu cabeza
dice mucho de ti,
de vosotros,
de la vida
y sus asombros.

©Santiago Pérez Merlo

Ligero de equipaje

Salí de aquel lugar
en el que nada había: apenas un recuerdo,
un par de fotos viejas, unos libros ajados
y una idea bullendo en mi cabeza.

Me acompañaban
un paso decidido, un perro sin bozal
y una niña invisible cogida de la mano.
En la mochila,
apenas un recuerdo, un par de fotos viejas,
unos libros y una sola idea;
y una muda limpia para el alma.

Llegué hasta aquí y refrené mi paso,
que se volvió cansado e inseguro.
El perro se tumbó a mis pies y la niña creció
y se hizo visible y me soltó la mano
llevándose con ella unos libros ajados,
un par de fotos viejas
y un alma limpia y libre de mudanza.

No se a esta hora a dónde dirigirme
pero nadie me llore,
que no pienso morirme
      todavía.

Quizá me quedé aquí sin más,
apoyado en el sauce llorón
que me da sombra
y gotea su agua cuando llueve
(de vez en cuando, llueve).
El perro aún respira junto a mí,
la muda la reservo para algún día de fiesta
y conservo un recuerdo,
el tacto invisible de una niña
y una idea,
una maldita sola idea
que me bulle todavía en la cabeza.

©Santiago Pérez Merlo
Collage de Alfonso Brezmes

Dedaliana

Te veo alejarte despacio,
aunque sigas aquí.
Caminas con paso decidido
y no te importa comprobar
que te diriges hacia el laberinto.
Yo te tiendo mi hilo de Ariadna,
pero no lo quieres...
¿quién quiere perderse
sabiendo volver?

 ©Santiago Pérez Merlo



Navegando (o Poesía, hoy)

Si me quedo en la orilla, no muy lejos
de la playa abarrotada,
todos contemplarán
la belleza simple de mi casco.
Admirarán sin duda cierto gusto
en el barniz de mi madera,
cierto cuidado en la disposición
de banderas y aparejos.
Si además hago algunos malabares
(despliego y arrío
mis velas de colores:
siempre las mismas,
pero hábilmente combinadas)
el triunfo está servido.
Que es mi barco mi tesoro
y yo soy el capitán;
y vengan salvas y alardes
y farolillos al viento.
  
Si por el contrario, me alejo de la orilla
y pongo rumbo hacia lo más profundo,
hacia lo desconocido
sin saber
     qué orilla encontraré
o si ha de llevarme a pique
un símil embravecido,
una mala tempestad
en forma de simbolismo
oscuro y abisal,
es probable que me vea perdido y solo,
a la deriva.
Pero todo será azul
(y hermoso)
alrededor.

©Santiago Pérez Merlo