Tarde de domingo

Hay una niña sentada
en el banco de piedra del parque.
No se ríe, no llora, no juega
ni canta.
Pareciera solamente una estatua de bronce
esperando a una paloma, un gorrión
que le insuflara vida; 

como si sólo quisiera ser mirada,
que nada la perturbe. 
Pero entonces se levanta y echa a andar:
lleva en su mano uno de esos aros viejos
que se guían con un palo.
La rueda se mueve 
                             torpemente, haciendo eses,
se abolla con las piedras del camino.
Pero ella la dirige y, ahora sí, 

parece que sonríe.

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