La fe

Estas tumbada boca arriba
casi desnuda.
Sólo un trozo de sábana
te cubre desde debajo del ombligo
hasta más o menos medio muslo.
Abres los brazos y me llamas.
Yo caigo de rodillas
y alzo los ojos al techo:
Bendícenos, Señor, y bendice
estos alimentos que vamos a tomar.”
Tú te partes de risa
y te arrancas la sábana de cuajo.
Y mientras trepo hacia ti,
recuerdo a San Agustín
y me pregunto
¿En qué pensaba, señora,
cuando no pensaba en ti?
¿Dónde estaba yo
cuando no estaba contigo?”.
Estoy a un beso de profanar
el paraíso
cuando tus ojos me dicen:
“Señor, no soy digna de recibirte,
pero una palabra tuya
bastará para sanarme…”
Y repito tu nombre.
Amén.

©Santiago Pérez Merlo

¿Otoño?

Oigo la lluvia repicar en el alero,
miro las hojas volar por las aceras
y no les veo la poesía 
ni la gracia.
A estas alturas,
qué quieren que les diga,
prefiero el tibio sol y la templanza 
a las ciclogénesis y las tormentas.
Que conste que no me quejo,
como no me quejaba 
con los cuarenta 
grados a la sombra 
del último verano.
El clima no me afecta.
El calor y el frío
que me importan 
son los que van por dentro.
Lo demás, 
elementos ajenos
que uno combate 
sin apenas esfuerzo:
como quien manda torres,
alfiles o a su reina 
a devorar peones…
Perdió el verano la poesía
cuando nació el aire acondicionado.
Y la lluvia de otoño 
el ritmo de los versos
cuando algún cretino 
se inventó el paraguas
y ya no hay aguacero 
que te cale por dentro.

©Santiago Pérez Merlo

Biblioteca


Ordenar la biblioteca tiene algo
de ordenación del alma,
de ejercicio terapéutico e introspectivo
que conviene realizar de vez en cuando.

Según el ánimo,
se puede reordenar por épocas históricas
-este clásico acá,
en el extremo opuesto
                                                            una vanguardia…-,
por temas recurrentes
-amores imposibles y rupturas,
al fondo
                                                            a la derecha;
amores de andar por casa,
consérvense en la mesilla de noche,
por si acaso…-
o por el más académico alfabeto.

En todo caso,
moviéndolos con mimo
y procurando
que no pierdan
una mota de polvo si la hubiere
(son ellas quienes marcan
el tiempo de reposo)
los libros nos dirán
cómo se encuentran.
Brezmes conversa en animosa charla
con Bertolt Brecht,
algo aburrido ya
de Bécquer y de Benedetti.
Mariano Crespo mira
como quien mira a un niño,
conmovido,
las canciones infantiles
y los colores de Darío.
Un poco más allá,
García Montero
se ha partido
en dos estanterías
no sabemos
si por darle la espalda a Garcíalorca
o anhelante de seguir a Ángel González.
Casi al final,
Rimbaud, Salinas,
William Shakespeare
alzan las cabezas
para olfatear
el mar de muerte de Paul Valery
y las hojas de hierba
de Walt Whitman.

Sobre ellos,
en alegre desdén
sobrevuelan
ediciones de bolsillo
y los volúmenes más manoseados
de los poetas que siempre van conmigo,
aquellos
que no nombro.

©Santiago Pérez Merlo


Primeras marcas

La conociste en uno de los bares más pijos de Madrid,
donde acuden en manada las chicas más pijas de la capital
y hordas de las pijas menos chicas de provincias.
De lejos -y casi más de cerca-, te repugna la morenez de rayos uva
y cercos de mapache por contorno de ojos.
No soportas tampoco las mechas rubias
sean de California o de la Costa Este…
Pero es tiempo de hambruna.
Todo glamour, todo primeras marcas en el minúsculo atuendo
y una conversación que no pasa de agradable: es abogada.
Se caldeó la noche como puede ocurrir en ciertos casos
menos frecuentes de lo que quisieras
y su Mini Cooper de asientos de cuero
os trajo hasta tu casa de extrarradio.
La última cerveza -marca blanca- estaba sin embargo deliciosa…
Peor suerte notaste que corrían
tus holgados calzoncillos de colores
y seis euros el pack de tres o cuatro.
Media sonrisa que asoma condesdencia… luego, ya los conocías.
Las sábanas (“Primark”, se dijo como para sí) tampoco
parecieron ser del todo de su agrado… ergo ya las conocía.

Pero aún fue peor cuando llegó mi turno.
No tuve más remedio que echarla de mi cama.
El coqueto tanga negro era Victoria Secret´s, sí….
Pero tenía no menos de cinco temporadas.

©Santiago Pérez Merlo




Soledad

Soledad es no saber
si roncas por la noche,
no saber qué decir al dentista
que se interesa por tu bruxismo.
Soledad es no negociar con nadie
la comida del día siguiente
ni escribir interminables listas
de la compra a cuatro manos.
Soledad es contarle tu vida
al primero que te cruzas
porque se te acumula
el silencio en la garganta.
Soledad es que la respuesta
a la vieja máxima del periodismo
-qué cuándo cómo donde-
sea siempre "lo que te da la gana".
Soledad es también
no tener que decir
nunca lo siento
por entrar, por salir,
por dejar la puerta abierta,
entornada o bajo siete llaves
de seguridad
contra las malas compañías.
Soledad no es sólo
que nada de eso importe.
Soledad es que, en el fondo,
todo eso te haga feliz.

©Santiago Pérez Merlo