Payaso

Qué sencillo es, qué fácil
ponerse la nariz,
los zapatones y la chaqueta enorme.
Pintarse una sonrisa roja,
los pómulos blancos
y los ojos bien negros,
que tapen las ojeras de la angustia.
Hacer reír a niños e inocentes
y a gente que no ve más allá
de la flor que salpica, la bocina a destiempo,
el tropezón, la sonora bofetada incruenta.
¿Es esa la inocencia que queremos?
Preferible saber, por más que duela,
si el payaso lloró 

mientras se maquillaba en su camerino.

©Santiago Pérez Merlo

Laberinto

Me metí en el laberinto y siento
como si algo de mí
permaneciera fuera. He soltado
el hilo de Ariadna
pero algo me mantiene
atado al exterior.
No me pierdo.
No me encuentro tampoco.
Camino
             con
                   paso 
                           inseguro
pero firme,
dejándome llevar, no necesito
encontrar la salida.
Es verdad, no me da miedo
permanecer aquí
el tiempo que haga falta:
los arbustos son verdes y dan sombra
y calor al mismo tiempo.
Además, estoy dentro pero fuera a la vez
-es tan extraño-.
Quizás, una vez más, el laberinto
estaba sólo dentro del espejo.

©Santiago Pérez Merlo

"Bonjour tristesse"

Aléjense juglares y poetas,
payasos y bufones, aparten de mí
sus flores de papel,
su corazón de caucho.
No me canten canciones,
no vendan sus pasajes
de barcos caducados,
sus boletos de tómbola
que siempre toca y nunca.
Lejos de mí también
las calaveritas de la noche de fiesta:
yo ya llevo
alfileres de muerte en la solapa.
Lejos, muy lejos los trucos
de magos y de acróbatas.
No más sonrisas falsas
para contentar al graderío.

En mi tristeza mando sólo yo.

©Santiago Pérez Merlo

Cohetes

Brillan un instante
en el cielo y mueren
los fuegos de artificio
dejando tras de sí,
apenas,
una estela de humo
que se desvanece.
Los oigo silbar
y caer.
Buscan la eternidad
en su propio color
y sólo es ruido. La noche
sigue siendo de silencio y negra.


El fuego es otra cosa,
aunque nadie le aplauda.

©Santiago Pérez Merlo

Nada

Sin brújula, sin carta
de navegación, siguiendo solamente
un olfato ancestral desconocido
consiguió situarse más arriba, por encima
del bien y del mal y sin embargo
no era una atalaya dominante.
Esa no era la nada de quien todo lo tiene.
Al contrario, cuando ya estaba allí
descubrió que no era nadie.
Quería serlo todo y casi lo consigue:
porque después de todo, 

no era nada.

©Santiago Pérez Merlo

La mueca

Tienes ganas de llorar
y haces el esfuerzo de reír.
Es patética la mueca que compones
por mucho que la ensayes.
Tu boca está torcida, las arrugas
más marcadas que nunca y parece 

que hasta las canas brillan
reivindicando aromas de ceniza.
Lo peor son los ojos:
esos ojos incapaces

de sostener 
                   la mentira. 

©Santiago Pérez Merlo

Duda

¿Cuándo se deja de amar
lo que se amó?
¿Se deja en realidad
o no se deja nunca?
Y si se deja...
¿fue amor entonces lo que hubo
o mejor proponemos otro nombre
para las mentiras que nos inventamos

y no son mentiras?

©Santiago Pérez Merlo

Avaricia

Ya sabes -me conoces- que atesoro
con la avariciosa avaricia del avaro
cada gesto, cada mueca, cada mirada
perdida o encontrada
en mis pupilas.
Sabes que colecciono tus palabras,
incluso -más si cabe- las que dices
acaso sin querer o sin pensarlas mucho.
Todo lo guardo cuando estoy contigo
para luego contar -limaduras escasas
del verdadero oro- a solas mi riqueza.
Y a veces soy muy rico, es cierto.
Pero otras soy el más miserable

y pobre de los hombres.

©Santiago Pérez Merlo

Traigo arena...

Traigo arena de playa en los zapatos
y un aroma de algas en la barba.
Madrid me abraza
con la fría calidez de los viejos amigos.
Su asfalto quema
los pies y hiela corazones.
Las paredes de mi cuarto son azules...
como el mar que no consigo
que meza mis sueños.


