Frío

Por supuesto, yo también
podría ser más frío, podría no decir
cada cinco minutos que te quiero
y no buscar tu espalda
ni tu cuello a medianoche
y no hundir la nariz en tu pelo rizado.
Podría cuando menos intentar
pensar en otra cosa
y no echarte de menos cuando llevo
apenas unas horas sin escuchar tu voz.
Podría no imaginar
ni historias de fantasmas
cuando el día se viste de gris
ni cuentos de arco iris y de hadas
cuando me alumbra
la mínima esperanza
de volver a encontrarnos
en aquel aeropuerto
o en aquella casita de juguete
y de libros
que nunca visitamos más que en sueños.
Podría anestesiar las punzadas que siento
cuando hablas con sorna
-te gusta provocarme-
de tus viejos amantes.
Podría, por supuesto que podría:
cuando aprendí a nadar
contracorriente

me enseñaron también a hacerme el muerto.

©Santiago Pérez Merlo

Vuelos

Ves desde la ventana
bandadas de aves
(qué importa de cuáles)
y envidias su vuelo decidido
quizás justo al destino que tú añoras.
Pero tú no tienes alas.
Y sin embargo, las aves no poseen
capacidad de añorar, de echar de menos.

Y ahí las tienes.

©Santiago Pérez Merlo


Esencia

Huele a nosotros
                          todo.
Sube desde la cama
hasta los techos altos
y vuelve a descender
y nos rodea
y me impregna
tú aroma
y mi olor
te reclama
y subimos
hasta el techo de nuevo
y caemos rendidos pero
este olor, este olor, este olor
de nosotros
que ha enviciado -bendito vicio-
el aire
hará que no podamos
respirar
si un día no podemos

respirarnos.

©Santiago Pérez Merlo

Latido

Tal vez no sé gritar
sin levantar la voz y grito
como haría cualquiera:
hinchando los pulmones y arañando
con aliento la garganta.
Tal vez es imposible
callarme
              por más tiempo
                                      tu nombre
y ya no sé tampoco
cubrirte de tinieblas.
Tal vez,
no se pueda escuchar
a un corazón
                    que late
sólo a veces,
                    que se para
cuando le falta el aire porque tú no respiras
y no llega la sangre a las arterias
y yo me paralizo,
aguardo tu regreso
en ese despertar casi estertóreo
cuando abarcas todo el aire necesario.
Y vuelve, aunque no hayas notado su ausencia,
mi latido.


©Santiago Pérez Merlo

Cementerio

Salgo de mi ataúd y me paseo
por las tumbas previstas
de los poetas vivos.
Filas interminables
de muros con sus nichos
dispuestos esperando
los cuerpos aún calientes.
Al fondo permanecen señoriales,
inmensos y olvidados los viejos mausoleos.
En su vejez de muertos inmortales y eternos
contemplan con desgana
el terreno que ganan los muros encalados,
obscenamente blancos, obscenamente iguales
como una cuadrícula
perfecta y aburrida.


Es hora de volver
a mí agujero y, tal vez, no volver a salir:
ese que veis allí, en la ultima esquina
del penúltimo muro
con los nichos abiertos e iguales
que parecen bostezar
aburridos 
incluso de sí mismos.


©Santiago Pérez Merlo

Vacío

No es siempre una oquedad,
ni un agujero. Simplemente
                                           no es.
Cómo llenar con él un pensamiento
sin caer en el oxímoron
de que ocupe un espacio
lo que no tiene materia.
Cómo estar lleno de él.
Cómo sentir
que algo que no existe

justifica la existencia.

©Santiago Pérez Merlo