Suspenso

Suspendido en el tiempo.
Sin que haya diferencia
entre los días.
Sin más rutina 
que seguir viviendo 
entre tanta irrealidad real. 

Y suspenso: 
sin haber superado 
aquel estado: “en observación”,
sin lograr aprobar 
el periodo de prueba. 
Vuelta al frío 
de las calles sin manos
en las que cobijarse. 

Diana

El círculo más pequeño
es una pesadilla. El siguiente,
es una pesadilla compartida
sólo por unos pocos.
Le sigue otra pesadilla 
que se va ampliando.
Fuera quedan los sueños.
Pero no hay 
malos tiradores:
todas las flechas pinchan 
donde duele.

Sueño

Sueño contigo pero tú 
cada vez eres menos tú: eres
como una de esas fotos retocadas 
en que te difuminas.
Tu pelo no sé si es tu pelo
y no veo tu rostro,
tu sonrisa perfecta,
tu mirada marrón, siempre 
triste y feliz al mismo tiempo. 
Estás de espaldas 
-también como en muchas 
de esas fotografías-.
Y te alejas.
Despierto del sueño.
Vuelvo a la pesadilla. 

La piedra

Llevas la mochila 
cargada de piedras
y yo me he convertido en una más.
Pero no sufras:
a mí puedes sacarme sin reparo.
Acércate 
a la orilla del mar,
a la vera del río 
o al primer lago que encuentres
en tu peregrinaje.
Hazme saltar sobre la superficie
dos, tres, cinco, 
seis veces...
Y deja que me hunda
sin volver la vista atrás. 

Noche

Se hace la noche 
silenciosa y fría.
Y sola:
noche de invierno 
en plena primavera.
Lo peor es que el amanecer,
el día, 
la mañana, 
la tarde
son igualmente fríos 
y silenciosos. Solos.
Lo peor 
es que no se distinguen las horas:
ni ahí afuera
ni aquí adentro. 

Magia

Demasiadas películas de magos.
Una golpe de varita y las cosas 
vuelven a su ser:
las fotografías recuperan su espacio;
tengo un billete de avión 
para dentro de un mes;
el teléfono suena, al menos,
una vez al día;
dos cuerpos desnudos se entrelazan 
en el más antiguo de los bailes; 
resuenan los “te quiero” en mis oídos...

Pero yo no soy mago
y apenas creo en la magia.
Nadie, eso sí, se libra de las ilusiones 
ni del ilusionismo.

El jardín

He soñado una casa.
Tenía un jardín.
Yo era un viejo de esos
que fuman en pipa
en un sillón de mimbre.
Había tres niñas saltando a la comba.
La mayor está triste;
las más pequeñas ríen y, al final,
su risa es contagiosa.
Yo también me río,
la niña mayor ríe con nosotros.
De pronto dejan el juego
y corren a abrazarme.
Algo afuera las ha sobrecogido.
Sabemos que, al otro lado
de nuestro pequeño patio,
el mundo se desmorona.
Pero aquí estamos seguros.
Y abrazados.


Despierto.
No hay jardín.
Sólo la pesadilla.

Quimera

De pronto me asaltan,
como si estuviera 
en medio de un sueño,
esas hojas verdes, 
esos ojos que no miran,
la sonrisa, los pendientes,
la cadenita al cuello...
Como si el tiempo,
nuestro tiempo más allá 
de todo cuanto ocurre fuera,
se hubiera detenido 
hace sólo unos meses. 

Pero no, es real: eres tú,
aunque ya no seas tú. 
Es real... aunque siga siendo un sueño. 

Armarios

Hace no mucho tiempo,
justo antes de dormir,
los abría y contemplaba
-acariciaba incluso, a veces-
las telas de colores, la lana,
la seda, el satén, el algodón...
Poco a poco,
fueron saliendo cosas y ya abría 
sólo de vez en cuando
y con cierta aprensión.
Ahora ya no los abro.
Cuelgan perchas dispersas
como sogas de ahorcado
esperando un cuello. 

Ya sólo hay 
                     vacío. 

Viento

Aprenderé a vivir sin ti,
sin tu piel, sin tus caricias,
sin siquiera tu voz.
Abre todas las ventanas que precises
y que sea el aire (o las aves), 
y no yo, quien te acaricie,
quien te alborote el pelo 
y te haga volar. 
Yo hice lo que pude.
Pero no soy suficiente.
Está claro que yo no soy tu viento. 

Lecciones

No me deis lecciones de dolor.
De desamor, tampoco;
de preocupaciones, menos.
No juzgo, no dudo
de vuestros dolores, de vuestro desamor,
de vuestras miserias cotidianas.
Pero no admito que nadie
a quien no le quepan
se meta en mis zapatos. 
Yo procuro no meterme en los de nadie
donde no entren mis pies.
¿Soberbia? Puede ser.
¿Orgullo? Tal vez también.
¿Empatía? Toda de la que soy capaz.
Pero nada, nadie, nunca
va a decidir por mí
quién soy yo:
otro lobo estepario 
u otro bicho metamorfoseado.
Pero ese es mi problema. 

