Cachorros

Quizá velamos nuestros propios sueños
(o nuestras pesadillas)
mientras pensamos velar
a los que más amamos.
Quizá su luz
encendida
es la que yo preciso
para no afrontar mi oscuridad.
Tal vez la luna
no brille para ellos
sino para mi licantropía:
mi miedo de lobo
a no ser ya capaz
de defender la manada.
Tal vez sentir
y sentirnos cercanos
hasta en la lejanía
sea lo que se imponga
a lo que debería ser
siempre el más puro de los sentimientos.






Rosa

Qué lástima la rosa
que aspira a ser cortada
para unirse a un ramo
con otras flores muertas,
que prefiere perder sus espinas
y mostrarse bella a dejar caer
los pétalos que sobran.
Qué pena da mirarla
estirarse al sol,
no buscando su luz
(la lleva dentro),
sino mostrar el brillo
al florista que pasa
llevando las tijeras en la mano.
Qué pena confundir
la muerte con la vida.

Miradas

¿Qué ves cuando miras el bosque?
¿Ves un árbol?
¿Y si tocas un árbol que se yergue solitario?,
¿imaginas el bosque?
Si miras una estrella,
¿contemplas el infinito?
Acaricia una flor... ¿sientes su aroma?
Si escuchas tu corazón, 
¿ves al amor latiendo?
Si miras dentro de ti 
y luego dentro de otro,
¿ves un hombre o ves la humanidad?
¿Y si cierras los ojos?

La luz

Muchos no lo sabéis 
pero yo también fui ciego un día;
muchos días, muchos años...
Y vi un resplandor 
en el fondo de un túnel.
Pero no era la muerte: 
era la vida. 
Por eso ahora veo.

Impotencia

Impotencia del ciego 
a quien tratan de explicarle los colores.
Impotencia del sordo 
ante una cantata de Bach 
o un simple te quiero susurrado al oído
(donde no alcanza a leer los labios).
Impotencia del niño burbuja 
ante algo parecido a una caricia
que no siente
                      del todo.
Impotencia de quien sufre anosmia 
ante una flor, un cuello, 
un sexo amado.
Impotencia de no saborear 
-“ageusia”, lo llaman-
los labios que te besan.

Impotencia del mudo tratando de gritar
(rostro desencajado, venas 
a punto de estallar...
Y ni un sólo sonido).

Tal vez...

No tengo llagas.
Cicatrices, alguna pero las disimulo
con cremas hidratantes.
No me gustan las cenizas
ni contemplo el fulgor de los astros
donde sólo se ve oscuridad 
o simple brillo.
No me gusta libar de los licores 
y el céfiro también me da jaqueca.
Empiezo a renegar 
incluso de mis pozos y de mis espejos.
Las Itacas, los Icaros quemando sus alas...
hasta mis naufragios y los cantos de sirena
empiezan a aburrirme.
Tal vez es hora de no escribir “poesía”.


De otro siglo

Me estoy matando lenta, despaciosamente
y de amor es mi muerte, tan segura.
Y no hay muerte más dulce y más amor
no cabe
que en dejar que se pare el corazón
porque falta otro latido.
El latido que no sientes y consigue
que te mate la herida de la muerte,
que es la vida.

Circo

Qué pena de leones amaestrados.
Qué lástima de focas enjauladas.
Qué triste la existencia del jefe de pista
y del payaso listo,
y la del domador de focas y leones.
Qué pobreza de luces macilentas
y de sogas gastadas sosteniendo
la carpa desteñida...
Pena de carromatos de hace siglos
que quieren disfrazar con purpurina
la miseria de siempre,
antigua como el hombre.
Pobre acróbata con red
que no mira a los ojos de la muerte
ni a sí mismo.
Triste espectáculo para el niño triste
que intenta sonreír.

