Voz

         "Y aún espero tu voz..." (Pedro Salinas)

Como un rumor de olas
en el atardecer o como
el susurro del viento entre la hierba.
Como la voz de Dios que aseguran oír
quienes creen en sus rezos.
Como una musiquilla infantil, una nana
que escucharas de pronto muchos años después.
Como un rumor de hojas
en el bosque o el sonoro silencio
de la paz interior.
Así, sencillamente -un tópico tras otro-,
como lo suelen ser
las cosas más felices
y las más cotidianas
me calma a mí tu voz 

en la tormenta.

©Santiago Pérez Merlo

Despedidas

La ola sigue en la orilla
mientras se está alejando:
quedan espuma y sal y arena removida.
El tronco que se mece junto a la catarata
si no cae siempre está
a punto de caer pero aferrado
a la roca que frena la corriente.
Uno aún no se ha ido
mientras que se despide
y se pone el sombrero, el abrigo
y dice buenas tardes o hasta siempre
pero aún sigue ahí, con la mano
en el pomo y el suspendido paso en el umbral.
Y se vuelve y revisa si está en orden
lo que lleva cargado en la mochila.
Aún no mira al frente.
Ya le falta muy poco pero aún
tiene que terminar la despedida
y salir a la calle y enfrentar
la luz del sol de cara,
con los ojos guiñados si es preciso,
y sentir el calor que hace tiempo 

esperan sus mejillas.

©Santiago Pérez Merlo
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Caníbal

A dentelladas sucias arrancando
pedacitos de mí
empiezo por los pies y sigo por las piernas
-¿por qué y para qué querría caminar?-.
Después vienen las manos y los brazos
-¿quién querría dejarse tocar
por semejante monstruo?-.
La barriga, el torso, el corazón,
el cuello, la barbilla...
Me dejaré los ojos
y la boca para devorarlos...

cuando no pueda verte.

©Santiago Pérez Merlo

La rosa

       "¿Cómo vive esa rosa que has prendido...?"
        (G.A. Bécquer)


¿Aún vive la flor que corte para ti?
Sé que no debí hacerlo,
que tal vez no debería
haberla separado de su planta.
Pero ¿qué habría ganado?
¿Unas horas tal vez?
¿Quizás algunos días?
Cuanto mejor vivir,
aún efímera vida,
a tu lado.

©Santiago Pérez Merlo
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Sin dolor

No me duele el amor, ¿cómo podría?
Nunca creí en amores
que duelan o que maten,
ni en que quien bien te quiere
ha de hacerte llorar.
Duele sentirte cerca
(¿se puede decir “cerca”
si en realidad está “dentro”?)
y saberte tan lejos.
No pasa el tiempo
cuando no te toco, cuando
no te oigo
respirar a mi lado.
Y duele el tiempo si se queda quieto.
Están vacía la cama,
el espejo, mis ojos
cuando no te veo.
Y duele la ceguera.
Me duele la distancia de ti,

que estás tan dentro.

©Santiago Pérez Merlo

Otro tiempo

En la tarde del mundo cae mi noche
y mi cuerpo amanece
cuando la ciudad duerme.
La mañana es la misma para todos,
pero dura tan poco la mañana
cuando llega la tarde... 

¿qué noche es esta noche? 

©Santiago Pérez Merlo

Durezas

Se endurece el cielo a veces.
El gris ya no son perlas.
Es un plomo que pesa como anilla
en la pata del halcón
que quieres proteger.
No se puede vivir
para siempre en el azul
porque no es cierto.
Y siempre es preferible la verdad: incluso
cuando pesa.
Ahora, por ejemplo, el sol está cayendo
y el cielo es amarillo.

Como de mantequilla.

©Santiago Pérez Merlo

Refractados

Delante del espejo hay una mujer.
Al otro lado, un hombre.
Pero ambos son dos caras
del mismo ser humano.
Ambos miran curiosos, sorprendidos de ver
lo que no se veía.
No se han desdoblado,
no han cambiado de sexo.
Cada uno es quien es
y cada uno es el otro.
Y no ven un reflejo. 

Lo que se ve es amor.

©Santiago Pérez Merlo

Paréntesis

Lo que empezó
cercado, breves lapsos
de tiempo acordonados
entre las anodinas parrafadas
de la vida
es ahora el hilo principal,
la trama que sostiene
mi cansado argumento.
El resto de mi vida queda fuera

(encerrado).

