"Entaytantos"

Me muevo en la indefinición
de la mediana edad,
vivo en la medianía de los cuarentones
aunque no haya llegado al patetismo
del coche de dos plazas
y la rubia teñida veinte años más joven;
parece que descubra
-“nunca es tarde…” y otras estupideces-
de pronto que haya vida
                                         más allá
de las rutinas y de las hipotecas.

Y escribo ahora los versos
que debí haber escrito
cuando tenía ¿qué?
¿veintiséis? ¿treinta años?
Ahora soy mayor
para la nueva ola
-de la poesía o de lo que sea-
y demasiado joven
para las antologías
o para obras completas.

Quizás hace unos años
sí que era momento de escribir
los lacerados versos
de quien no sabe nada
de la vida.
Pero estaba ocupado:
viviendo.

©Santiago Pérez Merlo

Palabras

En el supremo acto de la cobardía,
cuando nadie las oye
y han perdido por tanto el poder
de dañar si fueran falsas;
aunque pierdan también 
la opción de acariciar, de ser
el mensaje preciso que acaso nadie espera
y por eso incrementan su infalibilidad,
es cuando yo convoco
a las palabras.
Las palabras que usan los amantes 
y los que aún no aman pero intuyen 
qué términos serán mañana eco
de lo que sienten hoy pero no encuentran.
Las palabras que el miedo 
                                          o la inseguridad 
ahogan 
y se secan y extinguen
y no son nunca dichas y así pierden
hasta su propia esencia.
Las convoco -decía- y a pesar de saber
que no hay oídos ya 
que les presten sentido,
a pesar de que las oigo
luchando por salir
del silencio en que nacieron 
antaño las palabras,
no quieren acudir y se mueren
al borde de los labios 
los te quiero.

©Santiago Pérez Merlo

Perseidas

Pensé que sería fugaz,
que, como en otras ocasiones,
un punto brillaría
un instante más fuerte 
y pasaría dejando tras de sí 
un rastro más o menos
luminoso, más o menos intenso
o apagado
de su brillo anterior
para desvanecerse al fin 
un poco más allá, 
como sueños de ayer
                                       o de la infancia.
Pero me equivoqué:
hay una estrella ahí 
-¿la ves, ese punto cercano
que parece encenderse si lo miras?-,
que no quiere moverse
ni apagarse.

©Santiago Pérez Merlo

Derechos

Reivindico tu derecho y mi derecho
-independientes pero inalienables-
a nuestra intimidad.
A llamarnos por el nombre que queramos,
incluso a no llamarnos,
a aprender de memoria,
con los ojos cerrados, dónde están
nuestros huecos preferidos,
a escondernos debajo de la cama
o a saltar sobre ella hasta caer
de risa.
Nuestro derecho a no pertenecer
a nadie
y a no pertenecernos,
a no dar por sentado nada ni dar
-o sí- explicaciones pertinentes.
Mi derecho a ser tú y a que tú seas yo
cuando nos dé la gana.
Derecho a que el planeta
se detenga
o estalle en mil pedazos
mientras desayunamos
y que a nadie le importe tu zumo de naranja

más de lo que a nosotros nos importa su mundo.

©Santiago Pérez Merlo

Álbum

He visto fotos tuyas
de cuando eras pequeña
y más joven -y guapa, dices tú-
de lo que eres ahora.
Te veo en fogonazos
reír, darme la espalda,
estar ausente
y volver
a mirarme desde los largos años.
Yo trato de aprehender
la memoria de ti,
de cuando no eras nada,
ni nadie,
en mi propia memoria.
Y es inútil.
Yo no te reconozco
-ni falta que me hace-
en aquellas que fuiste
o sólo en la medida
en la que tú me dices:
“mírame, soy la misma,
aquí sí que soy yo”…


Pero si estás aquí, si te miro
y te toco
y puedo ver
tu sonrisa de ahora,
tus lunares,
las manos que acarician
o que juegan nerviosas con tu pelo,
¿qué me importa
-te cantaría el bolero-
saber de tus pasados?

©Santiago Pérez Merlo

La ostra

Quiere salir, abandonar la concha.
Sueña que es
un cangrejo ermitaño y que entró allí
por propia voluntad.
Pero cada vez que se contrae,
que tensa su invertebrado cuerpo,
el armazón se cierra,
sin ruido,
pero con una obstinación de vida.
Piensa que si se abre morirá.
Piensa que es una ostra.
En realidad, sólo es el sonido del mar
encerrado en una caracola,
que precisa el oído cercano

para ser.

©Santiago Pérez Merlo