La feria

Si vivieras en Madrid,
estarías a estas horas -como yo-
quejándote del calor y disfrutando 
del olor de los libros y las plantas. 
Si nuestras raíces 
se hubieran puesto de acuerdo 
como hicieron nuestras ramas 
y las hojas -de árboles, de libros-
que dejamos volar. 

Lo peor son los conocidos,
los que preguntan por ti 
inocentes y extrañados de no verte. 
Los que incluso comentan 
si no hemos pensado vivir juntos.
¿Qué responder? 
¿Ponerme tal vez a dar explicaciones? 
Mejor, simplemente alejarme,
sentarme en otro banco y leer
otros poemas que no hablen
de aquellas otras ferias…

Conmigo

Mirar ayer, atrás, al tiempo pasado,
y no ver nada. 
Tratar de atisbar el futuro incierto
y no ver nada.
Otear el valle desde la cima vacía 
y no ver nada.
Levantar la vista al cielo de los supuestos dioses
y no ver nada. 
Mirar en derredor, trescientos sesenta grados, 
y no ver nada.

No estás solo. No estás ciego.
No ves nada porque nada hay afuera:
lo tienes todo. 

Tantas leguas mar adentro…

Tanto añorarte, tanto 
cantarte sin gracia,
repitiendo lo ya dicho 
por tantísimos poetas de verdad.
Tanto darte la espalda, tanto
mirarte de frente. 
Y sumergirme y sentir 
el agua alrededor y dentro:
la piel alimentando al corazón.
Tanto desearte, tanto
reposar la mirada en tu calma.
Tanto enfurecerme con tu furia 
de olas y de rocas sin saber
que esa, eterno cambio de luna,
es tu naturaleza. 
Tanto amarte, tanto
amor de mar para morir 
tantas leguas mar adentro
del amor; tanto amor adentro
de la mar. 


(“Tantas leguas mar adentro”(“tantas légoas mar adentro”) 

es un verso de Rosalía de Castro). 

El río

El río se ha llevado las ramitas
que lanzamos para verlas navegar. 
En su corriente desbordada arrastra 
las flores y las pequeñas piedras 
que fuimos dejando para no perdernos… 
aunque siempre supimos -al menos, yo lo supe- 
que volver no era una opción.
Atrás, en la orilla, han quedado, apagadas, 
las farolas; las jaulas y los balcones
que siguen abiertos: unas pocas aves
decidieron no volar. Otras lo han hecho,
a pesar del temor al ruido del torrente: 
son las que saben que la vida avanza,
incluso hacia ese mar desconocido
que muestra con furia el viaje de vuelta…
imponente pero inútil, el esfuerzo.

Una última rama, de repente, 
se ha aferrado a una roca solitaria.
Ambos son los primeros en desaparecer,
sumergidos: vivos o muertos ya
para nunca y para siempre, vigilados 
por la falsa sonrisa de la luz del horizonte.

Dichosa memoria

¿Quién eres? Me suena de algo
haberte conocido, quizás 
en otra vida. 
Me eres familiar como alguien 
con quien se ha compartido mucho tiempo. 
Recuerdo a alguien que reía a menudo,
disfrutaba de todo y sólo lloraba
cuando había que llorar. 
Creo que hablé mucho contigo
-disculpa, ¿puedo tutearte?-
de lo divino y de lo humano 
y que no siempre estuvimos de acuerdo.
Recuerdo ese cuerpo y esa cara, 
casi como si hubieran estado 
dentro de mí… o yo dentro de ellos.
No sé, tal vez sólo 
he soñado contigo -o con usted-
pero debió de ser vívido el sueño
porque hay algo en ti, ya te lo he dicho,
enormemente familiar…
Quizás me ayudaría a recordarte
que salieras de ese espejo.

En busca del tiempo…





¿Qué haces ahora con todo ese tiempo
que perdías conmigo? 
Horas de conversaciones, de paseos,
de poemas leídos por turnos, 
de mensajes y canciones…
¿Te habrás multiplicado en las redes sociales?
¿Estarás aprendiendo a tocar el piano?
¿Habrás sucumbido al virus del gimnasio?
¿O habrás vuelto a pintar, 
a leer por fin los libros postergados y ver 
aquellas películas que tenías pendientes?
Tal vez -pero eso no debo preguntarlo-
simplemente hayas cambiado el nombre 
de aquel con quien hacer las mismas cosas.
O quizá, como a mí, las horas se te vayan
contemplando el cielo, esperando un eclipse 
o ver si una noche 
vuelve a brillar la estrella que miramos…
Sí: “aquella, la nuestra”.