Peso

En un platillo, un poema;
en el otro, un corazón.
Y quizá debería,
pero nunca se queda
del todo equilibrada
la balanza.
Tal vez  esté trucada.

©Santiago Pérez Merlo

Nexos

Cuanto más alto vuela el halcón 
más se arrastra la lombriz 
en el subsuelo.
La distancia es enorme y aún así
hay un hilo sutil, casi invisible,
que los une:
hay quien lo llama vida, ecosistema...
cadena alimentaria incluso.
Yo sé que hay algo más.

©Santiago Pérez Merlo

Inconcebible

No concibo el poema sin poesía.
No concibo la poesía sin vida.
No concibo la vida sin un cierto grado
de temor de muerte;
ni concibo la muerte sin espera.
No concibo la espera sin un regusto
de desesperanza.
No concibo la desesperanza 
sin una dosis de anhelado amor.
No concibo el amor sin el deseo.
No concibo el anhelo, ni el amor,
ni el deseo, ni la espera...  
Mucho menos, la poesía ni la vida
sin ti.
Hasta el día de la muerte.

©Santiago Pérez Merlo

Sombra

No es bajo la luz del sol,
ni cuando amanece o anochece 
ni cuando brilla con total intensidad;
es por la noche, cuando no se percibe 
su silueta en suelos o paredes,
cuando crece la sombra. 
Cuando se queda dentro de uno 
y se extiende y contamina,
oscurece pensamientos y alegrías (si las hay).

Hasta que de pronto una mirada,
una llamada, un gesto...
la hacen esfumarse y es de día en medio
de la noche cerrada.

©Santiago Pérez Merlo

Corazón

Busca, escarba, araña
-dices-.
Sácate si es preciso el corazón 
y ponlo sobre un plato encima de la mesa:
disecciona, analiza, investiga
qué hay ahí por debajo de venas 
y de arterias, ventrículos.
Pero no es necesario.
A pesar de las oscuridades
y de los intersticios, de los miedos 
y las sombras,
las horribles cenizas de tantos cigarrillos...
En el fondo de todo sólo hay una cosa:
tu latido.

©Santiago Pérez Merlo

Tocando fondo

Repetir hasta la nausea 
lo que ya estaba dicho.
Tropezar una vez y otra vez 
y otra más 
en la misma corteza desgastada
del árbol que no vimos
en mitad del sendero y saber 
que por más que miremos 
seguiremos sin verlo y seguiremos 
dandole puntapiés, dañándonos las uñas.
O callar de una vez 
por todas
y abandonar el bosque.
Y regresar al mar, a las profundidades 
abisales
de donde nunca debimos emerger.

©Santiago Pérez Merlo