Nadie

Nadie sabe leer.
O no sabe.
Nadie sabe escribir.
O no sabe.
Nadie sabe lo que sabe nadie.
Y nadie lo sabe.
Nadie no tiene nada.
Y nada tiene.
Nadie no es nadie.
Y nadie, es.


Mi nombre es Nadie. 

©Santiago Pérez Merlo

Lo peor

Lo peor
              de todo es
que sabíamos las cosas
que fingimos no saber.
Pero, a pesar de ello,
nos aferramos vanamente
a la esperanza de que todo cambie,
que dé un giro de ciento ochenta grados
y el suelo se convierta en cielo,
las nubes en arena…

Y arrastrarse sea volar.

©Santiago Pérez Merlo

De colores

Hay días que la vida se conjura
para pintar de gris como un Rey Midas
de “todo a un euro” lo que tocas.
Los gorriones graznan, los gatos
en la calle se pelean
por el último plato de leche
que les dejó la pobre viuda loca
a la que, hoy, volvieron a llevarse en ambulancia.
Y los ordenadores se estropean
y las cuentas no cuadran
y no acaba de irse ese molesto
dolor en el oído...
La vida hay días en que se conjura
para que se haga enormemente complicado
vivir sin más, como si tal cosa.
Pero a pesar de todo hay que vivirla
y dar gracias a dios por estar vivo.
Y ensayar la mejor de las sonrisas
-aunque llores por dentro
como el viejo payaso que vuelve
irremisiblemente a mis poemas-
para que esa niña de la trenza
y esa otra que viene por detrás
junto a una mujer que la lleva de la mano
sonrían, sean felices...

E iluminen con su risa tu día gris.

©Santiago Pérez Merlo

Dos manos

Sólo tengo dos manos y no alcanzan
a hacer todo el trabajo que quisieran:
no levantan las losas que te oprimen,
apenas te sostienen y no avientan 
el aire que te falta si te ahogas.

Con la derecha escribo algunos versos
y con la misma tacho y sobreescribo.
Y la izquierda la observa incrédula e hiriente:
sarcasmo de quien ve el trabajo inútil.

No sirven 
para tocar un piano, una guitarra...
que te hagan bailar con los ojos cerrados
cuando nadie te ve.
No saben -aunque intentan- modelarte, tallar
el delicado material del que están hechos 
los sueños de tu cuerpo.

Pero, ¿sabes?, 
me conformo si una de ellas vale
para aliviar tu peso y cargar tu maleta
o secar 
la lágrima que rueda en tu mejilla;
poner un sólo dedo 
encima de tus labios y que haga brotar
cual varita de mago una sonrisa.

Si me dejas... si te dejas, me conformo 
si sirve con tomar en una mía 
una sola de tus manos y ayudarte a cruzar
el umbral de tus miedos.

©Santiago Pérez Merlo

Creer

No solamente me equivoqué de dios
entre tantos como había para elegir.
Me equivoqué también
de profeta, de gurú, de hechicero,
de palabra sagrada.
Confundí cielo e infierno, limbo,
madre naturaleza y muerte natural.
Confundí paraísos y parnasos...
Incluso me equivoqué de bares y tabernas,
de cenáculos y contubernios.
De todo, en todo
me confundí o erré.
Hasta que descreí incluso de mí mismo:

ahí no hay posibilidad de equivocarme.

©Santiago Pérez Merlo

Enjaulado

Como uno de esos viejos leones 
de los zoos,
cansados y aburridos
pero aún conservando la sabana
en la retina  -o quizá sólo en los genes-
doy vueltas por la casa y recorro el pasillo
y abro y cierro armarios y acaricio 
los pocos enseres tuyos que hay aquí.
Y me vuelvo a sentar
o cojo un libro en el que apenas puedo
fijar la atención.
O abro la nevera pero no hay gacelas vivas para cenar.
El viejo león está aburrido y solo
en esta jaula de su propio pensamiento.

©Santiago Pérez Merlo