Palabras

Nacen (o deberían)
en el corazón
y mueren en la boca.
Más o menos tamizadas
por eso que llamamos pensamiento
e igualmente condenadas a morir 
cuando salen de nosotros.
Incluso
-aunque haya quien diga lo contrario-,
cuando quedan escritas.
Porque nadie las recordará:
sin memoria no hay lenguaje. 
Las palabras son la vida. 
Y la vida necesita de la muerte.
El silencio es inmortal.

Tiempos modernos

  “Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido...”
(Fray Luis de León)

Vivir pendientes
de los seguidores, 
los “likes” y los aplausos;
la taquilla, las listas de ventas,
los desdeñables “best sellers”
(¿o la envidia?).
Escribir lo que uno quiere,
pero mostrar sólo 
lo que el público demanda.
Extender la cola de pavo real
en mitad del gallinero fiel,
con idéntico miedo
a los taimados gatos
(el pavo murió la última Navidad).

O vivir, escribir,
contemplar en silencio y a solas
la puesta de sol. 
Amar secretamente, 
llorar para adentro 
y sangrar sin dejar rastro
ni ocuparse de las vendas. 
Buscar el faro del fin del mundo 
y quedarse para siempre
en el silencio:
fuera, la luz; dentro,
la oscuridad. 

Cada cual elige. 
Yo camino solo.
Soledad es 
la íntima compañía. 

Hartazgos

Me canso de todo:
me aburrí del pop 
y del rockabilly.
Llegué a aburrirme del tango 
y del flamenco,
aunque siempre vuelva a ellos.
Me aburrí de varios trabajos
y de muchas personas.
Me aburrí de la novela,
del ensayo
y de la poesía. 
Pero -no me preguntes por qué-,
nunca me aburro de ti;
es más: tu voz la necesito. 

Polillas y mariposas

Admiramos a la bella mariposa
multicolor 
y abominamos de la polilla gris,
blancuzca.
Olvidamos que ambas nacen 
de la misma oruga,
del repugnante gusano
(el de la seda, en cambio,
es más lindo que después 
de su metamorfosis). 

Así, los hombres de colores 
ocultan al gusano que llevan dentro.
Y los hombres grises 
no reniegan de su procedencia.
Se llama verdad.
Y demasiado a menudo,
huimos de ella... 
Preferimos el efímero color.

20:00 horas

Se apagan los aplausos 
como si la función 
hubiese terminado.
Parece que bajara el telón,
la gente abandona sus butacas
y se echa a la calle 
como si llevaran 
miles de horas
dentro de esta obra que nos tocó vivir
como si fuera 
nuestra propia vida.

Pero los actores permanecen exhaustos.
Y el demonio 
ríe entre bambalinas. 


Volar

Vuelan los dientes de león,
el polen de los olmos.
Parece también 
que han huido las cotorras
y vuelan los gorriones.
Vuelan ahora, ¡ay!,
guantes y mascarillas 
haciendo remolinos no sabemos
si de vida o de muerte. 
Los buitres se han posado de momento,
pero acechan: como siempre. 

Vuelan los sueños de empezar a soñar.
¿Y yo, que me quedé sin alas,
cuando podré volar? 
¿Cuándo volverá el albatros 
a zambullirse en el mar
desde lo alto?


Ruido

No sabes vivir sin él,
aunque eres capaz
de vivir sin mí. 
Y yo lo acepto:
no me queda otra. 
Es parte de tu sonido, 
de tu música interior. 
Yo me conformo con ser 
el silencio. 

Lobo

Lo veo venir corriendo.
Se detiene frente a mí. 
Yo me siento en el suelo
y lo miro a los ojos. 
Se acerca despacio.
Me lame las manos.
Y después
me destroza el cuello a dentelladas.
Tras él, la manada observa.
El lobo nunca está solo. 
Me incorporo.
Una hembra me lame las heridas.
Aúllo. Me marcho con ellos.
El jefe, el macho alfa
se llama Amor. 
Yo soy su aprendiz.