Tarde de domingo

Hay una niña sentada
en el banco de piedra del parque.
No se ríe, no llora, no juega
ni canta.
Pareciera solamente una estatua de bronce
esperando a una paloma, un gorrión
que le insuflara vida; 

como si sólo quisiera ser mirada,
que nada la perturbe. 
Pero entonces se levanta y echa a andar:
lleva en su mano uno de esos aros viejos
que se guían con un palo.
La rueda se mueve 
                             torpemente, haciendo eses,
se abolla con las piedras del camino.
Pero ella la dirige y, ahora sí, 

parece que sonríe.

Tanatorio

Lástima del difunto
cercado de plañideras.
Lágrimas de cocodrilo
y alabanzas.
Alguna frase hecha
(“qué buena persona”,
“se van los mejores”...).
Faltaría un aplauso final
o una salva de fusiles.

Y ni aún así, rodeado de sus muertos, 
el muerto despertaría.

La meta

No me esperéis en el jardín abierto,
el que despliega colores y aromas
en parterres bien planificados
y se puebla de ancianos y de niños
fútiles como paréntesis de vida.
No me esperéis en vuestro paraíso
donde basta arrepentirse, perdonar
en el último minuto
-¡y vosotros definís lo que es un fariseo!-.
No me esperéis donde brillan las estrellas
que hace tiempo explotaron

y a pesar de ese brillo no son nada.

Esperadme, sí,
en el desierto que acoge mi grito,
en mi propia caverna,
en el infierno de los hombres sinceros y valientes
que no temen a las llamas.
Esperadme en la sombra.
Por fin estoy llegando.




Luna nueva

Contemplarte brillar plena,
luminosa, radiante en tu blanca imperfección 

o teñida de nubes.
Sentir que estás ahí, observando casi
al alcance de la mano.

Que podría tocarte si quisiera
y mis manos serían caricia
en tus cráteres del tiempo.
Pero eso ya está en todos los poemas,
en no pocos cuadros,
en no pocas escenas de esas de primer beso...

En cambio, presentirte
cuando no se te ve, cuando
eres poco más, acaso,
que una sombra en la noche despejada.
O, simplemente, cuando nadie
te mira, ni sueña con tocarte,
cuando sólo unos pocos entendemos
que tu luz sigue intacta aunque nadie la vea.
Y así, seguirte amando.

Sombra

Se prolonga la sombra en el asfalto
de un señor que olvidó su sombrero
(curiosa paradoja)
en alguna revuelta
del pretérito imperfecto y simple.
Simplemente lo olvidó, sin más,
porque no necesita protegerse del sol
ni de las inclemencias.

Parece caminar con la cabeza alta,
sólo un punto por debajo
del paso del corazón, sin tratar de esquivar
ni árboles ni piedras...
Al fin y al cabo, se trata de una sombra:
ya evitará caer -si es que es posible-
el hombre que la persigue.

Mañana

Nos pasamos la vida posponiendo:
mañana hago, mañana digo,
mañana llamo... ya pensaré
mañana.
Mañana te diré te quiero
y te extraño.
Tal vez, mañana te quiera
o te extrañe.
Tal vez, mañana.
Pero mañana no llega
                                  nunca.

Porque cuando llega, es hoy.
Y hay que volver a esperar:
hasta mañana.

Amigos

¿A quién mostráis vuestras miradas tristes?
¿A quién vuestras sonrisas tantas veces fingidas?
¿A quién pedís dinero, ropa, abrigo, un plato caliente,
un triste cigarillo? 

¿A quiénes enseñáis -supuestamente- el corazón,
la foto, el dni, el adn,
la poesía, el cuadro, la instantánea,
el me gusta, me encanta, ven a mi recital?
¿Con quiénes compartís una copa de vino,
un apretón de manos, un abrazo,
un beso o una confidencia? 

¿A quién miras a los ojos?
¿Quién te sostuvo el gotero?
¿Quién te llorará de veras? 

Contadlos -y decidme la verdad-: 
yo ya lo he hecho.