Nubes

A un día de tormenta 
le sigue uno de sol, 
aunque unas cuantas nubes
vigilan el océano 
y miran la ciudad 
esperando una corriente
de aire que las traiga y dejen
aún no saben bien
su lluvia si como risa alegre 
o como llanto.
De momento, están ahí paradas
y son algodonosas y felices 
de ver el mar en calma
y dejarse mirar 
por algún torpe retratista como yo 
que aún no sabe 
que no se puede dibujar 
lo efímero.

©Santiago Pérez Merlo

Juglar

Cómo me gustaría 
ser yo aquel poeta 
que con cada palabra
exhalaba poesía.
Aquel que incluso cuando 
no te decía nada, 
parecía que hablaba 
sólo para tu oído,
tan bellas sus palabras 
y tan dulce su voz.
Aquel que cuando,
-alguna vez lo hizo-,
sí que decía algo,
te arrastraba sin freno
a sus hondos abismos,
a sus oscuridades más preclaras...
te dejaba pensando 
“¡qué hondo!... ¡qué oscuridad tan clara!”.

Cómo me gustaría 
ser yo aquel poeta.
Quizá, tal vez, un día...
Pero no: yo ando por los caminos
y no me paro 
a contemplar vacíos.
¿Un juglar? ¿Un trovador?
Aprendiz de poeta
que pide una propina...
de amor y de cariño. 

©Santiago Pérez Merlo

Tiempo

Sólo camina. Hacia delante siempre.
No le pongas balizas,
no guíes sus pasos, no dejes
que se pare a contemplar la nube,
a aspirar el aroma de la flor.
No te atrevas a tratar de dirigir
ni una sola
de sus zancadas uniformes.
No lo cuentes, no lo digas.
Deja que continúe sólo...


Encontrarás la muerte
sin saber si lo que hubo en el camino
fue la vida.

©Santiago Pérez Merlo

Futuro

¿Por qué vuelve el pasado como aldaba
a golpear la puerta del presente?
¿A quién llama? ¿Qué quiere de nosotros 
con tan impertinentes golpes y a deshora?

No llames; 
ya no vive aquí quien buscas,
se fue: 
dejó atrás la casa de lo que ayer pasó 
y aún no sabe dónde le llevará
el camino.
Sólo hay camino hoy, oculto 
por la maleza a veces 
y despejado el siguiente recodo.

Algún día quizás haya otra casa, 
muchas habitaciones, un hogar humeante...
Tal vez podamos llamarla Futuro.

©Santiago Pérez Merlo

La Ladera

El tocón del almendro 
conserva la huella de unos pies diminutos.
Por el brocal del pozo -aun cegado- 
sube el eco de una risa infantil,
una canción. 
En la leñera se oye
el suspiro de esfuerzo de la primera vez
que el niño fue capaz de alzar el hacha.
Más allá, siguen pasando trenes,
siguen croando ranas junto al río 
angosto que apenas lleva agua, un caño, 
pero con ella canta.

Y si todo sigue igual, 
¿dónde la inocencia de la primavera?,
¿dónde la infancia? 

©Santiago Pérez Merlo

Amor

Ir y volver de un sitio al mismo sitio siempre.
Salir de uno mismo para volver a entrar
y volver a salir en una voltereta
interminable.
Adentrarse en el otro desde fuera de ti
y desde dentro. Y volver a salir y contemplar
sin saber si estás dentro de ti
o si estás fuera. O si dentro del otro
desde dentro de ti o desde tu exterior.
No saber, al final, quién es yo,
quién es el otro y, sin embargo,
ser conscientes de ambas unicidades
y de la eterna unión: de lo infinito.


Así de complicado. Así de simple.

©Santiago Pérez Merlo