Terquedad

Me golpeo una vez y otra vez
y una vez más
contra la misma piedra,
convencido como estoy de que al final
mi cabeza sea de viento, de agua,
y la erosione.
Pero no.
De mi cabeza sigue manando

únicamente sangre. 

©Santiago Pérez Merlo


Aunque

Eres un pobre hombre
ni tan siquiera digno
de conmiseración.
Te has creído
algo que nunca fuiste.
Pero el espejo es terco:
el espejo te escupe
tu verdadera imagen
aunque le des la espalda.
Eres un pobre hombre.
Con todas las miserias
de cada pobre hombre
que pasó antes de ti por este mundo.
Por este mismo mundo que tú inventas
y pintas de colores,
de palabras bonitas...
Y sigue siendo gris y estando lleno
de palabras horribles,
como esas verdades
que te escupe el espejo
aunque le des la espalda.
Porque no hay párpados
para los oídos.
Y porque en el fondo de tu alma sabes
que eres poco más que un pobre hombre.
Aunque te creas poeta.
Porque un poeta también
-o sobre todo-
es sólo un pobre hombre.


©Santiago Pérez Merlo

Manual básico para una correcta visión

Para no ver el mundo, para no ver al otro
basta con mirar sólo el propio ombligo.
Para no verse a uno mismo basta
evitar los espejos y las introspecciones,
que no suelen llevar a ningún lado.
Si a pesar de todo, usted,
quiere mirar el mundo y quiere ver al otro
y verse a sí incluso,
sepa que puede verse
solamente con los ojos
o con el corazón –el paso por el cerebro
no es científicamente negociable-.
Pero asegúrese de que ese corazón
está bien graduado: el daño
de una visión borrosa o muy oscura
podría llegar a ser irreparable.
Para lo que usted ve en sueños,
no hay remedio posible; como mucho
tratar de no soñar… o aplicar cuando despierte
el remedio ya citado en los versos tres y cuatro.



¿Sabe qué? Lo mejor para no ver es que no mire.
Deje incluso de leer: está perdiendo el tiempo.

©Santiago Pérez Merlo

Iceberg

Me sumerjo, buceo
hasta encontrar lo oculto

-“es hielo abrasador, es fuego helado”-
y lo abrazo porque eso es lo que quiero,
no la pequeña parte
que emerge
y confunde a los barcos.
Yo prefiero quedarme con la parte más grande,
en las profundidades... aunque
me abrase o arda.
Abrazado a ese hielo respiro.

©Santiago Pérez Merlo

Náufrago

A duras penas floto
agarrado a este tronco que la sal 
va corrompiendo inexorablemente
en el mar de las dudas donde habitan, 
como oscuras criaturas abisales, 
certezas que no osan emerger:
la luz las mataría;
deben permanecer allá, en el fondo. 
Yo sé de su existencia 
y acaso ellas también me ven a mí,
flotando a la deriva. 
Cada uno, quiera o no, ocupa su lugar.

©Santiago Pérez Merlo

La ceguera

Tú ves luz donde yo veo sombra.
Y yo no veo más luz
que la que sale de ti: justo
la que a ti te cuesta tanto ver.
Pero no existe otra. Nada más
alumbra mi camino
que es todo oscuridad
si tú no me lo alumbras...
Y aún así, a veces -demasiadas veces-,
mis ojos se cierran solos y no ven.
Porque no ven mis ojos
si mis manos no te tocan.
Soy un ciego sin bastón 

ni perro lazarillo. 

©Santiago Pérez Merlo

La pieza

Algo se ha roto. Sentí
el crujido no sé dónde pero dentro.
Es un lugar oscuro al que no alcanzo.
Y trato de hurgar, dar con la pieza
para recomponerla, unir
sus pedazos ahora separados.
Pero no sé si la encuentro o, 

si es esto que toco,
si aún tengo la fuerza suficiente
para juntar las partes.
Quizá deba simplemente olvidarlo:
seguir caminando como si cada cosa
estuviera en su sitio,
como si no hiciera falta estar completo

para moverse entre los vivos.

©Santiago Pérez Merlo

La Caverna (IV)

Agotado, exhausto:
quiero volar y los brazos me pesan
porque no son alas.
Y si fueran alas serían de plomo.
Ya no es que camine o que me arrastre:
ahora la gravedad me lleva más adentro,
al subsuelo, por debajo
del barro y de la arena de la playa
que añoro:
hacia la obscuridad.
Demasiados intentos, querida Campanilla:
ya no me quedan fuerzas
para salir una vez más 

de esta caverna.