El mar

En el mar, la mar,
no hay cínicos ni hipócritas:
el agua es limpia. 
Hay delfines
y danzan las medusas 
con baile envenenado.
Hay ballenas 
y olas “siempre recomenzando”.
La mar, el mar, 
es libre como los piratas
y salvaje; cambiante
como las mareas. 
Peligroso hoy, 
mañana apacible. 
Frío o cálido 
según dicten la luna
y las corrientes...

El mar, la mar
eres tú. 

Sísifo

Cargo sobre mis hombros esta piedra.
No la empujo, es igual. 
Cuando llegue arriba,
la dejaré caer y volverá a rodar.
Prefiero sentir en el camino 
su pesada carga. 
Me acaricia el cuello y me susurra:
“tu esfuerzo es inútil, 
volveré al inicio, volverás a tener
que llevarme encima”.
Pero no lo es. 
Su propia voz me alienta.
Rendirse no está permitido. 
Dentro de cada ascenso, 
dentro mismo de la piedra,
late un corazón
que se acompasa con el mío. 


Espacio-tiempo

Desde el Big Bang 
hasta hoy, esas son 
las dimensiones:
la física del universo. 
Pero mienten.
O son relativas. 
O engañosas según cómo
se formulen. 
Y traicionan...

Y además, 
falta la química. 

Hambre de piel

Resultó ser 
una pseudo enfermedad.
Este hambre de abrazarte,
de tocarte, de sentir
tu piel contra la mía.
Esta falta del tacto
de tus manos, de tus ojos
(también hay
miradas que acarician).
Es una casi enfermedad 
muy propia de estos tiempos,
según no sé qué estudios...

Pero la mía es anterior.
Y nunca 
(escúchame bien cuando lo digo:
NUNCA, 
aunque no te lo creas)
quise curarme. 

Caminos

Camino desnudo, descalzo, 
por un bosque de espinos
y piedras afiladas.
Cada paso es una herida
en mis pies cansados 
y un desgarro de mi piel
que va dejando un leve 
rastro de sangre.
Cada vez es más duro el camino.
Cada vez más profundas las heridas.
Pero no me detengo. 
Al final de las espinas 
siempre hay una rosa:
esta vez es blanca.
Al final todas las piedras
acaban siendo arena: 
esta vez es una playa.
Ya casi veo el mar.
Y no suelto mi rosa,
blanca. 

Verdades

¿Quién puede asegurarme que mañana
volverá a salir el sol?
¿Alguien puede jurarlo?
Mentira.
Sólo hay una verdad:
salga el sol o no salga, 
véalo yo o no lo vea, 
sí sé por lo que late
mi corazón. 

Renuncio

Renuncio a entender
cómo giran los astros.
Renuncio a saber 
lo que es una integral 
o una derivada. 
Y renuncio a la física cuántica,
a la química, a la teología. 
“Sólo sé que no sé nada”
quedó dicho hace ya tiempo.
Yo renuncio no a saber:
renuncio a tratar de comprender 
todo cuanto me rodea.
Empezando por mí.

Ahora

Tienes razón. Es cierto.
Pero no sé vivir de otra manera.
Si tengo una moneda en el bolsillo,
me quema y me la gasto. 
Si sueño 
que me voy a morir
me despierto aferrándome a la vida.
Y ya escapé 
más de una vez de la muerte
gracias a esa pesadilla.
La niña del columpio 
es la anciana a cuyo lado
quiero acabar mis días.
No existe el tiempo.
Porque “mañana”
es tan sólo un adverbio.
Y “ayer” no es siquiera una palabra 
en que valga la pena detenerse.
Soy un loco quizá. 
Pero no sé otra forma 
de concebir la vida. 

