Tantas leguas mar adentro…

Tanto añorarte, tanto 
cantarte sin gracia,
repitiendo lo ya dicho 
por tantísimos poetas de verdad.
Tanto darte la espalda, tanto
mirarte de frente. 
Y sumergirme y sentir 
el agua alrededor y dentro:
la piel alimentando al corazón.
Tanto desearte, tanto
reposar la mirada en tu calma.
Tanto enfurecerme con tu furia 
de olas y de rocas sin saber
que esa, eterno cambio de luna,
es tu naturaleza. 
Tanto amarte, tanto
amor de mar para morir 
tantas leguas mar adentro
del amor; tanto amor adentro
de la mar. 


(“Tantas leguas mar adentro”(“tantas légoas mar adentro”) 

es un verso de Rosalía de Castro). 

El río

El río se ha llevado las ramitas
que lanzamos para verlas navegar. 
En su corriente desbordada arrastra 
las flores y las pequeñas piedras 
que fuimos dejando para no perdernos… 
aunque siempre supimos -al menos, yo lo supe- 
que volver no era una opción.
Atrás, en la orilla, han quedado, apagadas, 
las farolas; las jaulas y los balcones
que siguen abiertos: unas pocas aves
decidieron no volar. Otras lo han hecho,
a pesar del temor al ruido del torrente: 
son las que saben que la vida avanza,
incluso hacia ese mar desconocido
que muestra con furia el viaje de vuelta…
imponente pero inútil, el esfuerzo.

Una última rama, de repente, 
se ha aferrado a una roca solitaria.
Ambos son los primeros en desaparecer,
sumergidos: vivos o muertos ya
para nunca y para siempre, vigilados 
por la falsa sonrisa de la luz del horizonte.

Dichosa memoria

¿Quién eres? Me suena de algo
haberte conocido, quizás 
en otra vida. 
Me eres familiar como alguien 
con quien se ha compartido mucho tiempo. 
Recuerdo a alguien que reía a menudo,
disfrutaba de todo y sólo lloraba
cuando había que llorar. 
Creo que hablé mucho contigo
-disculpa, ¿puedo tutearte?-
de lo divino y de lo humano 
y que no siempre estuvimos de acuerdo.
Recuerdo ese cuerpo y esa cara, 
casi como si hubieran estado 
dentro de mí… o yo dentro de ellos.
No sé, tal vez sólo 
he soñado contigo -o con usted-
pero debió de ser vívido el sueño
porque hay algo en ti, ya te lo he dicho,
enormemente familiar…
Quizás me ayudaría a recordarte
que salieras de ese espejo.

En busca del tiempo…





¿Qué haces ahora con todo ese tiempo
que perdías conmigo? 
Horas de conversaciones, de paseos,
de poemas leídos por turnos, 
de mensajes y canciones…
¿Te habrás multiplicado en las redes sociales?
¿Estarás aprendiendo a tocar el piano?
¿Habrás sucumbido al virus del gimnasio?
¿O habrás vuelto a pintar, 
a leer por fin los libros postergados y ver 
aquellas películas que tenías pendientes?
Tal vez -pero eso no debo preguntarlo-
simplemente hayas cambiado el nombre 
de aquel con quien hacer las mismas cosas.
O quizá, como a mí, las horas se te vayan
contemplando el cielo, esperando un eclipse 
o ver si una noche 
vuelve a brillar la estrella que miramos…
Sí: “aquella, la nuestra”.

Silencios

A veces es tan alto y tan claro
el silencio 
como el más firme de los axiomas. 
Se podría gritar en esos casos,
se podría tratar de argumentar 
que nada es del todo indemostrable;
que la palabra 
representa el mundo, 
que sin ella no existen las cosas,
no existimos sin decirnos.
Tarea inútil: únicamente 
- y sólo tal vez-
el silencio es capaz 
de romper el silencio. 

Vuela


En otras circunstancias, 

te habría preguntado dónde vas.

Mejor: en otras circunstancias,

lo habría sabido. 

Ahora no lo sé y supongo 

que no debe importarme. 

Vuelas y ya está. 

Mejor: ya has volado. 


Silente

Después de los gemidos, los susurros,
de las palabras de amor y de las risas,
queda el silencio.

Después de las discusiones, 
de los gritos, de los mensajes encendidos…
incluso del perdón,
queda el silencio.