©Santiago Pérez Merlo

Ahogado

No he sido yo quien ha llegado al mar.
Ha sido él, olas encabritadas,
quien arrancó la puerta de su marco,
corrió por el pasillo en furiosa marea
e inundó el dormitorio
y provocó el naufragio de la cama,
-enclenque y ruda balsa de madera-
y me arrastró a su fondo,
pulmones anegados, perdida la conciencia 
pero abiertos los ojos al abismo
de peces y corales y medusas 
que bailan la canción de Leonard Cohen
hasta el fin del amor
                                     o más allá.
Es una suerte aún, a pesar de mi edad,
creer en las sirenas.

©Santiago Pérez Merlo

La caza

Sal de la madriguera,
otea el horizonte.
El temblor de la tierra que te asusta
no es una estampida,
no hay linces, no son lobos.
Son solamente miles de conejos como tú,
que corren asustados
porque no hay cazador y temen
a lo que no se ve.


Un águila, en el cielo,
planea divertida...

pero nadie lo advierte.

©Santiago Pérez Merlo

Circo

Hay domadores, magos,
contorsionistas, acróbatas y focas
amaestradas que juegan
aburridas con un pelota
por una sardina.
Y hay un jefe de pista a quien nadie ve.
Pomposo y ridículo
en su invisibilidad,
con su chistera ajada y su casaca roja
desteñida.
Hay luces y trapecios.
Se venden palomitas y globitos.
Los artistas se aplauden los unos a los otros:
la grada está vacía.
Fuera, en su carromato,
a medio maquillar, 

llora el payaso tonto.

©Santiago Pérez Merlo

Teatro

Ya no sé dónde estoy.
No sé si vivo aquí
o vivo en la cabeza
de alguien que me soñó.
Tal vez soy yo
quien tiene en la cabeza
la vida de los otros
y la mía no es
más que otra invención
en la mente de alguien.
Tal vez soy otro personaje
en busca de un autor
que me dé vida.
Tal vez por el contrario
la vida es sólo esto.
Pero todo está oscuro
en el proscenio:

La commedia è finita.

©Santiago Pérez Merlo

Sonidos

La bocina de un barco
que se aleja, el sollozo
de un niño a media noche,
el lamento de un ave atrapada
en una jaula -y lo llamamos trino-,
el frenazo del coche que no puede
evitar el atropello.
Una misa de difunto o una
sinfonía de Mahler.
El crujido de un hueso
que se rompe, una mano
que golpea en un rostro indefenso.
El aullido de un perro
que ha perdido a su amo
en mitad de la noche.
Y sin embargo a veces,
el sonido más triste 

es el silencio.

©Santiago Pérez Merlo

No sé

Caminar, quedarse quieto.
Esperar lo inesperado y no saber
a ciencia cierta qué nos deparó el pasado.
Soñar despiertos y engañar
al insomnio con los sueños
que otros nos contaron.
Escribir lo que otros ya leyeron
y leer entre brumas
versos que aún no se han escrito pero veo
con total nitidez
cuando lanzas tu mirada al horizonte
y las olas de tu océano
se vienen a morir a esta ciudad sin mar.
Abrazar lo incorpóreo y sentir
la caricia invisible de la mano real
que no nos toca y pasa
como un fantasma burlón a través de nosotros
(queda el escalofrío).
Confundir la soledad con estar solo,
la nostalgia con el anhelo.
Abrir una ventana conocida y contemplar
otra vista;
como si cada puerta, cada umbral,
perteneciera a un mundo
al que no perteneces.
Y no saber, no saber, no saber…
cuál es en realidad

la vida.
©Santiago Pérez Merlo

Canto al amor

Canto al amor y canto
sin importarme que otros lo hayan hecho antes,
sin que me tiemble el pulso
por abusar de palabras gastadas.
Canto al amor y canto
contra quienes afirman
que ya se le ha cantado hasta la saciedad,
que no tiene valor esa palabra.
Canto al amor y digo
amor entre los hombres y mujeres
y entre unas mujeres y otras
y entre hombres.
Canto al amor y digo
amor al despertar y en el ocaso
y digo amor a dios para quien crea
y amor a la verdad si queda alguna.
Canto al amor y pienso
que es verdad que él mueve
el sol y las estrellas y ojalá
dirija el universo y la vida en la tierra.
Canto al amor y pienso
que falta amor por dar y que jamás
debemos renunciar al privilegio
de sentirnos queridos y querer.
Canto al amor y amo
que tu risa me mire y tus ojos me rían
porque canto al amor y es a ti, mi amor, 

a quien estoy cantando.

