Renacer

Desanduve el camino,
volví al punto de partida
donde la vida era tan sólo risa o llanto,
descubrí cada cosa como si fuera nueva,
como si estos ojos estuvieran aún
adaptándose a la luz,
conociendo los colores y las formas,
el tacto, los aromas, el sabor
de cada fruta nueva como nuevo,
el cielo, el sol, el mar,
la luna, las pequeñas estrellas
ahí arriba,
el brillo de otros ojos, la dulzura
de un beso, el calor de tu mano...
Inventando qué pueda ser amar
como si nunca antes
hubiera conocido tanta dicha.


©Santiago Pérez Merlo

La carretera vieja

Mil veces caminé este mismo paseo
y mil veces pensé 
es distinto cada vez: aquella hoja
es nueva, ese arbusto
no estaba,
aquel mirlo que canta, el gorrión 
que acaba de nacer,
no estuvieron aquí antes.

Y a la vuelta del tiempo descubro 
que todo era lo mismo 
y quien era distinto era yo
cada vez que emprendía el camino.

©Santiago Pérez Merlo

La niebla

Extraña sensación,
el contraste cuando todo alrededor
se difumina, se oculta a nuestros ojos
incluso lo que más cerca tenemos
y hay que caminar despacio para no caer.
Y sin embargo miramos nuestras manos
lo inmediato y primario
desde el día que nacemos,
y nos descubrimos cada vez más claros,
con mayor nitidez.

© Santiago Pérez Merlo

Escena campestre

El perro no es cazador 
y se asoma confiado 
a lo que parece inocua 
madriguera de conejo.
Pero lo que asoma es una serpiente,
escurridiza, sibilina y recelosa 
de criaturas que no sean de su especie.
El perro retrocede,
asustado,
le costará volver a confiar
o a asomarse a casa ajena.
Pero corre feliz, le sobra campo...

© Santiago Pérez Merlo

Vistas

Me asomo a este balcón 
en pleno campo y veo 
no eucaliptos ni abetos.
No hay ni un sauce llorón 
y no son chopos ni olmos
lo que tengo delante.
Los pinos y sus piñas 
han desaparecido y donde un día hubo
ardillas, pájaros carpinteros
ahora veo albatros, gaviotas.
Un arenal inmenso me saluda 
y el mar es más azul 
cuando uno lo mira tierra adentro.
La carretera vieja, abandonada,
es una playa por la que yo paseo
de tu mano.

©Santiago Pérez Merlo

La dacha, otra vez

Otra vez, 
innumerablemente 
más estrellas que en Madrid.
Otra vez,
el alegre crepitar
del fuego acompañando 
las horas de vigilia.
Otra vez,
el camino tantas noches recorrido
con la sola presencia de la luna.
Otra vez,
la familia, las risas
infantiles, las tertulias.
Otra vez,
despertar con los trinos de las aves 
y el trajín del desayuno 
para siete.

Es todo tan distinto a estar en casa...
Todo, salvo echarte de menos:
hay cosas que no cambian.

©Santiago Pérez Merlo