Después de la poesía y de la prosa,
de la música de Bach y de las canciones
que gritamos en la carretera,
del cine, del teatro (telón),
queda el silencio.

Después del verso que reveló la voz,
y la hizo eterna 
durante algún tiempo,
quedó el silencio.

Después de vivir, de amar, 
de compartir, de fallecer…
sobre todo después de morir,
sólo hay
silencio. 

Redecorando

Yo que siempre fui hombre 
de una sola almohada 
(“alta, maciza y robusta”, ya lo sabes),
compré dos por si algún día 
te daba por regresar…
Y ahora se me cae el cuello
por tu lado de la cama. 
Volví a llenar con mi ropa 
tus perchas en el armario 
y quité de los muebles las fotos 
y aquel libro de Cernuda.
También compré un espejo y lo ubiqué 
de manera que pudiera verte 
tendida sobre mí, debajo de mí, 
a mi lado.
Pero sólo alcanzo 
a verme a mí mismo,
por más que tú
-que nunca te miraste en ese espejo-,
estés dentro de él y yo te vea,
borrosamente desnuda cada noche. 

¿La verdad? 
Prefería el dormitorio antiguo: cuando 
(no tu fantasma ni mi fantasía)
todo lo habitaba tu presencia.

Carroña

Acaba de pasar  
una gaviota, un albatros tal vez;
en cualquier caso, 
un ave fuera de lugar:
esto -dicen los libros- es 
monte bajo mediterráneo,
pero no es el mar a pesar del adjetivo. 
Ni es el vertedero o el río turbio
de una gran ciudad. 
Aquí bailan amapolas y flores de jara
en lugar de medusas y delfines.

Al graznar, ha dejado caer un trozo de carroña:
parece un corazón -el mío- 
que se quedó muriendo 
en aquel océano lejano.

La casa

He pasado por aquel edificio
de ladrillos marrones y terrazas
como proas de barcos
que no daban al mar, a ningún mar. 
Te gustó porque te recordaba
a aquella otra casa, lejos
-en el tiempo y el espacio- 
de los días felices de motos, bares, 
cine, jazz, la universidad,
monte, playa, canutos, juventud…
la flor de otra vida que no se marchitó:
fue el germen de otra planta
quizá incluso más hermosa
(y mucho más sabia; ahora lo sabemos).

Pero esta tampoco 
será nuestra casa, no habrá mar;
ni siquiera soñado desde la azotea.
Las flores de esa terraza 
sí que se marchitaron…
Antes de nacer. 

Se acabó

Se ha escrito y dicho ya 
de mil y una forma diferentes:

a plomo, como piedras, como losas… 

Así caen 



                         noticias inesperadas, caen 



                                                     verdades 
que no queremos oír.

Caen, siempre, palabras. 

Así las sentí caer. Imposible 
explicarlo. Caen, nada más
: 



                               “Se acabó. Y ya está”.

La losa, la piedra
tapan la sepultura.

Lustro

                «No hay que esperar nunca, hay que vivir», 
                (De “Así que pasen cinco años”, 
               Federico García Lorca)


Así que pasen cinco años seguiré 
tumbado en ese diván,
con mi pipa encendida 
viendo pasar las horas y esperando 
una caricia, un gesto, 
una mano que se posa en la mía. 
Aunque me crezca el pelo 
y mi barba se pueble de canas 
con la velocidad 
de los años pasados: 
seguiré para siempre en ese diván,
detenido hasta el final el tiempo 
por el destello instantáneo que le regaló 
tu mirada. 

Retrato

Las mismas manos, los mismos pinceles
que antaño delimitaron
nítidamente mis contornos,
que dibujaron mi esencia,
hoy se aplican con el difumino.
Pretenden que se desvanezca 
aquello que fui, que soy… 
lo único que siempre he sabido ser. 
Ya no me reconocen. 
Ya no me reconozco.
No importa, nunca quise 
colgar de un clavo en un museo 
que ya cerró sus puertas 
y envuelve entre sombras 
rostros que se olvidaron. 

Mejor píntame de espaldas,
la cara hacia el mar aunque sepas 
que siempre preferí mirar de frente. 
Y deja que sean las olas,
la espuma del tiempo,
las que me difuminen para siempre.