©Santiago Pérez Merlo

Felicidad

¿Y por qué no ser feliz?
¿Por qué no prescindir
tranquilamente 
de lo que duele y daña?
¿Por qué no buscar la luz 
que hay siempre detrás de la sombra?
¿Por qué no transformar en alegría 
toda suerte de tristezas?
...
Pues porque, sencillamente, a veces,
maldito imbécil adalid
del “buenismo” y de la dicha,
la vida es una puta
que no admite como pago 
una sonrisa.

©Santiago Pérez Merlo

Piedra

En ocasiones me convierto en piedra
porque quiero ser fuerte.
Quiero permanecer
inamovible, inerte e insensible.
Pero llueve y me desgasto,
sopla el viento y me erosiono.
Y aún así, incluso convertido
en arenisca,
aunque pequeña, permanece en mí
la esencia de la roca.

Debe permanecer.

©Santiago Pérez Merlo

¿Cómo puede...

¿Cómo puede doler
la ausencia si es vacío?
Si tu no estar, me vacía de mí
y me convierte en nada
que vuela a ningún sitio.
¿Cómo puede un agujero contener
otro agujero?
¿Cómo puede la nada ocupar
tanto espacio? 

©Santiago Pérez Merlo

Alma

Solamente cuando noto
tu cuerpo junto a mi cuerpo
siento que podría existir
eso que algunos 
llaman alma. 

©Santiago Pérez Merlo

Pero vivir

La vida no transcurre por sí misma
como un ente abstracto
que tuviera alma propia y decidiese
ir avanzando a tientas
por el eterno pasillo del tiempo.
Quizás a veces nos parezca así,
pero la vida
es lo que cada día vas viviendo:
vas riendo, llorando, siendo feliz… o no.
Tal vez parece una perogrullada
-suelo escribir así: las cosas obvias-,
pero la vida
tiene mucho de cuanto cada quien
considere estar vivo.
Por eso hablamos
de muertos vivientes, zombies,
y muertos en vida.
Por eso existen igualmente algunos
seres vivos que caminan
entre las sombras de los cementerios
y el olvido
y la nada.
Por eso, a veces, digo que estoy vivo…
Pero vivir, si tú no estas aquí,

es otra cosa.

©Santiago Pérez Merlo

Donante

No gastaré
ni una gota más de mi sangre
en la absurda transfusión que cae
en el cubo vacío
en lugar de insuflar vida en otra vida.
Donante de órganos que llevan ya
tanto tiempo acabados que no sirven para nada.
Hígado que no filtra, pulmones quemados,
córneas ciegas a cuanto me rodea.
Y un corazón
incapaz de volver a latir
en un cuerpo que no sienta a su lado 

tu latido.

©Santiago Pérez Merlo

¿Yo?

Diminutos destellos de luz
se filtran hasta el fondo
en el oscuro valle de la sombra.
Ninfas y brujas bailan
en perfecto aquelarre.
Las viejas bocas desdentadas ríen
y las dulces sonrisas de las hadas
esconden graznidos.

Felicidad y angustia danzan juntas.


Nostalgia del futuro y razonable
temor sobre lo incierto del pasado.
La cabeza boca abajo en el espejo
para verte del derecho y ser
un hombre que camina como todos los hombres.
Jaulas de oro y campos libres
sembrados de estiércol
en los que no se posarían ni los buitres.
Libertad y esclavitud se abrazan.

Celoso posesivo de tu independencia
y libertino fiel.
La gota de agua dulce en el océano
y el grano de sal en la mitad del lago.
La palabra no dicha que lo dice todo
y lo escrito que apenas dice nada.
El tiempo detenido
que vuela como halcón tras la presa avistada.
La vida y la muerte confundidas en el beso.

©Santiago Pérez Merlo

El ataque

Sólo el ruido lejano, 
que hasta puedes desoír si te concentras 
en ese trino aislado,
en el crujido de una rama 
bajo tus pisadas y el “tris tris”
que parecen hacer 
las patas de ese perro que camina a tu lado. 

Y de pronto el mordisco, la garra 
que se clava en el costado,
rasga la carne y rompe los silencios.
Tu recuerdo que ataca
cuando menos lo esperas.
Ese dulce dolor que es ver tu imagen 
cuando no te veo. 

©Santiago Pérez Merlo

Río

Está completamente seco
el cauce del río y sin embargo
lleva como un rumor secreto
de agua subterránea 
que no tuviera fuerza  
para abrirse camino entre las piedras
y las malas hierbas agostadas
y aflorar.
Hoy no camino junto a él: hoy
soy el río.

©Santiago Pérez Merlo