Mariano

Me ha costado pero voy
asimilando tu adiós 
y te veo marchar 
moviéndote despacio,
el cuerpo acompasado 
de los pies al inmortal sombrero,
a medio camino 
entre el dandy y el bohemio.
Tu chaqueta gastada y los zapatos
que apenas te sostienen.
Y tu mirada azul por la que escapan
los versos que los ojos capturaron a su vez.
Tu corazón enorme, tu bondad,
-“en el buen sentido de la palabra bueno”-.
Ya te han dicho muchas veces adiós
y te han dado los abrazos que antes te negaron.
El mío me lo guardo.
Ya no te lo daré 
porque tú y yo sabemos
que no hay más vida que esta:
esa a la que arrancamos
alguna confidencia, algún poema
y un puñado de risas.
La vida que abandonas,
la muerte que te acoge
y se cala tu sombrero.
La muerte que nos dejas,
la vida un poco menos vida, hoy,
la cabeza desnuda. 

Voces

No escuches esa voz
que clama desde la caverna. 
Te habla de su oscuridad 
porque no ve la luz.
Pero tú sabes 
que es el sol y no la sombra
el que guía tus (aún) 
indecisos pasos por el mundo. 
Y sí, el camino es largo 
y tortuoso.
Y a veces pesa la mochila 
y te duelen los pies. 
Pero el bosque, la playa,
te están esperando:
quieren compartir 
el rumor de sus hojas,
el canto de las mareas
con tu risa.

Mi universo

En tu frente contemplo la Vía Láctea: 
sinapsis neuronales como estrellas fugaces, 
planetas habitados, desiertos o -tal vez-
sólo desconocidos;
cometas, agujeros negros,
asteroides de piedras ignoradas
y una estrella -tú lo dijiste-
que brilla más: la nuestra.

En tu pecho veo el universo.
Y en tu corazón, el infinito.
En ti amanezco y anochezco,
siempre.
En ti vivo: en esta diminuta inmensidad. 

Tú y yo

Somos inteligentes y, a la vez,
somos dos tontos
cada día más tontos.
Tenemos intuiciones 
que nos dicen “ven”
y maletas que nos dicen “vete”.
Tenemos sueños
que jamás se cumplirán.
Pero mejor eso que tener pesadillas.
Tenemos deseo, hambre, sed.
Y tenemos agua, comida,
una cama 
que no siempre compartimos.
Nos tenemos -no lo olvides-
uno al otro. 
¿Para qué (la más difícil 
de todas las preguntas)
necesitamos más?

Palabras

Nacen (o deberían)
en el corazón
y mueren en la boca.
Más o menos tamizadas
por eso que llamamos pensamiento
e igualmente condenadas a morir 
cuando salen de nosotros.
Incluso
-aunque haya quien diga lo contrario-,
cuando quedan escritas.
Porque nadie las recordará:
sin memoria no hay lenguaje. 
Las palabras son la vida. 
Y la vida necesita de la muerte.
El silencio es inmortal.

Tiempos modernos

  “Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido...”
(Fray Luis de León)

Vivir pendientes
de los seguidores, 
los “likes” y los aplausos;
la taquilla, las listas de ventas,
los desdeñables “best sellers”
(¿o la envidia?).
Escribir lo que uno quiere,
pero mostrar sólo 
lo que el público demanda.
Extender la cola de pavo real
en mitad del gallinero fiel,
con idéntico miedo
a los taimados gatos
(el pavo murió la última Navidad).

O vivir, escribir,
contemplar en silencio y a solas
la puesta de sol. 
Amar secretamente, 
llorar para adentro 
y sangrar sin dejar rastro
ni ocuparse de las vendas. 
Buscar el faro del fin del mundo 
y quedarse para siempre
en el silencio:
fuera, la luz; dentro,
la oscuridad. 

Cada cual elige. 
Yo camino solo.
Soledad es 
la íntima compañía.