Realismo mágico

Que las ramas no nos hagan
olvidar las raíces.
Que la tierra que pisamos 
no se hunda bajo nuestros pies.
Que el vuelo libre de las aves no
les impida recordar 
el camino del nido
                                 entre las ramas…
¿La mera existencia de árbol, cielo, ave
no te parece suficiente magia?

Que los recuerdos no sean siempre pesadillas
que nos quitan el sueño. 
Que el mar sea, simplemente, el mar…
-¿no te parece suficiente magia el canto 
de las olas y el matrimonio
de la luna y las mareas?-.

Que algunos versos sean la poesía 
del latido del corazón de un hombre;
la melodía sea el sentimiento 
que le puso sonido a ese retrato…
¿no se parecería a la ilusión?

Que el amor sea amor sin apellidos
(físico, fraternal, platónico, real…
imposible).
Y que aún exista: esa es
la verdadera magia.


Equilibrista

Hay un horizonte donde el corazón 
del equilibrista posa su mirada.
Begoña Iturralde 


Quiero creer que sí, que allá adelante
hay, si no un horizonte, 
al menos una plataforma
en la que descansar, una tarima
donde dejar de sentir 
el alambre clavándose 
en las plantas de los pies. 

Sostengo mi pértiga y quiero
mantener la vista al frente, 
tratando de atisbar ese amanecer…
Pero no puedo evitar 
volver la vista atrás, mirando
por encima de mi hombro para ver 
cómo de lejos queda de donde salí, 
si aún es posible regresar.

Es entonces cuando ya no hay remedio:
pierdo el equilibrio y caigo. 
Y sólo hay abismo. 

Ojalá que hubiera un corazón 
en el horizonte de este equilibrista.

“In medias res”

Disculpadme, señora, que no sepa,
postrarme a vuestras plantas y besar 
el suelo que pisáis 
como haría un verdadero caballero.
No sé por qué pensé que preferís volar 
y que verme arrastrado os desagrada.

Disculpadme asimismo que no sepa
deslizaros al oído 
tiernas palabras de amor 
como haría un poeta y besar 
con dulzura vuestros labios 
como haría cualquier experto amante. 

Para esto de los gestos y los besos
-aún torpe como soy-
siempre quedo detenido 
-procurando, eso sí, posarme suavemente-
en la mitad del precioso camino 
que va de vuestros pies a vuestra boca.

(Confío, mi señora,
en que no os importune la osadía
de este bienhumorado jueguecillo 
con la lengua.)

Sin miedo

               “He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado toda la noche y he escrito”. 
                                                          R. M. Rilke

Ya no tengo miedo.
He perdido el pánico a perder
lo que nunca fue mío. 
Nada tengo, pues -desnudo 
a la intemperie-: 
apenas un puñado de libros pendientes
de ser leídos y 
unos cuantos versos
pendientes de escribir… lo haré
cualquiera de estas noches:
en cuanto recupere 
el miedo imprescindible para estar alerta,
para sentirme vivo y ser capaz 
de adelantarme al peligro 
de una voz que me diga “te quiero”.

Errante(s)

Veo a la gente ir y venir,
presos en sus laberintos:
parten de no se sabe dónde 
-ni ellos mismos lo saben-
para llegar a algún sitio
-¿o es el mismo lugar?-
al que no saben si querían ir.
O, por el contrario, eligen un camino recto
y no se apartan de él por más que sepan
que delante sólo hay abismo. 
Nadie se permite el lujo de decir 
“me equivoqué: de aquí no se puede salir”;
o “me equivoqué: tengo que regresar
por donde he venido… ojalá la chimenea 
permanezca encendida”.
Nadie nunca jamás se ha equivocado:
desandar, rectificar… ya no es cosa de sabios. 

(Por cierto, ya no sé si dejé
de perseguir quimeras o,
simplemente, dejé de caminar.)

Si al menos…

         “Algo cayó sin ruido: fue la tarde,
          el maltratado amor, lo que no arde”
                                                    (Ida Vitale)


“Si al menos uno de los dos hubiera muerto”,
le dijo sin temblor en la voz,
sin dudar de sus palabras. 
Ella alzó los ojos, algo así como aturdida,
extrañada y expectante; sin llorar. 

“Si al menos uno de los dos hubiera muerto
-insistió-, 
el otro podría dejarse desgarrar por el dolor,
saber que ese camino no tendría retorno,
recluirse y, tal vez, dejarse ir también 
al infinito azul
para no perder la verdadera vida.”