©Santiago Pérez Merlo
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Contradictoriamente

No está reñida la fantasía 
con la realidad.
Ni los sueños con vivir despiertos.
No son opuestas verdades y mentiras.
La vida y la muerte no se excluyen.
No son enemigos el miedo y el amor
ni se explica la guerra sin la paz.
Lo blanco y lo negro no son más que armonía 
de tinta y de papel
y la música vive en el silencio.
Nos empecinamos en confrontar opuestos
y sólo los opuestos nos explican
y al tiempo nos mantienen 
maravillosamente inexplicables.


©Santiago Pérez Merlo

Atardecer

La tarde está cayendo y huele a mar.
Es aroma de ti lo que arrastran las olas,
mujer de marea arrojada a una isla
cuando es agua y viento quien tú eres.
Yo también naufragué pero ahora quiero
ser agua junto a ti,
incluso en tierra ¿firme?
Y viento y sal tan lejos de la arena:
el aroma del mar que trae la tarde
mientras está cayendo 

y me tiene varado en esta playa.

©Santiago Pérez Merlo

Miedo

Veo al árbol robusto
del miedo echar raíces,
retorcerse horadando en forma de eufemismo
(prudencia, precaución, tal vez mañana... ).
Por encima sus ramas echan hojas
de culpa, decepción, no puedo hacerlo.
Anidan cuervos y murciélagos
penden bocabajo protegiendo a sus crías
en las alas cerradas.
Un carpintero pica la corteza de hierro
y levanta pequeñas astillas.
Pero nunca derribará el tronco:
tendrá que conformarse con vivir en él

en extraña simbiosis.

©Santiago Pérez Merlo

Paradoja

Tres mil veces lo dije y tres mil
incumplí mi promesa.
Me aburro de mí mismo y me propongo
no escribir ni un verso más,
ni una palabra.
Porque arañan o duelen las palabras
como miedos
incapaces de luchar contra el amor.
Pero sucumbo a la cuartilla en blanco
y a la sangre de la pluma que me llama
para que haga transfusiones de la mía.
Hoy creo que he ganado,
he dado con la fórmula secreta:
para no escribir más sólo me queda

seguir escribiendo.

©Santiago Pérez Merlo

La raya

No es la misma línea la del horizonte
para el cielo que está arriba y para el mar, 
que la observa desde abajo y se pregunta 
qué queda por encima.
Quizá por eso es 
indecisa, inalcanzable,
separando eternamente  
lo que tal vez no deba
separarse.
Contemplarla es el enigma.

©Santiago Pérez Merlo

Telón

Yo también fui así:
necesité las flores, los abrazos
incluso si escondían puñales en la espalda.
Precisé del aplauso y de las reverencias,
de pronunciar mi nombre 
y de escucharlo para reconocerme 
en un rostro que tal vez no era el mío.
Necesité el discurso, 
alzar la voz
o subirme a los bancos de los parques 
y mirar desde arriba al coro de palomas.

Un día vi a un prohombre rodar
escaleras abajo en la boca del Metro.
Tal vez murió ese día.
Ni lo sé ni me importa -y esto es triste-.
Yo recogí mis trastos y me fui.
Y me encerré en mi casa y bajé las persianas.
No sé si soy feliz o si no existo.

©Santiago Pérez Merlo

Anagnórisis

Tú ya estabas aquí mucho antes 
de que yo apareciera 
como el fantasma que soy:
el tipo al otro lado del espejo 
que desafía al azogue y vuelve 
a cruzar a ambos lados varias veces al día.
Tenías que encontrarme para que yo supiera 
que la vida no es el filo de un cristal,
sino sus infinitas caras.

©Santiago Pérez Merlo

Ruido

Hace días que no escribo, quizás 
ya no quedaba nada por decir.
Tal vez ya todo estaba dicho
mucho antes 
de que el hombre descubriera 
el lenguaje articulado.
Antes y después de la absurda palabra
tendremos que aprender
a entender el silencio.
O viviremos para siempre
en el ruïdo.

©Santiago Pérez Merlo

Cuando

Cuando no puedo verte,
no me miro.
Cuando no puedo decirte,
no me nombro.
Cuando no puedo escucharte,
no me hablo.
Cuando no puedo sentirte,
escribo.
El problema es que escribir
no es alcanzarte.

