Fácil

Es tan fácil escribir de lo que no se siente.
Inventarse fantasmas o monstruos para niños
y cielos estrellados o días azules.
Ocultar la tormenta
en busca del aplauso soleado.
Fingir que es real el dolor que no nos duele.
Adormecer con llagas maquilladas
las conciencias.
Lanzar cohetes, arrojar luminarias 
con velas de mentira.
Recoger los laureles y dormir satisfecho 
el sueño del embuste.

Yo prefiero mi insomnio 
y mis pesadillas.

Encuentros

Siempre me cruzo con el mismo paseante.
Yo voy por mi camino pero él
parece obedecer a un sendero circular.
Lo noto aproximarse por mi espalda,
me adelanta y no le veo el rostro.
Al instante siguiente se detiene,
vuelve sobre sus pasos 
y de nuevo se cruza conmigo.
Pero agacha la cabeza y no le veo.
Si me paro -una piedra, un breve descanso-
deja de aparecer.
Y se vuelve a cruzar en cuanto echo a andar.

Y de pronto lo veo: 
soy yo.

Paradojas

Nadie puede decir “estoy muerto” de forma literal.
Cuando dices “silencio”, tú mismo lo destruyes.
Si pronuncias “adiós” es que aún no te has ido.
No puedes ver el sol en la noche cerrada,
aunque hayas visto la luna de día.
Y si afirmas “se han marchado 
ya todos los fantasmas”, 
en cierto modo 
los estás invocando.

El bosque azul

Miro el monte no muy alto
que deja ver más cielo,
los árboles. Escucho 
a una ardilla subir y bajar 
con piñas, ramas secas.
A lo lejos el murmullo de los coches
casi se parece a un mar encabritado.
El mar azul que añoro o sueño
cuando contemplo el bosque casi verde
y cambio a las ardillas por sirenas.
Y siento que los árboles son algas 
que me rozan la piel mientras nado contigo.
Me encierro en el recodo al que apenas
si penetra la luz y puedo oler la sal.

Pero abro los ojos y estoy solo en el bosque,
perdido como uno de esos niños de los cuentos.
No hay hada ni sirena que me salve.

Credo

Tu inteligencia es romántica,
casi surrealista en el mejor sentido.

Pero tú cuerpo es místico
-y lo más parecido a la fe para un ateo-
El éxtasis es verte sobre mí 
y alzar los ojos,
ver el cielo.

Cuando se juntan ambos vuelvo a creer
en la poesía. 

Fuera de la ley

Me duelen ya los ojos de mirar,
de mirar y de ver lo que no quieren ver.
Sangran gotas de odio cuando miran 
el mundo, el hambre, dios 
mirando hacia otra parte.
Lloran lágrimas de sangre cuando ven
la envidia, la codicia, el interés: 
la maldad gratuita 
o la tan traicionera indiferencia.
Desde esas hormigas devorando
el cadáver de la abeja muerta
al Saturno que devoró a sus hijos
no hay apenas diferencia.
Es la ley de la vida. 
Y es un asco la ley para el proscrito.

"Los gatos lo sabrán"

La poesía no existe.
La poesía es ese descampado
urbano en el que duermen
y maúllan y copulan, se alimentan
de la escasa caridad de los vecinos
un puñado de gatos callejeros.
De distinto pelaje, hijos de dos mil leches,
pero libres.
Solidarios, hostiles, cada uno a su aire
y todos respirando el mismo estrecho
pedazo de azul.
Esperando a la luna, acicalarse,
bostezar y dormir, tal vez soñar.
Y desear que la nieve se derrita
y salga de nuevo el sol
o que no salga.
Estar vivos o morir

sin que nadie se dé cuenta.

(*) El título del poema se lo he "robado" a Cesare Pavese.

Amaneceres

He abierto la ventana, parecía 
que había salido el sol y que una luz 
como de primavera llenaría la estancia.
He abierto la ventana, se escuchaba
el piar de un gorrión y un leve
rumor de viento en las flores del cerezo.
He abierto la ventana con los ojos cerrados 
y he respirado el mundo:
aún era de noche y no había sol.

He abierto los ojos, me he girado 
y el sol estaba ahí. Y dormía en mi cama.
Ya nunca necesito abrir ventanas cuando quiero
ver que amanece el día.

Insomnio

No son bolsas lo que veis
debajo de mis ojos:
son los sueños que no llegué a soñar anoche.
Y esos cercos negros
son las pesadillas que no se presentaron.
En cambio, cada surco, cada arruga
es una hora más
de insomnio acumulado de esos días
en los que todo lo soñé
despierto.

Crecer

Crecer no es proyectar 
la sombra inmensa delante del foco.
Crecer es apartarse de él 
y hacerse cada vez más pequeñito.
Apenas perceptible al ojo humano.
Como una galaxia,
que cabe 
               en un grano
                                  de arena.