©Santiago Pérez Merlo

Animal racional


"Ten cuidado, podrías lastimarte"
a menudo equivoca el pronombre.
"Es por tu bien"
significa las más de las veces
que es sólo por el propio.
La trampa evolutiva
del hombre es la razón,
que disfraza a menudo de bondad
el instinto egoísta,
de la supervivencia,

del animal que fuimos.

©Santiago Pérez Merlo

Fantasmas

Hace poco les llamé hijos de puta
y otro día inventé para ellos
un combate a infinitos asaltos...
Y tal vez fui injusto, tal vez
también a veces ellos
se sienten solos, tristes
y necesitan de mi compañía.
Seguramente, no todos sean tan malos
o no sean malos siempre
-es lo mismo que ocurre con los hombres-.
El problema es que a menudo
resulta complicado distinguirlos
como una mentira de una verdad a medias
porque flotan a nuestro alrededor
y se hacen visibles o invisibles,
bondadosos o fieros,

a su antojo.

©Santiago Pérez Merlo

El combate

El viejo boxeador sube al ring
con la derrota cosida a los guantes.
Se cansó de pelear,
pero no sabe hacer otra cosa.
Aún lanza puñetazos,
la mayoría al aire.
Tiene enfrente
a un hombre más joven,
más alto y más ágil
que le mira con sorna:
anticipa su victoria por k.o.
El viejo boxeador también lo sabe.
Sabe que es inútil la pelea,
pero en este combate
no se puede arrojar la toalla.
Sólo queda subir y pelear,
pelear y encajar cada golpe
y mantenerse en pie
cada vez más ajeno
a todo cuanto hay alrededor
-gritos enardecidos, campanas,
instrucciones, alguna sutura-.
Ya no es su pelea
y sin embargo sigue
tratando de golpear.
En el ring está sólo.
Rodeado de fantasmas.


©Santiago Pérez Merlo
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Robert De Niro en "Toro Salvaje"

Tres palabras

Despertar por la mañana y recordar
que a medianoche, casi en sueños,
alguien te dijo algo en el oído...
Pero allí no había nadie.
Tal vez fue... creíste oír...
quizá sonámbulo escuchaste...
O leíste... 
¡Sí! Eso fue, 
fue algo que leíste medio en sueños 
y que ahora recuerdas con total nitidez: 
era un poema, el más bello poema
que jamás se haya escrito.
Y tenía tan sólo dos palabras.
Quizá tres.


©Santiago Pérez Merlo

Animal

Soy un animal...
Y aquí podría, ahora que lo pienso,
acabar el poema.
Pero iba a decir "animal de costumbres".
Porque no es igual un día al anterior
si no hay un buenos días;
no es igual el café
de las once ni es igual
la espera de la tarde de hoy
si ayer la compartimos.
Por supuesto no es igual
que pasen muchas horas
si no dices o no digo "te quiero".
Y no es igual la noche sin sentir
tu latido.
Y, con todo y con eso,
aún soy más animal
que animal de costumbres...
porque no me acostumbro 

a no dormir contigo.

©Santiago Pérez Merlo

Lo posible

Imposible atrapar
el aire que deja tras de sí
el aleteo de una mariposa.
Porque no es la mariposa lo que quieres.
Ni el polvillo de hada
que abandona en su vuelo.
Imposible retener sólo el silencio
entre las notas de la melodía.
Pero no es la sinfonía lo que quieres.
Y te miran como a un loco
y a veces te preguntas si no será cierto,
si se puede vivir
persiguiendo imposibles.
Pero quién quiere vivir 

sólo con lo posible.

©Santiago Pérez Merlo

Flor

Qué importancia tiene
que yo muera en silencio
si el silencio
da la vida a la rosa.
Mil veces mejor es
ver vivir a la flor
que la vida de un poeta.
No precisa la rosa
que ningún poeta la cante

para seguir siendo ella.

©Santiago Pérez Merlo

Vistas

Algunos días, no consigo ver el mar
desde mi ventana de Madrid.
Los árboles parecen crecer
por encima de tejados y azoteas
y bandadas de pájaros negros
oscurecen el cielo
como nubes de tormenta
y anidan en mis ojos,
llenándolos de espinos y de ramas.
Cuando no veo el mar,
parece que me falta
su latir y la vida
que me traen otros días
las mareas y el aroma de sal.
Cuando no veo el mar,

dejo de ser poeta.

©Santiago Pérez Merlo