Ardentía

He perdido la voz en un aullido
que no llegó a salir porque pesaba
como un susurro que no se pronunció
en el momento exacto.
He perdido el silencio en el último grito
salvaje y primitivo del amor,
ahogado en la almohada de los sueños
prohibidos en la noche de mañana.


Y si perdí la voz y he perdido el silencio
¿qué es lo que me arde en la garganta?

©Santiago Pérez Merlo

Madrugada

Es el mismo sendero que anoche transitabas
a tientas con la única luz de las estrellas.
Es el mismo camino que ya has recorrido
tantas veces bajo la luz del sol,
al caer de la tarde o en esas madrugadas
cuando la paz del campo no es silencio
sino una algarabía de zumbidos,
de trinos, de rumores de agua despertando
con ganas de jugar corriente abajo.
Es el mismo -decía- y es cada día distinto,
diferente en una y otra hora. Como tú
eres el mismo y eres diferente
y permanece sólo, inmutable y eterno,

el latido.

©Santiago Pérez Merlo

Conticinio

Incluso el último rescoldo
de brasa que quedaba 
se ha extinguido y no se oye 
ni el leve crepitar de su estertor.
El segundero del reloj de pared
detuvo hace un instante 
también su caminar en la hora indecisa 
de esta noche confusa,
extrañamente larga como un día sin ti.
Las estrellas que otras noches
parecen titilar siguiendo los compases
de una extraterrestre sinfonía 
se han quedado quietas y observando
mi lento caminar por el sendero sin luna.
Sólo un sonido altera
la perfecta quietud en esta hora: 
un latido 
que quisiera salir
del corazón de la tierra.
O del mío.

©Santiago Pérez Merlo

Post sueño

He llegado hasta un pueblo que  ya conocía 
a pesar de que nunca había estado
aquí, en estas calles 
angostas y empinadas y sembradas 
de conchas y jalones "Camino De Santiago". 
Luego sí era yo quizás aquel que estuvo aquí.
Porque había una ermita, aunque estaba vacía, 
y sólo me ha parecido 
adivinar saliendo no a una anciana enjuta 
sino a una señora mayor, muy elegante, 
que ya no sé si reza o mira al cielo 
recelosa de que haya otra vida mejor: adora esta.

Y había una mujer 
-siempre la hay, lo dije-
pero no tiene un libro de poemas 
sino que me susurra 
palabras de otro tiempo,
de cuando las palabras aún se susurraban.

Tal vez mañana al despertar
en esta habitación con vigas de madera
abra el balcón y piense: 
ya he vivido este lugar, es hora 
de convertirlo en sueño.

©Santiago Pérez Merlo

Eres

A veces me pregunto si eres real o eres
sólo una más de mis inagotables invenciones,
metáfora confusa de la que un día dije
que no tenía nombre ni existía.


Pero tú tienes nombre y te nombro por él
y te digo
y converso contigo a todas horas
y te veo venir y alejarte y te siento
a mi lado,
especialmente en días como hoy que llueve
y yo estaría tan solo si tú no estuvieras.
Así que no: tú eres real y llegas
a través de la pared y a través del tiempo
y te tumbas junto a mí en esta cama
dejando apenas huella de tu paso
en las sábanas rojas pero dejando
un claro rastro de calor en mi costado derecho
porque es ahí,
en ese lado que siempre fue mío,
donde tú te acurrucas.

©Santiago Pérez Merlo

Monstruos

Los monstruos no vivían
debajo de la cama ni acechaban
adentro del armario ni esperaban
-¿quién vio nunca a un monstruo paciente?-
a que alguien
apagara la luz
y dijera buenas noches.
Los monstruos han vivido
con nosotros de siempre.
Y no son tan feroces en el fondo.
Sólo es necesario
charlar de vez en cuando
con ellos y enseñarles
que no deben temernos,
que pueden convivir 

sin miedo con nosotros.

©Santiago Pérez Merlo