Nunca le corté el rabo a una lagartija
como hacían otros niños de mi edad.
Nunca corté las alas
ni siquiera de una mosca
o de una mariposa.
Me cuesta incluso pisar a una araña
o a una cucaracha, aunque las odie.
Una vez, encontré un pez
boqueando en la orilla
y lo llevé mar adentro.
En otra ocasión,
al caerme de una bicicleta,
encontré a un pajarillo herido
y traté de salvarlo
con mis manos manchadas de sangre.
Y salvé a otro gorrión de la boca de un gato
que, pobre de él, sólo seguía su instinto.
No. No soy mejor que nadie.
No soy el San Francisco que una vez me llamaron
por mi cara cetrina.
Pero, tal vez... sólo tal vez,
la vida que me importa no es la mía.