Repaso mis poemas como si fueran viejos
y algunos no han cumplido una semana.
Los veo desde fuera y me pregunto
si volvería a escribirlos y advierto
que hay una amalgama de "tús" en los poemas:

eres la amada cuyo sueño vigilo, 

Foto de Francesca Woodman

eres la amada que se fue,
Tú, 
la amiga que estuvo siempre a mi lado; 

has llegado a ser mi hija o mi ángel de la guarda.

eres el fantasma que no ha desaparecido
porque no desaparecen los fantasmas.
Tú,
la que no existe porque
Yo
te he inventado.


©Santiago Pérez Merlo

Frenética inspiración


Hay días que parece que un poema no basta,
que tendrías que escribir un libro entero
para que no te estalle la cabeza,
para que no te explote dentro el maremoto
de ideas, de sensaciones, de palabras encendidas.

Es como coger un coche hacia ninguna parte.
O mejor: es de noche y viajas hacia el bar
en el que sabes que está la chica de tus sueños,
al menos de tu sueño de esta noche, y cuando llegas
la descubres en los brazos de otro y sólo queda
volver al coche y conducir. Y conducir de vuelta.
Ahora tienes más claro dónde vas
y sobre todo tienes claro desde dónde vuelves.
Pero no puedes evitar disfrutar del viaje,
notar cómo hierve la sangre (o las ideas)
Y ves pasar las rayas de la carretera
y ves pasar las líneas de la computadora
y te ves a ti mismo fluir, e ir y venir, volverte hacia
y desde ningún lado.

Y escribir, escribir, escribir hasta la náusea
y sin aliento porque sientes que debes vomitarlo todo
aunque no tenga orden ni signifique nada
lo que estás escribiendo.
Como un maldito poeta borracho
o viceversa:
tú sólo tienes que mantener la boca abierta,
impedir que se paren los dedos y dejar
que salgan en torrente
el desconsuelo, la felicidad, la angustia,
el recuerdo del primer amor y del último polvo,
la desesperación, la libertad, la pena,
el disfrute de saberte solo y de saber
que puedes no cenar y dejar encendida la luz
hasta las tantas, hasta la hora que haga falta mientras
que las palabras sigan martilleando en tu cabeza.
Y quieran seguir saliendo
y se mezclen reproches y alegrías y llantos
y olvidos y recuerdos.
Que de pronto una voz te susurre, por si lo has olvidado,
que una mujer te dijo hace algún tiempo
que no había que hacer caso a las palabras
de una mujer, sino a sus hechos
y que un hombre te dijo que los hechos se olvidan,
que sus palabras quedarán impresas. 


Y que otro hombre dijo que ojalá el día de la fiebre
la inspiración te pille trabajando y da igual
si tu estás conduciendo por una carretera
y es de noche y no puedes frenar
ni dar la vuelta…
Ni seguir adelante. 

©Santiago Pérez Merlo




Calendario

Podemos resignarnos
a no volver a vernos ni en pintura.
Podríamos fingir una de esas peleas
inflamadas de lloros y lamentos
y adornarla con gritos y portazos.

Podríamos también, ahora que lo pienso,
retirarnos cada uno por su lado, salir
sin despedirnos del encuadre
como en esos finales “abiertos”
en el cine de autor
que nunca comprendimos.

O podemos secuestrar al calendario,
robarle a mano armada
todos los días del año no bisiestos
y tomarnos un café  en cualquier esquina.
O comernos a besos los meses
que falten
para volver a vernos.

©Santiago Pérez Merlo

Trampa (Perspectiva de género)

Él le dijo no importa,
te voy a querer siempre, te perdono
que te hayas acostado con todos los vecinos
y que no tengas nunca
un mimo para mí,
ni una caricia.
Voy a besar el suelo que tú pisas y a desear
incluso tus reproches y tus malas palabras.
Arrástrame, despréciame si quieres que ni así
dejaré de quererte.
Mi luz, mi sol, mi vida...

...

Ella dijo no importa,
te voy a querer siempre, te perdono
que te hayas acostado con todas las vecinas
y que no tengas nunca
un mimo para mí,
ni una caricia.
Voy a besar el suelo que tú pisas y a desear
incluso tus reproches y tus malas palabras.
Arrástrame, despréciame si quieres que ni así
dejaré de quererte.
Mi luz, mi sol, mi muerte...

©Santiago Pérez Merlo

Bonito día

Hace un día precioso con el cielo tan gris,
la lluvia intermitente pero espesa 
y esa ventisca horrible 
que de tanto en cuanto se desata.
Es perfecto el otoño para resbalar
con las hojas caídas y partirse 
algún hueso que te postre por días 
en alguna bucólica camilla.
Es un día precioso en el que sin lugar a dudas 
se multiplicarán los embotellamientos 
y habrá más accidentes que otros días.
Con un poco de suerte,
quizás incluso se produzca 
un horrible naufragio
con un montón de muertos.
En días como hoy,
algún hijo de puta usará como excusa
o como atenuante
los cambios de presión o las rachas de viento
para intentar acabar 
con la vida de alguien 
y tal vez un suicida arrepentido 
no logre desatar
la humedecida soga a tiempo.

Es un día precioso de un otoño perfecto 
para ser un poeta
triste 
de los que adoran las desgracias
ajenas
en sus versos.

©Santiago Pérez Merlo

Árbol

Una idea sencilla, una imagen,
una sola palabra
es bastante a menudo
y al menos en mi caso
principio del poema.




A veces desde ahí la palabra se eleva,
busca el cielo o se expande queriendo
convertir su savia
en verdad innegable,
en dogma o en teorema que aplique
a todo cuanto abarca.
Como ramas que buscan
el rayo de sol que alimente
sus hojas y entibie la corteza

que guarda en ocasiones 
la esencia del poema.

Otras veces en cambio
la misma simple idea,
la palabra exclusiva,
la imagen cotidiana
se retuerce y se hunde
hacia dentro del alma del poeta
y lo clava en la tierra
y lo aferra,
socava su sustrato
y al tiempo se alimenta
de todos los detritos,
convierte la basura
en nueva savia nueva y busca
en lo más hondo
la palabra
final
del poema.

©Santiago Pérez Merlo