“Por supuesto, no deseo tu muerte.
Ni deseo morir”.

Ella, ahora sí, lloraba.
Porque comprendía. 

Noches oscuras

Ya no veo la luna. 
No puedo adivinar sus fases.
Un macizo de estériles nubes
-blancas, negras, grises, 
compactas como rocas-
que ni tan siquiera dejan agua
(igual que a mí se me olvidó llorar),
la mantienen oculta. 

Ya no veo si es nueva y está 
escondida en algún otro rincón del universo
o bajo el mar
esperando a renacer.
No veo si está creciendo, 
llenándose de vida para irnos mostrando, 
lentamente, 
su esperanza de luz.
Ya no veo si está llena 
y podría tal vez iluminar mi insomnio.
No veo si está menguando,
haciéndose pequeña sin perder 
su presencia inmortal en mis sueños. 

Por supuesto, no veo
su otra cara: esa 
que nunca deja ver, que nadie vio…
pero que yo un día creí intuir, 
cuando pensaba que podía 
volar junto a ella
y abrazarla hasta el alba. 

Tempus fugit

Nos consolamos diciendo 
que el tiempo todo lo cura, 
cuando es la mayor de las mentiras:
cuentos infantiles para engañarnos 
a nosotros mismos. 
El tiempo, que desgasta cuanto toca, 
se lleva a quienes fueron 
amigos del alma, se lleva
los amores que fueron inmortales.
El tiempo marchita las flores, 
aleja la luna, despedaza
las hojas de los calendarios. 
El tiempo, 
desde el mismo momento en que nacemos,
nos conduce a la muerte. 

Pero, hoy, estamos vivos. 
Y lo demás no importa.

Legado

Nuestros nietos no hablarán de nosotros.
Nuestros hijos no les habrán contado 
nada de lo que incluso para ellos será 
una sombra esquiva de un tiempo
que apenas si recuerdan. 
No tendremos una estatua de bronce 
en un banco del parque:
nunca fuimos amantes ilustres. 
Sólo una historia más, una de tantas
de las que nadie guarda en la memoria. 
Quizá, como mucho, encuentren
algún día algún poema,
unos versos que no comprenderán 
y olvidarán también
sin saber que ahí, en esas pocas letras,
latieron un día un par de corazones 
y se vivieron dos vidas que se creyeron una…
Pero sólo quedaron dos olvidos.  

Eutanasia pasiva

Te vas dejando morir
sin apenas saberlo. 
Vas dejando que se apague 
la última luz
y te digo palabras que no escuchas;
te acaricio las manos y no sientes
el calor de las mías. 
No despiertas mientras yo
no puedo conciliar el sueño: 
imposible encontrarnos. 
A veces, al verte sin mirarte,
dudo de quién es 
cada uno: quién es el vivo,
quién es quien lentamente muere,
qué línea que dibuja un infinito
nos separa;
qué estrella ha dejado de brillar
sin apenas darnos cuenta
(también ella murió 
hace ya muchos años).
Nadie me responde. 

Reflejo

Sigue ahí, con tu sonrisa boba, 
fingiendo que no pasa nada, 
que todo está bien, 
que se puede reír uno de la vida 
y escribir (absurdos) poemas de amor
que nadie comprende: sólo tú tienes
esa extraña y pasada de moda,
irrenunciable forma de querer. 
Arriba los símbolos y las palabras 
que no dicen nada a nadie, 
mucho menos si son la verdad.
Qué sabrá el mundo de lo más 
hondo de una metáfora tuya. 
Huye de la vida sin desear la muerte,
eso nunca, por más que te ronde. 
Corre, vuela, sueña, sé libre o eso
que tú llamas libertad. 

Pero no olvides que yo sigo aquí, 
en este otro lado del espejo. 

Votos

Llevo setenta y dos horas
sin casi despegar 
los labios, ya no hablo 
sino a quien conmigo va.
Sólo he pronunciado un par de veces 
el nombre de mi perro,
que viene alegre a buscar mi caricia. 
Podría hacer un voto de silencio
-y de castidad, ahora que lo pienso-.
Lástima que la obediencia 
nunca haya sido mi fuerte, si no,
podría incluso alcanzar la salvación. 
Aunque, pensándolo bien, 
¿de qué o de quién querría salvarme?


