La meta

No me esperéis en el jardín abierto,
el que despliega colores y aromas
en parterres bien planificados
y se puebla de ancianos y de niños
fútiles como paréntesis de vida.
No me esperéis en vuestro paraíso
donde basta arrepentirse, perdonar
en el último minuto
-¡y vosotros definís lo que es un fariseo!-.
No me esperéis donde brillan las estrellas
que hace tiempo explotaron

y a pesar de ese brillo no son nada.

Esperadme, sí,
en el desierto que acoge mi grito,
en mi propia caverna,
en el infierno de los hombres sinceros y valientes
que no temen a las llamas.
Esperadme en la sombra.
Por fin estoy llegando.




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