Yo, pecador

El coraje es valor,
pero también es ira.
Y la ira es, a veces, 
solamente la punta 
del iceberg del dolor.
La gula del pobre es hambre.
La lujuria es deseo.
La soberbia tiene tantas caras
como seres humanos 
vivimos en el mundo.
La avaricia es un caleidoscopio:
no es lo mismo atesorar diamantes
que avariciar amor. 
La pereza es la musa del poeta. 
El pecado no existe. 

No obstante, y por si acaso, 
yo, pecador, me confieso: 
“por mi culpa, por mi culpa,
por mi grandísima culpa”...

Ego

Nadie más egocéntrico
que un “poeta”, un “artista”
desde el mismo momento 
en que ellos empiezan a llamárselo
a sí mismos.
No tenéis ni puta idea. 
Vosotros no sois la poesía.
Vosotros no sois el arte.
Eso queda, como mucho,
para quien lee,
para quien contempla. 
Lo demás, es (¡ay!) un egocentrismo 
del que no sois ni conscientes...
Y eso os hace más tontos todavía.

(Empezando por mí) 

Losas

Una tras otra,
desde cada rincón del firmamento,
van cayendo losas sobre mi cabeza.
El cráneo se ablanda, el cerebro
se vuelve blanquecino.
Y, al mismo tiempo, 
el corazón se endurece,
se oscurece, se vuelve negro.

Abismos

Es fácil asomarse al abismo 
y pensar en dejarse caer.
Pensar que, tal vez, en lugar de estrellarnos 
vamos a volar sobre ese bosque
de anémonas de mar y pinos 
imposible.
Porque el abismo está dentro de nosotros
y allá todo es posible:
algas en medio del desierto
y abetos en el mar.
Pero no volamos.
Si nos dejamos caer,
simplemente moriremos estampados
contra una barrera de coral 
o ahogados en un mar de chopos.

Volver

Siempre vuelvo a mis viejos
y tópicos lugares:
el pozo, el espejo, la caverna...
Unas veces me hundo,
me miro y no me veo,
me refugio en la oscuridad.
En otras ocasiones,
sólo me acerco al brocal 
y saco agua fresca;
me miro, me veo, me reconozco en mí;
salgo de la cueva 
y disfruto de un rayo de sol...

Sin ánimo de dar lecciones, 
creo que se llama vida. 

Becqueriana

Nunca, nadie
te va a querer 
como yo te he querido.
Quizá haya incluso
quien lo haga mejor:
quien sepa comprender
lo que yo no entendí...
Pero, como yo te he querido
-todo, sólo, siempre-
desengáñate:  ¡así no te querrán!.

Cajas

Cuánta vida cabe,
cuántos recuerdos, 
cuánta memoria,
cuánto olvido
en dos simples cajas de cartón.
Cuánta felicidad.
Cuánta tristeza. 

Sabed

No sabe el rico 
lo que es el hambre.
No sabe lo que es la sed
quien vive junto a un río.
No distingue la verdad de la mentira
el mentiroso.
No sabe quién es
para el resto del mundo
quien no sabe quién es
para sí mismo. 

De dioses y hombres

No podía ni salir del coche.
La muleta no era suficiente. 
Ochenta y siete años 
un día después de mi propio cumpleaños.
La acompaña su hija, agobiada
porque no puede aparcar 
y la ambulancia no ha llegado. 
La llevo hasta la consulta 
y me cuenta que su sobrino es 
el cura de San Carlos Borromeo,
pero dios no conduce ambulancias. 
No sé ni su nombre.
Su hija ha conseguido aparcar 
y yo me marcho. 
Y, no: no soy dios, ni soy mejor que nadie.
Solamente soy un hombre
que procura ser 
“en el buen sentido de la palabra, bueno”.

A eso incluso intento dedicar mi vida.
Y no me dejan.
¿Dónde está dios?

En vano

Aún espero, en vano,
absoluta, tristemente en vano
una llamada, un mensaje
que diga “me equivoqué”,
"sí que te echo de menos”,
“sí que necesito estar contigo”. 
Pero eso es lo que me grita el corazón.
El cerebro me susurra que deje de esperar
en vano. 

Hasta siempre

Desaparecer.
Ser simplemente niebla,
polvo, humo. 
Y que nadie te eche de menos.
Que sólo recuerden de ti
-si es que los hubo-
los momentos felices, las caricias,
los besos, quizás algún poema
que a alguien una vez le dijo algo. 
¿Qué más se podría pedir? 
“Al cabo, nada os debo”,
como dijo el poeta.
Y nada me debéis. Nada.
Todo. Sólo. Siempre. 