Solo

Porque la incoercible desesperanza manda, 
cuando la soledad no admite ilusiones futuras.”
                                                          (Ida Vitale)


No es cierto. Os equivocáis.
No vine aquí para estar solo:
solo ya estaba antes, lo mismo que lo estoy 
ahora. 
Porque solo -tal como yo entiendo
la palabra soledad-
estoy también cuando estoy con vosotros
(por más que aprecie vuestra compañía).
Solo me levanto y solo me acuesto 
aunque esté en el camarote 
de los Hermanos Marx. 
Solo cocino y desayuno, como
y ceno e incluso meriendo algunos días.
Solo en los cafés y en los museos,
en el metro, en el coche, paseando.
Pero, ¿sabéis una cosa?
También la soledad puede ser
una agradable compañía…

(O quizá lo diga sólo para que ella 
no me abandone también.)

La voz de las estrellas

Sólo se oye el crepitar 

de los leños en la chimenea.

No hay vecinos, no se escucha 

ningún televisor, nada de voces, 

ni de música, ni coches: nada.


En el exterior, también las aves

hace tiempo que callaron.

Ni siquiera una leve brisa mece

-haciendo sonar- las hojas 

de los árboles cercanos.


Sólo oigo mi voz interior. Y procuro acallarla. 

El silencio es tan puro 

que me parece oír 

la voz de las estrellas, la danza 

de la luna menguante. 

Creo incluso que 

una estrella me ha hablado…

¿Adivinas cuál? 

Ayer

Se puede huir de casi todo.
Menos del pasado.
Puedes huir del presente y del futuro: 
ahí están las drogas, el suicidio…
Pero no puedes renunciar 
a lo que fuiste, a lo que 
te dejaron ser en no pocas ocasiones…
a lo que te obligaron en otras. 
Pero fuiste: el pretérito eres tú
-perfecto o imperfecto-, por mucho
que no quieras volver la vista atrás. 
No importa que no mires,
sigue ahí: ahora ya es pasado;
mañana, no es seguro. 

Pero ayer amaste.
Y antesdeayer. Puedes
tratar de olvidarlo: es inútil. 
Siempre habrá alguien que te lo recuerde.  
Y no podrás huir.  

“Tal vez soñar”

Si no soy protagonista de tus sueños,
¿cómo querer serlo de tus pesadillas? 
No huyas, nadie te persigue. 
Y no vas a caerte por ese terraplén.
Mejor vuelve al prado, a la calma.
Mira la gran montaña desde la lejanía. 
Llénate de la espuma del mar,
del olor a salitre. Siente 
la calidez de la arena 
bajo el peso de tu andar acompasado. 
Vuela junto a los albatros y las gaviotas 
y olvídate del canario en su jaula de oro. 
Y sueña sin miedo. 
Alguien velará por ti. Todavía. 

Amnesia

No puedo desprenderme de mis recuerdos.
Trato de maquillarlos, de disfrazarlos
con máscaras histriónicas 
para que no duelan.
Pero es inútil.
Vuelven una y otra vez, sea
despierto o en sueños 
con su preciosa y cruda nitidez. 
Y recuerdo cada día, cada instante,
cada caricia, cada beso,
cada preocupación, cada pelea…
Lo poco que haya olvidado, no lo sé. 
Así que me resigno a vivir con ellos
hasta que alguien invente 
pastillas para la amnesia selectiva. 

Vacío

Es un pequeño salto.
Unas cuantas palabras 
en las que no crees. 
Un verso que no recuerdas.
Un poema, una canción
 que no puedes 
dejar de repetir. 
Un puñado de fotografías 
que ya habrán empezado 
a amarillear. 
Una fórmula mágica que esta vez
tampoco servirá para volar. 
Así que ahí están:
el precipicio, el vértigo 
que acabará pasando. 
               
El vacío. 

Encrucijadas

Lo peor de los cruces de caminos
es cuando es el sendero
quien elige por ti;
cuando das dos vueltas de 
trescientos sesenta grados 
y ya no sabes qué es adelante,
ni qué es hacia atrás.
Inevitable bloquearse. 
Y sabes que en cualquier momento 
tendrás que volver a caminar…
 ¿hacia dónde?
Es muy cursi, pero
viaja hacia donde el corazón te lleve. 

