El reloj

No se siente siempre sola
Relojes blandos, de Salvador Dalí
la aguja del reloj
que señala las tres.
Va viendo venir
a la aguja más grande y la siente

posarse sobre sí
apenas un minuto y alejarse
después
inexorablemente.
Y es larguísima la hora
hasta volver a verse.
(El segundero mientras
corretea alrededor
como un niño jugando
ajeno al paso lento 

del tiempo de sus padres).

©Santiago Pérez Merlo

Secretos

¿En cuál de tus pestañas vive el miedo?
¿En qué pliegue de tu hermoso cerebro
-tiene que ser hermoso-
habitan los supuestos trastornos
que sólo tú conoces?
¿En cuál de los siete mil
vellos de tu pubis
nacieron tus inhibiciones,
los pudores que escondes
detrás de lo escondido?

Lo sabes. Estoy seguro
de que tú sabes
todos tus secretos. Incluso
aquellos que te ocultas de ti misma.
Y de mí, que tengo astigmatismo, presbicia

y unas cuantas dioptrías de torpeza.

©Santiago Pérez Merlo

Canción infantil

El niño hacía volar
la cometa en el mar

y navegaba nubes
sobre una vieja rueda.
Y todos le decían “así, no”.
El niño dibujaba
corazones e iniciales
en la arena
y construía castillos
con fosos y torreones
en el aire
Y todos le decían “así, no”.
El niño se inventaba las palabras
y contaba con los dedos de los pies.
Aprendió a jugar al fútbol con las manos
y a pintar sin dibujar ni un sólo trazo.
Y todos le dijeron “así, no”.
Y ese niño creció
y aprendió a decir “sí, quiero”
de forma circunspecta
en lugar de dibujar sus corazones de ola,
y a volar las cometas en el cielo
y a navegar en barcas de pedales.
Y le enseñó a su hijo
(“así, no”, “así, no”, “así, no”)
a hacer las cosas
como el mundo espera que se hagan.
Y es feliz, no se queja.
Es razonable
y moderadamente
feliz.
Pero nunca más se ha visto a una cometa 
nadar entre delfines.

©Santiago Pérez Merlo

La herida

La herida que parecía cerrada
se abre, empieza a supurar y sientes
que se escapan por allí el aliento,
la música que había comenzado a sonar,
el aroma de las flores que cortaste.
Te asustas al principio pero notas
una mano que se posa dulcemente,
que no teme la sangre,
intentas apartarla pero insiste
y la dejas hacer.
Unos ojos te miran aunque tú
tienes la vista fija en esa mano.
La música suena de nuevo en tu cabeza
las flores vuelven a tener su aroma
y el aire regresa a tus pulmones.
La herida se ha cerrado.

Y quizá para siempre

©Santiago Pérez Merlo

Pasado amor

Cuánto te quise,
amiga soledad,
mientras fuiste absoluta.
Mientras no tuve a nadie
a quien echar de menos.

©Santiago Pérez Merlo

Ese tipo

El señor del espejo te da los buenos días
con la boca torcida en medio gesto
entre enfadado y socarrón y te pregunta
si hoy también merecerá la pena
salir así a la calle, siendo tú,
si no preferirías que saliera él,
que es más agradable, más feliz,
y sabe comportarse con la gente.
Es más guapo, más alto, más delgado,
es casi un seductor y tú no eres
más que un pobre hombrecillo
asustado, que se pasa los días suplicando
un poco de cariño, una mirada,
un rato de conversación en un café…
“Déjame que salga yo –insiste- y vuélvete a la cama;
entiérrate en un hoyo o muérete
pero no vengas a amargarme la vida
que bastante complicado es ya vivir
a este lado del espejo y encerrado en tu existencia”.
Tú lo miras despacio una vez más,
le dices buenos días y le das la espalda.
Y te alejas
arrastrando los pies...
qué mas quisieras

que hoy pudiera salir él a la calle.

©Santiago Pérez Merlo
Fotograma de "Sueños de un seductor".