La tormenta

Vengo a la vida como
una tormenta fuerte de verano.
estruendosa y anhelada,
refrescando
el aire y los jardines, los paseos,
alborotando playas,
descargando con furia o alegría
según quien la contemple.


Pero es un instante fugaz,
una nube oscura y pasajera
que apenas dura el parpadeo
de un relámpago lejano.
No queda más que algún pequeño charco
que se va consumiendo.
Poco después,
no queda ni la mancha 
de humedad en el asfalto.

©Santiago Pérez Merlo

Esto

No lo llames tristeza, la tristeza
ocuparía un lugar, podría dibujarse,
tendría seguramente límites definidos.


No es nostalgia, tampoco, la nostalgia
se disfraza a menudo de anhelo,
de viaje al futuro saltándose el presente,
partiendo del pasado.


No lo llames ansiedad, la ansiedad
implica movimiento, convulsión
y yo no soy capaz
de salir de este letargo.


Si quieres que busquemos una definición,
hablemos de congoja, o de hastío,
de arrastrarse por los días
con la exasperante lentitud de lunes grises
y tardes de domingo.
Hablemos de ese nudo que se forma
en el pecho y en las tripas,
que agarra la garganta y la comprime
y deja respirar
solo para que sientas 
el dolor de lo vacío.

©Santiago Pérez Merlo

Lo otro

No lo llames alegría, la alegría
la encuentras en las fiestas,
en los días de sol y las cosas absurdas.



No es contento, tampoco, el contento
es la satisfacción, la risa franca,
no esta media sonrisa que no sabes
desde dónde ha nacido.

No lo llames bienestar, el bienestar
es la paz interior, es la serenidad
y no esta agitación
continua
que no para de acariciarte el alma.


Si quieres que busquemos una definición,
hablemos del amor o de la dicha,
de celebrar los días y las noches
con la desorbitada infinitud del sentimiento
más antiguo
y más puro que existe.
Hablemos de esa luz que se propaga
desde dentro hacia fuera
y hacia todo
y te hace brillar
para que al fin alcances
la plenitud de lo vivo.

©Santiago Pérez Merlo

La caverna (II)

Ya desperté de nuevo.
Platón no ha venido
a visitarme.
Campanilla no existe
y yo jamás seré 
racionalista
porque vivo encerrado
en el sueño más profundo
de la razón.
Tal vez por eso vivo 
en esta cueva.
Tal vez yo sea un monstruo.

©Santiago Pérez Merlo

Onanismo

No puedo cerrar
los ojos. Necesito
dormir y sin embargo
hace más de de diez días
que no duermo.
Tomo decenas
de cafés y procuro
estar despierto.
Porque cierro
los ojos y te veo: no,
no te evoco, no son
ensoñaciones. Cierro
los ojos y te veo desnuda:
veo tus pechos
apuntarme a la cara,
veo tu sexo
que me llama por mi nombre,
me reclama, veo
tus larguísimas piernas
que me atrapan
por la cintura y claman
para que me introduzca
más adentro de ti,
hasta perderme.
Veo tu cuello
que se contorsiona y busca
mi boca sedienta...
Y es una tortura. Cierro
los ojos y no
puedo tocarte.

Pero me toco yo,
de forma compulsiva 

como un adolescente...

©Santiago Pérez Merlo

La carta

Qué cosa tan absurda ¿verdad?
-y más en estos tiempos-:
elegir un papel, tomar la pluma
y escribir -esa letra ilegible,
apretujada-, dejar que vuelen
sobre el folio las letras sin pensar,
verter, volcarse en cada trazo
sin atender a la caligrafía,
dejar que el corazón
dirija la muñeca.
Encerrar en un sobre los te quiero,
poner un sello y confiar
en que todas las manos
por las que han de pasar
los mimen, no los pierdan,
los acomoden lo mejor posible
hasta llegar a ti, a tus manos
sorprendidas
por el trazo y el remite conocidos.
Imaginar
cómo rasgas el sobre
con qué sorpresa lees
-aunque ya las conoces-
las palabras que escribí
hace ya días 

pero que no han perdido su vigencia.

©Santiago Pérez Merlo