¿Cómo?

¿Cómo aislar del circundante ruido
el trino de ese ave,
el zumbido del ala de la abeja,
el aullido del lobo
que intenta proteger a la manada?
¿Cómo escuchar tan sólo
el llanto de ese niño
que llora a mil kilómetros
o a cien años de aquí
evitando el estruendo de los tanques?
¿Cómo oír la voz de los poetas
en un mundo que ahoga a la poesía
-¿y qué es la poesía?-
en lodazales?
¿Cómo distinguir tu voz
en medio del silencio?
¿Cómo escuchar mi propio silencio 

cuando no tengo tu voz?

Manuscrito

No me acostumbro a escribir a mano.
Salen versos torcidos y deformes
como mi propia letra: endemoniados,
infantiles o ilegibles.
La pluma ha perdido su razón de ser.
El cuaderno es un objeto absurdo,
trasnochado, anacrónico.
O quizá se ha perdido la poesía 
entre las teclas frías de un ordenador,
de un teléfono móvil.
O tal vez nunca hubo poesía.
Sólo el clic clic que percute 
y ensucia la pantalla
como mi letra escrita ensucia
ahora este cuaderno,
tratando de robarle su letra a la poesía.

La llamada

Camino entre fantasmas, entre seres
con apariencia de mujer, de hombre
de todas las edades 
y con alma inmortal porque todos han muerto.
Apenas se distinguen
de los pocos humanos 
que aún quedan en el mundo.
Alguien me llama:
“nosotros te queremos”…
Pero no sé quien habla.
Ya no sé a qué especie pertenezco.

Esclavitud

No, ya no necesito que me veáis.
Siento que la oscuridad me hizo más libre.
Porque a veces la luz ciega y cuesta distinguir 
si es el sol o sólo un flash quien te deslumbra. 
La mayor libertad es no necesitar 
nada ni a nadie... pero eso es imposible.
Lo que sí aprendí es a elegir yo mismo
de quién quiero ser esclavo:
sólo, todo, siempre 
                              tuyo.

Halcón

Como un halcón observo
todo cuánto sucede ahí abajo,
dónde ellos sólo ven un punto suspendido,
mientras yo veo
moverse a los rebaños,
hocicar a las liebres
y hasta el aleteo de una mariposa. 


A veces, añoro la capucha 
que me dejaba ciego.

Fábula

Equivoqué el sendero,
seguí al zorro sin verme
en el espejo y sin saber
que yo era gallina
y que ese camino
tenía ya los dientes afilados.
Retrocedí por suerte en un descuido
y encontré este escondite.
Las raposas aún ríen ahí afuera
esperando que salga.
Se morirán de hambre antes que yo.
Si algo sobra en el mundo son gusanos.

Mañana de marzo

Apenas unas horas salió el sol
y no llegó siquiera a calentar
en este invierno gris que empieza a hacerse largo.

Y tal vez algo así sea la vida:
breves sorbos de luz 
cruzando innumerables días grises.


Poética

He repetido dieciocho veces 
la palabra luz
y veintiuna la palabra sombra.
Otras tantas, al menos, 
la palabra silencio -paradoja-.
Me he mirado
unas doscientas veces al espejo.
Y el mar y no sé cuántos bosques.
He estado en la caverna 
y he mirado al sol cuando no lo veía.
He intentado volar sin tener alas 
y arrastrarme cuando no tocaba el suelo.
Me asomé 
a no sé cuántos pozos
y di vueltas a no sé cuantas norias.
Me reí de la muerte y de la vida.
Me enfadé con el mundo y amé al ser humano... 
seguramente a un tiempo.
Tuve celos (y no los sentía),
ira, lujuria, gula:
maldije a dioses en los que no creo.

Y he pronunciado amor 
a gritos y callando.
Y besos y caricias y tu piel.

Buscaba la poesía y te encontré a ti: 
bendita seas.

©Santiago Pérez Merlo

Lenguaje

Lo malo del lenguaje 
es que lo necesitamos.
No existe el silencio 
si alguien no pronuncia 
la palabra “silencio”.
La ausencia no existe
cuando no se la nombra.
El amor no es amor
sin un “te amo”.
Y el beso existe sólo
porque alguien pensó “beso”.

Tenemos el lenguaje articulado
para nombrar incluso
aquello que no querría ser dicho.
O que al decirlo
-otra vez el silencio-
pierde su razón de ser.
Tenemos el lenguaje para comprender.
Y también para perdernos.

©Santiago Pérez Merlo

Miradas

No os creo. No me creo.
¿Cómo creer racionalmente 
aquello  que han mirado
los ojos del corazón?
¿Y cómo separar 
ambas miradas?

Es como esas gafas 
de realidad virtual:
vemos lo que no existe
a nuestro alrededor...
Y parece real. 
Pero son espejismos.

©Santiago Pérez Merlo