¿Poesía?

Estoy preocupado: 
no puedo pagar a mis trabajadores.
Estoy feliz:
ha ganado mi equipo de fútbol 
(qué cosa más absurda)
y mi hija adolescente
me ha dicho que hagamos algo juntos
en lugar de quedar con sus amigos.
Estoy triste:
tenía un amor que ya no sé si tengo.

¿Poesía “de la experiencia”?
¿Poesía?
No: es la (puta) vida. 

Ovillos

¿Quién soy yo para ti?
¿Quién eres tú?
¿Quiénes somos
-si es que “somos”- nosotros?
Cada uno enredado 
en sus propios hilos 
y sin poder compartir 
esas antiguas madejas 
que el otro iba ovillando...

O quizá sí. 
Quizá seamos lana
de la misma oveja
y no seamos capaces
de darnos cuenta. 

Alzheimer

Aún nos queda la vida 
y se pierde la memoria. 
Y es como no haber vivido.
O, por el contrario, 
conservamos intacta la memoria 
y apenas nos queda nada más.
Y es como no vivir.

Laberinto (y 2)

Tenemos la opción 
de entrar de la mano, 
provistos de besos, 
de comer bayas silvestres 
y encontrar un rincón 
de hierba mullida 
en la que tumbarse 
a ver las estrellas. 
Sin ninguna prisa por salir.

Y tenemos la opción 
de entrar solos,
o por separado,
correr de un lado a otro
buscando la salida...
Como si la hubiera 
en este laberinto 
que preferimos llamar “vivir”. 

Laberinto

Cuando me pierdo,
te busco.
Cuando te pierdas,
si quieres,
me encontrarás...
aunque sea para vivir
encerrados en el laberinto. 

(Des)esperanza

Dice el dicho:
“la esperanza es 
lo último que se pierde”...
Entonces,
¿qué me queda por perder?

Dolores

Como una rosa en mitad del desierto,
como un cardo borriquero en un vergel.
Como un ateo en misa de doce 
o un cura en medio de una invocación
a satanás.
Como el consabido pez
fuera del agua:
boqueando, boqueando.
El koala en mitad del incendio.
La víctima en mitad del atentado
que no sabe explicar.
El león moribundo que abandona la manada:
otro le sustituirá.

Y quizá nada de eso sea el fin
sino el principio. 
Pero el principio ¿de qué?
Y duele. Vaya que si duele

Dormido

A veces en sueños
toco las cosas que no tengo a mi lado.
O tomo café de una taza que no existe.
Enciendo un cigarrillo.
A veces en sueños
mezclo letras de canciones 
y compongo tangos nuevos que no existen.
Y no son exactamente sueños.
Son esa duermevela en que podría fumar 
o tomar una taza de café.
Y cantar tangos si tuviera la voz.
Algo muerto que parece la vida.

A veces en sueños
acaricio tu piel. 
Y odio despertar
y volver a la vida que es la muerte. 

Juicios

Yo no juzgo. 
Para eso están los jueces 
o los dioses 
para quien crea en ellos.
Yo sólo miro, escucho:
a los demás y a mí mismo.
Y por supuesto que tengo opiniones 
(tanto de los demás como de mí mismo). 
Pero a lo más que llego,
y no siempre,
es a escribir algo que otros llaman 
“poemas”.

Trastornos

La sordera es, aunque haya sonidos,
no escuchar tu voz, tu risa.
La ceguera es, aunque brille el sol,
no ver tus ojos grandes.
La hiposmia es, en un parque de capricho,
no poder olerte. 
La hipoestesia es, en la cama vacía,
no alcanzar tu piel. 
La hipogeusia es, en esta soledad,
no poder sentir tus labios o tu sexo.

La vida es, sin tu presencia,
un augurio de muerte. 

A J.L. Cuerda

Cada día que pasa, cada hora
nos acerca a lo único seguro,
que es la muerte.
Puede ser mañana, dentro de horas,
dentro de años... 
pero sabemos que ha de llegar. 

Mientras tanto,
y ese es el milagro,
amanece, que no es poco...
las mariposas siguen teniendo lengua 
y Fendetestas sigue pisando 
los bosques de Galicia
y casándose en Soria.
Dejar pasar esos amaneceres 
debería ser delito. 

Metáforas

Ya no queda ni una piedra que picar 
en las canteras.
El minero vuelve a casa 
con el casco en las manos,
manos sin un rasguño ya;
con las botas absurdas 
y el inútil mono, ajado, 
listo para no usarse nunca más. 

Ya no queda ni una ola,
ni un pez que pescar 
en la siempre fértil playa.
El pescador vuelve a casa 
con la cesta vacía, la caña doblada
y el inútil chubasquero, ajado,
listo para no volver a usarse.

¿Y qué harán mañana 
cuando se despierten?
¿Para qué despertar?