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Está claro que quizá sin querer
pero me he convertido en una más
de tus obligaciones cotidianas.
En una de esas cosas que no hace falta ya
apuntar en la agenda tipo “llamar a Santi”
lo mismo que no apuntas comprar el pan a diario
o pasar a comprobar qué tal está tu madre.
Hablamos como todo el mundo
(“qué tal el día en el trabajo,
está mejor tu hija de la lesión de ayer
o qué vas a poner de cena hoy”)
y no es que no me guste, entiéndeme,
pero se me hace extraña tanta
complicidad matrimonial  
después de tan extraño matrimonio.
Porque en el fondo ¿qué somos nosotros?
¿Somos novios, amantes
esporádicos, amigos con derecho
a roce?
Ya, ya lo sé, ya… que dijimos también
que nada de etiquetas pero entonces,
¿qué hago con la tuya del sujetador
que tengo entre los dientes?

©Santiago Pérez Merlo

Aitana por azar

Cruzo despreocupado cuando suena el claxon.
Busco con la mirada sin dejar de caminar.
Y veo el coche rojo y a tu madre.
Y a ti, mucho más pequeña, aunque ya eres
"mayor" para viajar de copiloto.
Y saludas y saludo y tu sonrisa
iluminada y enorme
como siempre que nos vemos
cuando no estaba previsto
es lo mejor de la tarde. Lo mejor de muchas tardes.
Esa sonrisa, esa exacta de los días imprevistos,
vale todos los poemas de la Literatura Universal...
E igual me quedo corto.

©Santiago Pérez Merlo

Leyes universales


Hay principios inmutables como que
con un punto de apoyo y una palanca
se puede mover el mundo.
O que dos y dos son cuatro o que un cuerpo
sumergido en un fluido experimenta
un empuje de abajo hacia arriba igual
al peso del volumen del fluido que desaloja.

Hay leyes universales como la gravedad
o que e es igual a m por c al cuadrado.


De igual modo, es incontrovertible que
si le das a un poeta (a uno bueno, me refiero)
un beso, una caricia, una mirada intensa,
un susurro, un grito o un desdén,
el aleteo de una mariposa o el canto
lejano de un mirlo blanco...
él inventará el resto.


©Santiago Pérez Merlo

Aficiones

Las tardes de apatía o abulia transitoria
uno puede ponerse a leer a Hölderlin
o a Marcel Proust o a Garcilaso;
o a ver un partido repetido por la tele.
Uno puede también decidir
que va a estudiar por fin Filosofía
o que va a preparar
oposiciones a bibliotecario.
Por poder, uno podría incluso
hacer un sobreesfuerzo
y arreglar de una vez el grifo que gotea
hace meses o hacerse seguidor
de todas las modelos de Instagram...
Cualquier cosa es mejor que pasarse la tarde
dejándose que a uno
le cercenen las horas los recuerdos.

©Santiago Pérez Merlo

Payaso

La foto, de Charlie Rivel, es del
Archivo del Ayuntamiento de
Barcelona
He venido a reírme del pecado
porque no creo en ello.
He venido a reírme de dioses y de hombres
porque no me fío de ellos.
He venido a reírme del dolor
porque le tengo miedo.
He venido a reírme de la muerte
porque también la temo.
He venido a reírme de la vida
porque puedo mañana estar muerto.

He venido a llorar con el amor
porque lo tengo.

©Santiago Pérez Merlo

Domingo

Antes los domingos eran 
el día perfecto para ir
a tomar una caña 
o un aperitivo y leer
en alguna terraza 
suplementos y diarios.
Pero ya no hay periódicos
que merezcan 
el importe que cuestan 
y me llevo (o me compro
de buena mañana) 
algún libro de poemas...
Así pasa, que no me entero
de la actualidad,
que me alejo del mundo 
real y sus miserias.
Y que además me estoy volviendo medio tonto.

©Santiago Pérez Merlo