Regreso al futuro

Tengo, no sé, unos 80 años.
Tal vez algunos más.
O muchos menos. 
Tuve una infancia feliz:
mis padres me querían.
Tuve una juventud 
alegre, sin temores,
sin guerras, sin hambrunas;
sólo con los malos ratos 
de cualquier juventud:
los cura el tiempo habitualmente. 
De mi edad adulta 
-quién sabe cuándo empezó aquello-
tampoco tengo queja:
unos cuantos amores 
(algunos me quisieron más que otros,
pero eso no es extraño:
yo mismo así lo hice);
una hija que adoro 
y que aún me quiere;
un puñado de amigos y de perros
(todos fieles y dignos de su nombre).
Tuve problemas, claro, 
¿cómo si no llamar a esto “vida”?
Y fui sobreviviendo.
He llegado hasta aquí. 
Ninguna queja, insisto. 
Me voy solo, como nos vamos todos,
pero creo que he vivido acompañado.
Conocí el dolor y la tristeza.
Y también la alegría.
Y conocí el amor. Nunca dejé 
de tenerlo presente. 
No me importa marchar.
Que nadie llore. 
...
(Si se me olvida, cuando llegue el día,
recuérdenme que hace muchos años
escribí unos cuantos versos
parecidos a estos).

Lunas

No es más triste 
-ni, por tanto, más alegre-
una noche de verano y luna llena
que una noche sin luna
en el invierno. 

No está más sola,
la luna,
cuando tú la ves y cuando no. 
Está sola 
-y no vemos si llora o si sonríe-
cuando no podemos verla
juntos. 

Imanes opuestos

Hay una
(más de una, en realidad)
diferencia importante entre nosotros:
Yo jamás 
cambié de parecer
respecto de quién eras,
de quién eres, de quién somos, 
de quiénes son los otros. 

Pero hay más:
A ti no te sacaron de mis celos,
a mí no me sacaron 
de esa falsa libertad que crees tener
en tus vuelos de un barrote a otro
de tus propios pensamientos;
tú nunca vaciaste 
del todo la maleta;
yo no olvidé 
nada de lo vivido en otras vidas,
pero lo fui dejando
como simples guijarros de un sendero
que no he de volver a transitar...
Tal vez los dos 
siempre nos confundimos.

Aunque lo pareciera en ocasiones,
nunca fue nuestra intención 
hacernos daño. 
Y ambos nos lo hicimos
al mismo delicado tiempo
-eterna paradoja- 
en que uno curaba al otro las heridas.

Los dos nos acusamos
de tener mucho miedo...
y, seguramente, ambos tuvimos razón.

A veces nos mentimos: 
Pero porque en ti,
tu mentira es la verdad. 
Y mi verdad es mi mentira.
(Ojalá no lo fuera).

Hay más, ya ves,
de una diferencia entre nosotros.
Y, precisamente, tal vez eso sea
todo (... “y sólo y siempre”)
lo que nos haga ser imprescindibles.
No el uno para el otro:
el otro para el uno. 

Canciones

No he dejado de oír en estos días
aquella vieja selección 
de las canciones que nos dedicamos:
de las más tristes 
a las más esperanzadas.
De las primeras timideces 
a las de amor más horteras.
Es mi banda sonora 
porque todas dicen algo 
que algún día nos dijimos.
Ningún título sabrán:
sólo son nuestros...
Es decir, infinitos y universales. 

La vida

No os engañéis: la vida
no está en la calle,
ni en la barra de un bar;
ni en una oficina odiosa
que, ahora, echáis de menos.
La vida no es una escuela,
ni un parque o una playa.
Eso son -necesarios, tal vez-,
a lo sumo compañeros de viaje
que, además, muchas veces,
van y vienen
                      y se van. 
La vida es una casa,
un par de habitaciones,
a veces, una risa infantil,
un perfume que recuerdas;
con suerte, un puñado de caricias 
y de besos de alguien que te quiere.
La vida no es un libro,
ni unas obras completas.
La vida 
               es un puñado de versos
escritos encerrado en uno mismo...
A menudo, mal escritos: para colmo.

Al menos, esa es mi vida.