©Santiago Pérez Merlo

Despertar

Adoro contemplar (o imaginar a veces:
no tengo siempre a mano 
la dicha de los ojos)
que duermes hasta tarde
con esa sosegada placidez,
el ronroneo suave, el gesto relajado
y la respiración acompasada.
Yo te observo (o te pienso) 
y deseo que no
se prolongue este instante 
-soy un poco impaciente, ya lo sabes-
y que abras los ojos y me digas por fin
"Buenos días, mi amor, ¿me das un beso?"

©Santiago Pérez Merlo

El seto

Estaba ya de pie. 
Me iba a casa. 
No sé si más café es lo que necesito.
Pero corre cierta brisa 
en medio del bochorno
y un sistema diabólico del bar 
me fumiga a cada rato
como si fuera un seto de aligustre.
Veo a mi alrededor 
señoras enjoyadas -mucha perla- 
y señores camino de los toros.
Debería moverme.
No hago nada aquí 
más que leer poemas de Vitale
y recordar
que amo a una mujer.
Nadie me espera en casa,
pero nunca estoy solo.
Aquí hay gorriones, además.
Ahora viene un señor 
y, con una trompeta,
destroza "A mi manera" y me parece
música celestial.
Según se mire, eso es mucho bagaje
para un seto.

©Santiago Pérez Merlo

Esquizo

Sigo oyendo esa voz 
que me dice lo que tengo que hacer 
y lo que no.
Que me canta canciones, 
me recita poemas y me habla 
de sueños e ilusiones que sólo ella sabe.
Me desvela quimeras y me planta en la tierra
(muy honda la raíz) cuando vuelo
demasiado alto. Y que me eleva cuando, 
repugnante lombriz ciega,
me arrastro en el subsuelo.
La conozco: no es esquizofrenia,
es mi voz que me habla 
para que no me ahogue.

©Santiago Pérez Merlo

Caja de seguridad

Me abro. Estoy vacío.
Y de pronto me lleno 
con las más valiosas pertenencias
que un hombre pudiera atesorar:
tus palabras
tus actos
tus silencios.
Quedan aquí guardados 
bajo nueve medidas de seguridad.
Sólo es un corazón, 
pero hay que protegerlo 
ahora que te acoge.
No pierdas esa llave: 
no existe duplicado.

©Santiago Pérez Merlo

Otra mirada

Aquel día vi mapas donde sólo había paredes.
Y vi vida -o algo parecido-
encima de una colcha moribunda
que llamaba a la muerte y no atendía.
Hoy apenas soy capaz de encontrar la belleza 
donde otros la ven indiscutible.
Sólo a veces si miro
                                cerrando los ojos, 
o volviendo a mirar como un bebé de días,
distinguiendo apenas formas,
descubro los contrastes, 
lo que ellos no ven: 
la finísima línea que separa 
lo blanco de lo negro.
Y ambos colores que quizá son uno.
Mis ojos están sucios 
de la arena que otros le arrojaron
y de lágrimas viejas que no dejé salir.
Pero ya no necesito ningún mapa.

©Santiago Pérez Merlo

Mirada

Miras a cámara lenta y ves ponerse el sol
aún más despacio y ves
cada rayo naranja que desprende
como una eternidad o un infinito,
una ráfaga de luz que sólo en ti penetra
y te trasciende y nace
una lágrima dulce de tu ojo derecho.
Y ves salir el sol al día siguiente
y el reflejo morado en tu pupila
es más grande que todo el universo
y al tiempo tan pequeño que podrías guardarlo
como en un camafeo y lo llevas contigo
junto a una minúscula e inmensa
lágrima que cae de tu ojo izquierdo.


Tus lágrimas que bebo y que hacen tuyos 
mis ojos.

©Santiago Pérez Merlo

Aclaración

Dejemos las cosas claras
(y sobre todo ustedes, queridos poetas):
La noche no es la oscuridad
ni es la luz ,
la noche es sólo noche.
El mar no es una muerte
ni nos hace nacer:
es solamente el mar y sí,
es hermoso.
Mi musa no es mi musa por que vuele
(y vuela como un ángel):
es musa porque la toco.
Lo mejor que tiene la vida
es que no es un poema:

es la vida.

©Santiago Pérez Merlo

Ese día

Un día al despertar
estarás ahí. Y otro día más.
Y otro y al siguiente.
Ese día distinguiré uno de otro.
Ese día empezará 

la vida.

©Santiago Pérez Merlo