A un día de tormenta
le sigue uno de sol,
aunque unas cuantas nubes
vigilan el océano
y miran la ciudad
esperando una corriente
de aire que las traiga y dejen
aún no saben bien
su lluvia si como risa alegre
o como llanto.
De momento, están ahí paradas
y son algodonosas y felices
de ver el mar en calma
y dejarse mirar
por algún torpe retratista como yo
que aún no sabe
que no se puede dibujar
lo efímero.
©Santiago Pérez Merlo