Presciencia

Trato de adelantarme, ahora que aún te tengo
y te toco y te miro y te presiento siempre;
ahora que aún disfruto de tu olor, de tus ojos
que me miran a veces y me ven
más allá de mí mismo
y de nosotros.
Trato de adelantarme -te decía-
y resulta imposible imaginar otro dolor así,
igual que ese dolor
(dolor, dolor, dolor) que se me cuela
por los bordes de la imaginación
y que me quita el sueño mientras sueño
a tu lado.
Trato de adelantarme
y es como adelantar la propia muerte,
como si tú ya hubieras

planificado mi suicidio.

©Santiago Pérez Merlo

Diálogo tres

-Buenos días, amor,
¿me has echado de menos?


-Sinceramente, no he tenido tiempo…
Me levanté y pensaba en ti;
iba en el coche oyendo
tus canciones y pensaba en ti;
en la oficina apenas hice nada
más que pensar en ti;
de vuelta a casa,
otra vez las canciones
(y el atasco y la lluvia y ese sol que se oculta)
y más pensar en ti…
Lo siento, amor, me han faltado horas
para echarte de menos .

-No pasa nada, tranquilo, no te apures, 
pero hay una cosa que no entiendo,
si no me echas en falta como dices,
¿con quién estás hablando 
ahora mismo?

©Santiago Pérez Merlo

Por su seguridad...

Igual que el boxeador lo escupe al llegar al rincón,
a menudo me harto de las protecciones.
Me aprieta el suspensorio y desearía
recibir las patadas en los huevos
que me quieran dar la vida y sus esbirros.
Los cascos, las gafas protectoras,
los guantes acolchados,
los trajes ignífugos, las máscaras anti gas,
las botas para andar con pies de plomo.
No arañarse, no recibir jamás
el menor daño,
no respirar aires viciados. No quemarse.
Algo así como estar muerto.

©Santiago Pérez Merlo

Octubre

No estoy aquí; no son estos
el día ni la hora en los que vivo.
Quizá me veis, me oís,
sentís mi mano incluso
si procuráis asirla y demostrarme
algún tipo de afecto.
Pero no estoy aquí, no soy esa persona
que os ha hecho reír hace un instante
o la que juraríais que ha pasado,
silbando una canción
alegre,
entre vosotros.
Este día -siete u ocho de octubre, según creo-
existe solamente
en vuestros calendarios.

Yo existo sólo en otros días.

©Santiago Pérez Merlo

Simplemente

No lo entiendes, ¿verdad?, no es un poeta
el hombre que te habla.
Es justamente un hombre y como tal
no importa si le canta
al brillo de tus ojos, a tu cuerpo
de diosa rediviva
y a tus manos que aletean
como mirlos en un campo de lavanda.
Es un hombre, sin más, sujeto a sus pasiones
de hombre de las cavernas y no quiere
libarte ni beberse tu sed,
ni respirar por ti,
ni colchones de plumas
bajo cúpulas celestes donde contar las noches.
Es un hombre, ya digo, y sólo quiere
quererte y que le quieras como una mujer.
¿Para qué, exactamente, 

necesitas al poeta?

©Santiago Pérez Merlo

Imagen de la película "Los Croods"

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Está bien, lo confieso
de una vez por todas, lo grito
si es preciso
para que no se quede nadie sin saberlo.
Existe, sí, y es una mujer.
Una mujer por la que vivo,
sueño, muero, despierto,
me alimento y lloro
a veces
y sonrío a menudo.
¿Os habéis enterado?
¿Está claro por fin?

Pues lo más importante, en todo caso,
es que esa mujer
se sonríe a menudo,
llora a veces,
se alimenta, despierta,
muere, sueña y vive
también para mí...

Pero ella aún no lo sabe.

©Santiago Pérez Merlo