Testigo de cargo

He encontrado otro poema escondido
debajo de “El testigo” de Alfonso Brezmes.
Estaba agazapado entre heptasílabos,
construido en versos más largos
y pidiendo salir de su silencio.

Me he acercado hasta él
temeroso,
como se acerca la mano a un perro desconocido,
ocultando el miedo y con la falsa confianza
de quien se cree el mejor amigo de los versos.
No me ha mordido.
Le he preguntado qué quería decir,
de qué se escondía entre líneas esperando
salvarse: el porqué de su silencio.

Y me ha hablado de amor,
de búsquedas imposibles. De laberintos.
De lenguas que huyen de los diccionarios
y se encuentran en los cuerpos.
Me ha hablado de él.
De ti y de mí cada uno a un lado
de un espejo invisible
que nos devuelve nuestro rostro
a pesar de no estar frente a él…
Me ha hablado de otros poetas
que buscaron en él
la inspiración.

Pero no me ha dejado
transformarlo en versos.

©Santiago Pérez Merlo

Bichos

¿Sabes ese horrible ruido
-se parece a un crujido, una especie de
"scracht"-
que hacen las cucarachas
cuando las pisas?

Descubrí hace algún tiempo
que el corazón de una mujer
-si de veras te ha querido-
hace un ruido similar
al romperse,
al decirle "se acabó".

Es deliciosamente cruel.
Si quieres, despiadado.
Y encantador, casi lujurioso...
En serio, mírame a mí:
me he pasado desde entonces media vida...
pisando cucarachas.

©Santiago Pérez Merlo

Unidades de medida

Un centímetro de tu piel es la diferencia en leguas
de cuando estás aquí y cuando ya te has ido.

Un gramo de tu cuerpo contiene
toda la fuerza de la gravedad
que necesito para seguir
pisando el suelo que pisamos.

Un mililitro de tu sangre me bastaría
para hacer trabajar a este corazón
cansado
de bombear esperanzas.

Un milivatio de la luz de tu mirada
me sobra para alumbrar
los rincones más oscuros de mi alma.

Un segundo de tu risa
es la eternidad hecha promesa.

Toda mi vida cabe,
Aitana, niña mía,
en esa risa que es
la medida de todas las cosas.

©Santiago Pérez Merlo

Miedo

No hace mucho leí que habría que poner a madres con sus bebés
al frente de los batallones. El miedo, dicen, es
el arma más poderosa.
Por eso nos esforzamos en perderle el miedo al miedo.

Y quizá sea verdad.
Quizás en las extremas situaciones de la vida y de la muerte,
de la pistola en la frente y la espada en el pecho,
de la amenaza al bebé que sostenemos
o simplemente al bebé que fuimos
encontramos la fuerza sobrehumana para luchar
por encima de nuestro propio miedo.

Pero hay otro miedo menos poderoso y mucho más traidor:
el que no nos da fuerza
ni arrojo ni poderes extraños con los que afrontar
el miedo al miedo al miedo
El miedo cotidiano (o casi) a la anestesia,
al dentista y al análisis de sangre,
a las arañas y a las cucarachas
o a la oscuridad conocida del propio pasillo.
El miedo a fracasar, a llegar a lo más alto,
donde el miedo se funde con la atracción del vacío.
El miedo a conocer o a que nos reconozcan
en quienes no quisimos ser
quizá por miedo.
Miedo al espejo y a la báscula,
a las fechas del DNI,
al ladrido imprevisto del perro; miedo
a perder lo que queremos y casi nunca es nuestro.

El miedo al primer cuerpo de la mujer primera
que nos clava los ojos desde abajo
como rayos de lava
o nos mira frente a frente
con esa mezcla insoportable
de rabia, de pena, de desdén o, peor:
con absoluta indiferencia.

©Santiago Pérez Merlo

Viajes


Una tarjeta-llave de un hotel abandonada
en el ascensor de un edificio de viviendas familiares
es casi tan absurda como un Sagrado Corazón
en la puerta rojiza y desconchada
de un sugerente motel de carretera
con luces de neón encima de la entrada.

O quizá no.

Quizá quien quiera que la haya perdido
(olvidado, descuidado, arrojado)
saliera ayer en busca del impagable
olor de la aventura,
del frescor de las sábanas de hotel
y la promesa del viaje
a lo desconocido

Y haya llegado hoy
(quizás tan sólo ha regresado)
al conocido ascensor de la rutina.

©Santiago Pérez Merlo

Parafernalia

Lo había visto en el cine
y en los veladores de los cafés
(los poetas nunca ocupan “mesas de bares”)
y en los bancos en penumbra de los parques
(los poetas no se sientan al sol en piedras de descampados urbanos)…

Y me compré uno de esos cuadernos
de tapa de hule, color sombrío y marca impronunciable.
Y me compré una de esas plumas
de plumín de oro y caperuza a rosca
(los poetas no usan libretas ni bolis).
Y para completarlo, tiré mis cigarrillos
y me pasé a la pipa…

Y me siento en los cafés
y me pierdo en los bosques y los parques.
Y tengo un Moleskine, una Mont Blanc
y una pipa Peterson arenada.
Y ni un solo poema.

©Santiago Pérez Merlo