Yo, pecador

El coraje es valor,
pero también es ira.
Y la ira es, a veces, 
solamente la punta 
del iceberg del dolor.
La gula del pobre es hambre.
La lujuria es deseo.
La soberbia tiene tantas caras
como seres humanos 
vivimos en el mundo.
La avaricia es un caleidoscopio:
no es lo mismo atesorar diamantes
que avariciar amor. 
La pereza es la musa del poeta. 
El pecado no existe. 

No obstante, y por si acaso, 
yo, pecador, me confieso: 
“por mi culpa, por mi culpa,
por mi grandísima culpa”...

Ego

Nadie más egocéntrico
que un “poeta”, un “artista”
desde el mismo momento 
en que ellos empiezan a llamárselo
a sí mismos.
No tenéis ni puta idea. 
Vosotros no sois la poesía.
Vosotros no sois el arte.
Eso queda, como mucho,
para quien lee,
para quien contempla. 
Lo demás, es (¡ay!) un egocentrismo 
del que no sois ni conscientes...
Y eso os hace más tontos todavía.

(Empezando por mí) 

Losas

Una tras otra,
desde cada rincón del firmamento,
van cayendo losas sobre mi cabeza.
El cráneo se ablanda, el cerebro
se vuelve blanquecino.
Y, al mismo tiempo, 
el corazón se endurece,
se oscurece, se vuelve negro.

Abismos

Es fácil asomarse al abismo 
y pensar en dejarse caer.
Pensar que, tal vez, en lugar de estrellarnos 
vamos a volar sobre ese bosque
de anémonas de mar y pinos 
imposible.
Porque el abismo está dentro de nosotros
y allá todo es posible:
algas en medio del desierto
y abetos en el mar.
Pero no volamos.
Si nos dejamos caer,
simplemente moriremos estampados
contra una barrera de coral 
o ahogados en un mar de chopos.

Volver

Siempre vuelvo a mis viejos
y tópicos lugares:
el pozo, el espejo, la caverna...
Unas veces me hundo,
me miro y no me veo,
me refugio en la oscuridad.
En otras ocasiones,
sólo me acerco al brocal 
y saco agua fresca;
me miro, me veo, me reconozco en mí;
salgo de la cueva 
y disfruto de un rayo de sol...

Sin ánimo de dar lecciones, 
creo que se llama vida. 

Becqueriana

Nunca, nadie
te va a querer 
como yo te he querido.
Quizá haya incluso
quien lo haga mejor:
quien sepa comprender
lo que yo no entendí...
Pero, como yo te he querido
-todo, sólo, siempre-
desengáñate:  ¡así no te querrán!.