Lo malo

Lo malo del futuro es el pasado. 
Lo peor del olvido es el recuerdo.
Lo malo de la certeza es la incertidumbre.
Lo peor del ruido es el silencio. 
Lo malo de la ausencia es la distancia.
Lo peor de la distancia es la ausencia.
Lo peor de la vida es la muerte.

Lo peor de no estar contigo
es estar sin ti.


Luna de lobos

La luna le dice al lobo 
que no se haga pequeño,
mientras ella mengua. 
Y que afile los dientes, ya gastados
de morder en el aire. 
Y el lobo no ve el momento 
de que vuelva la luna llena
y le devuelva su ser. 
Y aúlla, aúlla en soledad:
como el lobo estepario que es
una vez que ha perdido la manada…
y a su luna.

Tal vez (no) soñar

Te esperaba esta tarde, 

cuando las circunstancias y los calendarios 

nos daban opciones. 

Siempre espero la sorpresa que no llega.

Siempre la decepción. 

Pero no cuento con los sentimientos.

Mi enorme e irreparable error de toda la vida.

Me aferro a sueños que no existen

y no me dejan dormir.

Cualquier día, 

conseguiré quedarme dormido.

Y no soñar. 

Ya no

Ya no me hago más desilusiones. 
Ya no espero que amanezca
cuando está anocheciendo.
Ya no busco más sueños tejiendo pesadillas.
Ya no pido que me quieran.
Ya no busco en mis recuerdos 
momentos futuros. 
Ya no sé quién soy ni quiénes fuimos. 
Ya no espero otra vida. 
Espero poder seguir adelante con esta. 


Soy el que soy

Aunque a veces disimule
o mienta o me disfrace o me haga el loco,
sé quién soy.
Conozco a la perfección 
mis escasas virtudes,
mis muchos defectos,
mis adicciones, mis amores.
Sé de mis afectos y de mis manías.
Sé a quiénes quiero,
sé quién está a mi lado 
aunque a veces ni ellos lo sepan.
Porque yo lo sé, pero no siempre sé expresarlo. 
El espejo es implacable.
Y, a veces, es insoportable conocerse tanto. 
Pero nunca dejaré 
de reírme de mí mismo.

Mañana

Todos los días son mañana.

Mañana, dejaré de fumar definitivamente, 
dejaré de malgastar las horas 
en los cafés de los bares.
Mañana, encontraré trabajo
o me tocará de una vez la lotería. 
Mañana volveré a leer 
los poemas que tanto me gustaban. 
Mañana arreglaré por fin 
la pequeña avería de la ducha
y colgaré el espejo. 
Mañana dejaré 
de echarte tanto de menos
y aprenderé a vivir sin ti. O no. 

Mañana,
tal vez estaré muerto. 
O más vivo que nunca. 
Pero no lo sabré 
hasta mañana. 

Variables

Espacio, tiempo…
Formas de medir la vida 
con un razonamiento 
que no siempre 
el corazón entiende. 

Cuerdas

Es muy fino, liviano
el hilo que nos sostiene 
amarrados a la vida. 
Y, aún así, a veces se le hacen nudos
que parece
impedirnos volar. 
Pero podemos.

Es muy gruesa, tosca 
la soga que nos mantiene 
amarrados al pasado, 
a todas nuestras miserias. 
Y, aún así, a veces, un simple gesto,
una caricia, un poema
deshace las amarras:
y volamos. 
Y vivimos hoy, aquí, ahora. 

Cada día

Cada noche me acuesto 

pensando que mañana 

será otro día

y tendré las fuerzas renovadas 

para afrontar lo que no puedo afrontar…

Pero, como no duermo,

hoy y mañana son lo mismo. 

Y trato de juntar ánimos, fuerzas, argumentos

para llegar a la noche que me diga 

“mañana será otro día”. 

Pero no sucede.

Y así un día, y otro día y otra noche. 

Cuadro


Vivo en la última mesa
de un bar vacío delante
de una taza de café. 
Como en un cuadro de Hopper.
El sombrero en la mesa 
y la cabeza a dos mil kilómetros de aquí. 
Voy a la compra, 
hago la comida, veo 
la tele con mi hija 
y desplazo mi cuerpo por la calle
con el perro, con las bolsas,
tirando la basura…
Pero mi alma, esa que tanto dudo de tener,
está encerrada en el cuadro.

¿Cómo se sale de un lienzo?